El tiempo recobrado

El triunfo de la razón

La victoria del no en el referendo escocés ha representado un gran alivio para el Gobierno británico, para las instituciones europeas, para los mandatarios de países con problemas de nacionalismos agresivos y para todos aquellos ciudadanos de nuestro continente que desean la paz, la estabilidad y la previsibilidad para sus existencias en este segundo decenio del siglo XXI. Una vez escrutadas las urnas y conocida la voluntad mayoritaria del pueblo septentrional de la Gran Bretaña, han empezado a irrumpir los análisis ex post facto, que, como todo el mundo sabe, nunca fallan porque trabajan sobre la seguridad de los hechos ya consumados. Un punto polémico es si Cameron acertó o no al convocar la consulta y lanzar un arriesgado desafío a los separatistas. A juzgar por la evolución de la intención de voto de las últimas semanas, la operación podía haber terminado en un desastre, dada la rápida progresión de los secesionistas a medida que se acercaba la fecha fatídica del 18 de septiembre. Sin embargo, la disyuntiva que se le ofrecía al inquilino del 10 de Downing Street era o aceptar las exigencias de Salmond proporcionándole más y más instrumentos jurídicos, políticos y financieros para seguir progresando en su senda hacia la disgregación del Reino Unido o plantarle cara con un órdago a lo grande y liquidar sus pretensiones para el resto de su vida pública. La primera opción suponía prolongar el sufrimiento y la zozobra y hubiera terminado sin duda con una llamada a los colegios electorales tarde o temprano. La segunda, preñada de peligro, implicaba el todo o nada, con la evidente ventaja si se imponía la unión de zanjar por completo el asunto.

Los escoceses pueden sentirse orgullosos de haber contribuido en un momento decisivo del devenir de Europa a un reconfortante triunfo de la razón

Los motivos por los cuales el premier inglés decidió jugársela es obvio que se basaron en su confianza en la sensatez de sus compatriotas de más allá de la muralla de Adriano. Era tanto lo que podían perder y tantas las incógnitas que se abrían en caso de que la separación hubiese ganado, tanto el peso de trescientos años de gloriosa historia compartida, tan fuertes los vínculos afectivos, económicos, dinásticos y culturales entre las dos naciones, que su examen objetivo de la cuestión y su instinto le inclinaron por plantar cara al independentismo. Es cierto que al final también se ha comprometido, como le requerían los nacionalistas antes de iniciarse este inquietante proceso, a conceder una autonomía más amplia al Parlamento de Holyrood y a extenderla a los otros tres componentes agrupados bajo la Corona de Isabel II, pero no es lo mismo descentralizar una vez aclarado el tema escocés que manteniendo la tensión centrífuga año tras año. Cameron actúo de acuerdo con el orden constitucional imperante, dentro de la estricta legalidad e imbuido del espíritu deportivo y del fair play característico de su isla. Dichosa la sociedad que llamada a elegir entre el sentimiento tribal y la reflexión serena, entre la baja pasión identitaria y la civilización ilustrada y entre las tripas y el cerebro, escoge guiada por aquello que nos distingue de los chimpancés. Los escoceses pueden sentirse orgullosos de haber contribuido en un momento decisivo del devenir de Europa a un reconfortante triunfo de la razón.


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