El tiempo recobrado

Una villa en la riviera

Unos amigos franceses me han invitado recientemente a pasar tres días en su casa de Villefranche-sur-Mer, ese pequeño puerto de aguas profundas junto a Niza en el que Cocteau decoró la diminuta y maravillosa capilla de Saint Pierre y cuyas casas de tonos ocres y pálidos trepan hacia lo alto de las colinas bañadas por la luz inigualable del Mediterráneo. Entre las vistas obligadas de esta parte de Costa Azul se encuentra la Villa Ephrussi de Rothschild, construida entre 1906 y 1912 en San Juan Cap Ferrat por la baronesa Charlotte Béatrice, hija del famoso banquero Alphonse de Rothschild y viuda del multimillonario también judío Maurice Ephrussi, célebre en el París de principio del siglo pasado por sus cuadras de veloces ganadores en Longchamp.

Esta construcción de paredes rosáceas y estilo que evoca la Italia renacentista es un ejemplo de exquisitez y costó en su momento una considerable fortuna, aunque para una Rothschild que había heredado además de su marido ciento veinte millones de francos oro, el coste de tal  prodigio no representó una dificultad.

La baronesa sentía una predilección especial por el período abarcado por los reinados de Luis XV y Luis XVI y no es extraño, por tanto, que decorara su mansión con muebles, alfombras, tapices, porcelanas, cuadros y dibujos de esta época, conseguidos en subastas y anticuarios sin importar el precio ni la fatiga de la búsqueda. El recorrido por las espaciosas estancias invita a la contemplación de jarrones y vajillas de Sévres, bocetos y óleos de Boucher y Fragonard, techos de Tiepolo e inumerables Gobelinos, algunos de asombroso tamaño.

"Hemos de seguir luchando por conseguir unas reglas de convivencia y un orden legal"

En el exterior, los jardines, meticulosamente diseñados en su día y cuidados hoy por un equipo permanente de ocho profesionales expertos, comprenden espacios de diversas concepciones, francés, español, japonés, florentino, exótico y el espléndido de las rosas. Juegos de agua guiados por música barroca esculpen fugazmente el aire en el jardín francés llevando la plenitud estética de la ocasión a su culmen y a la instalación en la mente del visitante de un recuerdo imborrable.

En la España de nuestros días muchos de nuestros conciudadanos se sienten atraídos por modelos sociales igualitarios que eliminarían la búsqueda de la excelencia, el reconocimiento del mérito, la competencia generadora de calidad y los incentivos a la mejora de la propia posición económica. Su ideal es la vengativa generalización de la miseria y la uniformización mediocre de las existencias individuales, ahogadas por una colectivización opresiva y la represión de cualquier asomo de originalidad o de genio.

Por comprensible que sea su indignación por los abusos cometidos y por el deterioro de nuestras instituciones democráticas, conviene que no olviden la sabia máxima del Premio Nobel de Economía que nos explicó que para que todos estemos bien hemos de permitir que algunos estén mucho mejor que la media. Hemos de seguir luchando por conseguir unas reglas de convivencia y un orden legal que hagan compatible la erección de la Villa Ephrussi de Rothschild -actualmente un lugar público legado por su dueña al Institut de Beaux Arts- por una rica heredera ansiosa de rodearse de perfección con una vida digna y justa para la inmensa mayoría. Por sorprendente que suene, la opulencia y la extravagancia de una minoría selecta es la condición indispensable para el progreso general. Los Pablos Iglesias de este mundo son el castigo que recibimos por ignorar esta fecunda verdad.


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