El tiempo recobrado

Del socialismo al fatalismo

En una reciente entrevista publicada en un medio de difusión nacional, el nominado vicepresidente económico de un hipotético Gobierno presidido por Pedro Sánchez desglosa su programa en esta área, del que se deducen dos cosas: que el socialismo español se ha vuelto fatalista y que si ganan las elecciones nos llevarán a la ruina. Ambas conclusiones representan un motivo más que suficiente para no votarles, si no bastase su absurdo y delicuescente federalismo asimétrico ­–el circulo cuadrado– en momentos en los que está en juego nada menos que la unidad constitucional de nuestra Nación.

Ni una palabra de lo que podemos hacer los españoles ni de las reformas estructurales a emprender

Según Jordi Sevilla, nuestro crecimiento futuro depende de tres factores, el precio del barril de petróleo, la política monetaria del Banco Central Europeo y la fortaleza del euro. Ni una palabra de lo que podemos hacer los españoles ni de las reformas estructurales a emprender en los campos fiscal, laboral, educativo o de la I+D+i para mejorar nuestra competitividad, todo queda al albur de decisiones que van a tomar otros y de las que seremos meros espectadores. Completa esta estimulante perspectiva afirmando que "en una economía globalizada, el crecimiento de cada país depende cada vez menos de los Gobiernos nacionales". Francamente, si la abulia y la pasividad van a ser las notas dominantes de su labor mejor nos buscamos otro con más ideas y más ganas de trabajar. Por supuesto que hay factores externos que influyen en la evolución de la riqueza nacional, pero también es clave lo que se haga o no se haga internamente y los ejemplos son tan abundantes y elocuentes que cabe abrigar serias dudas acerca del nivel de conocimientos sobre la materia de su supuesta especialidad del antiguo profesor de Zapatero. También afirma, en esta misma línea de resignación perezosa, que la creación de empleo "depende del ciclo" y no de las medidas que pueda tomar Rajoy. A lo mejor, el que estaba necesitado de bastantes más de dos tardes era el propio Sevilla y no su alumno inspector de cirros, estratos y cúmulo-nimbos.

Pese a su perspectiva fatalista, anuncia acciones que si a algo nos van a conducir es a un empeoramiento de nuestra situación, ya de por sí preocupante por la descomunal deuda pública y por las profundas deficiencias de nuestro sistema productivo. O sea, que su propósito es hacer nada o muy poco, y lo poco en sentido equivocado. Así, nos comunica que si el PSOE alcanza el poder derogará la reforma laboral del PP, precisamente uno de los escasos aciertos de Rajoy, otro profesional del dontancredismo, que, si bien de forma tímida e incompleta, ha dinamizado ligeramente el mercado de trabajo introduciendo un poco de flexibilidad y eficiencia en el monumento a la rigidez que era nuestra legislación en este terreno. El regreso a la negociación colectiva frente a la negociación descentralizada por empresa, el encarecimiento de la rescisión del contrato y el intervencionismo sobre el nivel de salarios aumentarán el paro, la precariedad y la dualizacion, vaya logro social. En relación a las pensiones, su fórmula es establecer un nuevo impuesto sin reconocer la inviabilidad a medio plazo del actual método de reparto y recurrir, por tanto, a una mezcla de aportación voluntaria del trabajador, de aportación de la empresa y de aportación del presupuesto del Estado, única manera recomendada por los expertos de salvar estas prestaciones en el futuro, además de haber sido ensayada con éxito en otros países. Es decir, que tampoco tiene ni idea sobre un asunto tan capital y su receta es incrementar un gasto público ya desbordado. Teniendo en cuenta que en paralelo afirma que la reducción del déficit es una obligación ineludible, nos hallamos ante una contradicción flagrante.

El docto economista de cabecera de Pedro Sánchez no se digna mencionar la posibilidad de reducir el coste de la Administración suprimiendo organismos y entidades inútiles

En el capítulo de los impuestos, Jordi Sevilla entra en el dominio de lo aberrante. Véase un ejemplo: dos contribuyentes con iguales ingresos al cabo del año, uno exclusivamente de sus rendimientos del trabajo y otro de una suma de rendimientos del trabajo y rendimientos de su patrimonio. Pues bien, de acuerdo con el enfoque confiscatorio de Sevilla, el segundo será obligado a pagar más IRPF que el primero, penalizando por consiguiente su ahorro personal o el de sus antepasados. Este disparate perjudicaría gravemente la marcha de la economía al destruir patrimonios, desincentivar el ahorro y la inversión y generar el deterioro generalizado de muchos bienes inmuebles, rústicos o artísticos de gran valor para la sociedad en su conjunto. No es posible imaginar una fiscalidad más dañina para el interés general, que, combinada con sucesiones y patrimonio, que Sevilla pretende imponer a nivel nacional evitando las bonificaciones hoy existentes en ciertas Autonomías, dibujan un cuadro siniestro de expolio y empobrecimiento para todos. Obviamente, el docto economista de cabecera de Pedro Sánchez no se digna mencionar la posibilidad de reducir el coste de la Administración suprimiendo organismos y entidades inútiles, eliminando duplicidades o poniendo orden en la multiplicidad de municipios y en el galimatías autonómico.

Si a lo anterior añadimos su intención de relajar el cumplimiento de los objetivos de déficit y el control sobre el gasto de las Comunidades Autónomas, resulta evidente que Jordi Sevilla es una amenaza a nuestro bienestar del que conviene salvarse a toda costa. Ahora bien, lo peor en el plano personal y en detrimento de su ética profesional es que él sabe perfectamente que todo esto es verdad y de hecho no cree en un programa tan lesivo para nuestra economía, pero, al igual que Pedro Solbes en su día, ha sacrificado su honradez intelectual a su afán por ganarse el favor de su jefe, otro ignorante errático entregado al electoralismo y a la demagogia. Afortunadamente, las encuestas predicen que gracias al ascenso imparable de Ciudadanos no tendrá ocasión de someternos a la desgracia que su nefasta agenda económica nos infligiría.


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