El tiempo recobrado

El Estado como problema

Las espectaculares medidas tomadas por el Banco Central Europeo para estimular la economía facilitando el crédito han sido muy bien recibidas por los mercados y por los Gobiernos de la Unión, sobre todo por aquellos que arrastran los pies en el campo de las reformas estructurales.

Por supuesto, Mario Draghi ha acompañado su salva de artillería con las rituales peticiones de seguir avanzando por la senda de la competitividad y del equilibrio de las cuentas públicas, pero también ha insinuado que ha llegado el momento, ahora que lo peor de la crisis ha quedado atrás, de impulsar políticas de estímulo al crecimiento, lo que significa necesariamente una cierta relajación en los calendarios de ajuste del déficit

Los instrumentos para combatir la recesión son diversos, unos de corto plazo o de choque, otros de implementación y obtención de resultados más dilatados en el tiempo. Ahora bien, una estrategia correcta de salida del agujero negro en el que Europa ha estado atrapada tras el estallido de las burbujas en 2008 implica acertar en el orden de ejecución de los remedios y en detectar el verdadero origen del problema.

La política monetaria es, sin duda, una de las herramientas disponibles, y Draghi se ha decidido a emplearla masivamente, pero su sola acción es a la larga contraproducente porque empuja la bola hacia adelante agrandando las dificultades futuras. De hecho, el planteamiento es muy sencillo: hay que crear el entorno fiscal, laboral, regulatorio, educativo y cultural apropiado para que las empresas, los autónomos y los profesionales liberales generen riqueza y empleo a la vez que obtienen beneficios que a su vez acumulen excedentes que alimenten la espiral de inversión, innovación, crecimiento y puestos de trabajo.

 Bienvenida sea la alegría transitoria que nos ha regalado el presidente del BCE, pero la raíz de nuestros males sigue ahí

Este propósito comporta necesariamente un desplazamiento de los recursos disponibles del sector público a las iniciativas individuales y sociales en un clima que les sea propicio. El elefante en la habitación, o el dinosaurio o el hipopótamo, o el animal grande y pesado que se elija, es una excesiva concentración de la riqueza producida por la sociedad en manos del Estado. Mientras el sector público siga representando porcentajes del PIB en torno al 50% o incluso superiores continuaremos jadeando sin acabar de recobrar el ritmo normal de respiración.

España, Francia e Italia son tres casos típicos de esta situación. Estructuras administrativas y políticas gigantescas e ineficientes impiden que la economía despegue porque una parte demasiado voluminosa del valor que la gente aporta con su actividad se sepulta en nómina pública, organismos inútiles y, todo hay que decirlo, corrupción. Concretando, en España el número de empleados públicos debería reducirse como mínimo en un 40%, el número de organismos públicos de todo tipo en un 80% y el peso del presupuesto del Estado en el PIB habría de mantenerse por debajo del 35%.

Ese debería ser el programa de cualquier Gobierno serio, pero semejante enfoque colisiona frontalmente con los intereses de la partitocracia que se alimenta de las arcas del Tesoro, de sus clientes subvencionados y del paradigma socialdemócrata en virtud del cual lo público es bueno por definición y lo privado intrínsecamente sospechoso.

Por tanto, bienvenida sea la alegría transitoria que nos ha regalado el presidente del BCE, pero la raíz de nuestros males sigue ahí, enquistada en la mentalidad y los hábitos colectivos. El Estado es la enfermedad europea y la libertad el mejor tratamiento.


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