El tiempo recobrado

La sociedad del saqueo

La noticia sobre las tarjetas de crédito ahumadas de Caja Madrid y Bankia ha sacudido a una ciudadanía que creía agotada su capacidad de indignación ante las tropelías de políticos, sindicalistas y pseudobanqueros. Esta historia infame está plagada de detalles vomitivos, como la utilización frenética del plástico opaco para Hacienda durante los últimos meses de mandato o, muestra suprema de indecencia, incluso después de agotado aquél. La cantinela de que la mayoría de responsables públicos son honrados y que unas pocas manzanas podridas no invalidan al cesto en su conjunto, ya no cuela. Lo que emerge sin remisión ni posibilidad de disimulo es la corrupción sistémica de todo el entramado institucional, donde la proliferación de casos es de tal magnitud que transforma en estructural lo que algunos todavía pretenden presentar como una suma de casos aislados. Ha estado acertado uno de los caraduras de Bankia cuando se ha disculpado diciendo que él era uno más de muchos.

El cuadro que contemplamos es desolador y el caudal de aguas de albañal en el que mojamos los zapatos diariamente repugna por su volumen, su color y su hedor. En el futuro, los historiadores describirán con estupor trufado de arcadas la primera década del siglo XXI español. En el relato universal de la venalidad, destacará con sombra propia nuestro país en esta etapa final del régimen de 1978, en la que el latrocinio descarado y a mansalva ha abundado en todos los estratos del Estado, desde el más alto, la Corona, hasta el más bajo, el Ayuntamiento más diminuto, pasando por el Gobierno central, Autonomías, Diputaciones, Municipios, cajas de ahorro, empresas públicas, fuerzas de seguridad, judicatura y sindicatos. Los estudiosos del pasado volverán la vista hacia la España de Roldán, Pujol, Griñán, Chaves, Moltó, Blesa, Fabra, Castedo, Bárcenas, Urdangarín, y varios miles más de desaprensivos de semejante calaña incrustados en consejos de administración, secretarías generales, ejecutivos, parlamentos, alcaldías, gerencias y organismos diversos, y se preguntarán, sobrecogidos de tanta impudicia y tanta codicia, por las causas de una epidemia tan extensa e intensa de fechorías contra las arcas públicas. No es evidente fijar en qué momento se formó el germen del desastre ético que hoy surge viscoso y maloliente ante nuestros ojos doloridos. ¿Fue la arquitectura territorial del Estado por su complejidad, intervencionismo y multiplicación de centros de gasto, fue la falta de mecanismos de control y supervisión, fue la falta de democracia interna de los partidos, que situó en sus cúpulas cooptadas a profesionales de la rapiña, fue la pérdida progresiva de valores de una sociedad hedonista y relativista, fue un modelo educativo degradado, igualitarista y permisivo, fue una justicia lenta, politizada y desprovista de medios suficientes? Probablemente ha sido la conjunción de todos estos factores deletéreos la que ha acabado sumiéndonos en el pantano fangoso que ahora nos ensucia sin remedio.

La gran operación pendiente de reforma del Estado en España consistirá fundamentalmente en pasarlo por un túnel de lavado que elimine toda la porquería pegada a su carrocería tras demasiados años de impunidad y de abuso continuado. Ni sociedad del conocimiento, ni sociedad del bienestar, ni sociedad de la innovación, ni demás eslóganes motivadores. Sociedad del saqueo, simplemente.


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