El tiempo recobrado

Las trompetas de Jericó

El resultado de las elecciones británicas del pasado jueves ha dejado en mal lugar a las encuestas cuyas predicciones no se han correspondido en absoluto con la realidad final e inapelable de las urnas. La victoria del Partido Conservador por mayoría absoluta, la total ausencia del Parlamento de los eurófobos del UKIP y la derrota sin paliativos de los laboristas, muy por debajo de sus eternos rivales los tories, han sido otros tantos elementos que los sondeos previos no habían reflejado ni por asomo.

Desde una perspectiva española produce cierta envidia la estabilidad política de la que disfrutarán los ciudadanos del Reino Unido durante los próximos cinco años, estabilidad que les permitirá consolidar la salida de la crisis, continuar su recuperación económica y afrontar sin sobresaltos internos el referendo sobre su pertenencia a la Unión Europea en 2017.

Las diferencias con el caso de Cameron y los conservadores británicos son muy grandes y evidentes

Cabe preguntarse si un fenómeno semejante se puede dar en nuestro país a finales de este año y si Rajoy, al igual que Cameron, puede recibir pese a todo y en contra de las desfavorables predicciones demoscópicas un nivel suficiente de votos como para continuar en el Gobierno otra legislatura. Por desgracia para el PP, no parece que tenga la menor probabilidad de sorprender a propios y extraños con un desenlace favorable a sus siglas después de todo lo que hemos visto. Las diferencias con el caso de Cameron y los conservadores británicos son muy grandes y evidentes.

En primer lugar, el Partido Conservador no ha sufrido el tremendo desgaste a causa de la proliferación de casos de corrupción que ha experimentado el PP y que le ha generado el rechazo y casi la repulsión de un número significativo de sus antiguos votantes, en segundo los tories en el poder no han incumplido de forma flagrante sus promesas electorales y su programa como sí ha hecho el PP, en tercero, si bien Cameron no es un líder de un carisma arrebatador del estilo de Thatcher o de Blair, no se sitúa en los niveles de tedio y frialdad que caracterizan a Rajoy y que le colocan a la cola de las valoraciones que los españoles hacen de los jefes de filas de las distintas opciones, en cuarto el Reino Unido no está sometido como nosotros a un proceso de agotamiento de su sistema institucional con aire de fin ciclo que exige a los ojos de mucha gente cambios estructurales de gran calado y, en quinto, en Gran Bretaña no han surgido como en España nuevas ofertas electorales atractivas y limpias de lacras del pasado que se muestren como alternativa a los viejos partidos percibidos como desprestigiados y obsoletos. Por todas estas razones, las cosas apuntan a que no tendrá lugar en nuestros pagos una reacción imprevista de los electores que invalide lo que anuncia tanto el CIS como las empresas privadas que se dedican a pulsar la opinión pública.

De la misma manera que las recientes elecciones británicas se han cobrado las cabezas  de los máximos responsables de los liberales, de los laboristas y del UKIP, también aquí asistiremos a una renovación purificadora de la cúpula del PP que no resistirá, por grande que sea su control del aparato, el desastre que se le avecina y que las encuestas, a diferencia de lo sucedido en la pérfida Albión, están advirtiendo con la fuerza atronadora de las trompetas de Jericó.


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