OPINIÓN

De aquellos polvos, estos lodos

La Carta Magna de 1978 fue, para nuestra desgracia, la plasmación de un acuerdo supuestamente ejemplar que escondía bajo su articulado, plagado de lagunas, inconsistencias y trampas, la intención de dos de las partes firmantes, la izquierda radical y los nacionalistas, de romper la baraja en cuanto las futuras circunstancias lo permitieran.

De aquellos polvos, estos lodos.
De aquellos polvos, estos lodos. EFE

Con motivo de la efeméride del 15 de Junio de 1977, hemos vuelto a oír las habituales loas a la Transición, aquel milagroso paso de la dictadura a la democracia realizado sin violencia que abrió el camino de la plena incorporación de España a Europa y al mundo occidental. Este tipo de alabanzas nostálgicas a través del recuerdo de sus principales artífices y de su sabiduría política y de las evocaciones de los testigos aún vivos, se centran en los aspectos admirables y positivos de una operación transformadora, sin duda extraordinaria, que ha sido calificada por uno de sus protagonistas destacados como "momento fulgurante". Semejante visión entusiasta, a caballo entre el mito, la autocomplacencia y la leyenda, oculta otros elementos preocupantes que supusieron errores de bulto con consecuencias deletéreas que hoy padecemos hasta el punto de poner en serio peligro nuestro modelo de convivencia.

La arquitectura constitucional aprobada clamorosamente en referéndum en 1978, contenía larvadas, pero letalmente vivas, las semillas de la descomposición que ahora han florecido

Qué duda cabe que el tránsito del tinglado jurídico e institucional montado por el franquismo a una democracia liberal homologable a la francesa, a la italiana o a la alemana, era obligado, y que las Leyes Fundamentales con las que el régimen autoritario creado en 1939 pretendió perpetuarse mediante la mera sustitución del difunto Generalísimo por una figura dotada de los mismos poderes, aunque coronada, no resultaban viable en la España de 1975. Por tanto, el propósito de diseñar un cambio que no fuese traumático, que no rompiese los difíciles equilibrios que debían hacerlo posible y que no quebrase, por lo menos explícitamente, con el orden legal, sólo puede calificarse de acertado, loable y necesario. Asimismo, el modus operandi elegido reveló una considerable imaginación y una indudable habilidad, sobresaliendo en su desarrollo y conducción la voluntad sincera del Rey, el virtuosismo táctico de Adolfo Suárez y la concepción estratégica de Torcuato Fernández Miranda. Los demás actores estuvieron a la altura renunciando a la revancha rupturista o al continuismo a ultranza y plegándose a una solución en la que todo el mundo cedía, es decir, ni perdía ni ganaba por completo, aceptando así un gran pacto civil hecho de compromisos razonables en los ámbitos territorial, social, militar, religioso y de la forma de Estado. Dicho de otra forma, el objetivo era excelente y el método para alcanzarlo eficaz, pero el contenido de lo que se alumbró, la arquitectura constitucional aprobada clamorosamente en referéndum en 1978, contenía larvadas, pero letalmente vivas, las semillas de la descomposición que ahora han florecido en el sobrecogedor espectáculo con el que nuestros políticos nos castigan diariamente.

La Carta Magna de 1978 fue, para nuestra desgracia, la plasmación de un acuerdo supuestamente ejemplar que escondía bajo su articulado, plagado de lagunas, inconsistencias y trampas, la intención de dos de las partes firmantes, la izquierda radical y los nacionalistas, de romper la baraja en cuanto las futuras circunstancias lo permitieran, es más, de trabajar con paciencia, mala fe y astucia durante los años que hiciese falta, hasta conseguir los cambios sociológicos propicios a la imposición de sus tesis extremistas, sectarias y liquidadoras de la unidad nacional. Este marco mental y este clima de opinión han llegado por fin, fruto de la terrible recesión tras la crisis financiera, del afloramiento ofensivo de múltiples casos de corrupción y del lavado de cerebro sistemático infligido en las aulas y en los medios de comunicación a los catalanes durante treinta y cinco años, pagado por cierto por el resto de los españoles.

La obsesiva persistencia de Pablo Iglesias por reconstruir la historia contemporánea de nuestro país de acuerdo con su delirio maniqueo y la ofensiva final de los secesionistas catalanes, son signos evidentes de que la Transición fue, en efecto, un espejismo

Los separatistas, el PSOE de Sánchez y Podemos y su proyecto común de demolición de nuestra economía, nuestras libertades y nuestra cohesión nacional, no son otra cosa que la lógica consecuencia de haber proporcionado los instrumentos políticos, educativos, financieros, simbólicos y mediáticos apropiados a los que hace cuatro décadas fingieron acomodarse a un sistema pluralista, abierto y democrático con el soterrado designio de rectificar lo que a su vengativo juicio fue una injusticia histórica acaecida en el fracaso de la Segunda República y la derrota bélica de los que siempre han considerado sus antepasados ideológicos. Las constantes alusiones de Zapatero a su desdichado abuelo y su nefasta Memoria Histórica, la obsesiva persistencia de Pablo Iglesias por reconstruir la historia contemporánea de nuestro país de acuerdo con su delirio maniqueo y la ofensiva final de los secesionistas catalanes, son signos evidentes de que la Transición fue, en efecto, un espejismo, y que los viejos demonios familiares no fueron conjurados, sino temporalmente aplacados.

Está ya sobradamente probado por la experiencia que el éxito de las sociedades humanas se apoya en un buen diseño institucional y el desplegado a partir de las bases concebidas en la Transición dista, y a la vista está, de ofrecer un ejemplo a seguir

Es verdad que hemos disfrutado de un largo período de progreso, paz y prosperidad, pero esa constatación satisfactoria no nos ha de cegar a la hora de hacer un análisis riguroso y desapasionado de las tremendas deficiencias de nuestro sistema institucional, territorial y político, que nos han empujado al borde del abismo en que nos encontramos. La colonización del Estado por los partidos, la venalidad desatada, el gasto público desaforado, el envenenamiento inmisericorde de los espíritus en Cataluña, el deterioro de la separación de poderes, una normativa electoral que elimina el vínculo entre representante y representado, una estructura territorial divisiva e insostenible, factores todos ellos incompatibles con una democracia viable, se encuentran esparcidos en los distintos capítulos de la Ley de leyes de 1978, como muelles comprimidos prestos a saltar. La afirmación falsamente consoladora de que el problema no está en la Constitución, sino en el mal uso que los políticos han hecho de ella, responde a una imperdonable ingenuidad o a una mentira deliberada. Está ya sobradamente probado por la experiencia que el éxito de las sociedades humanas se apoya en un buen diseño institucional y el desplegado a partir de las bases concebidas en la Transición dista, y a la vista está, de ofrecer un ejemplo a seguir.

La conclusión es que solamente una reforma profunda, valiente y ambiciosa de nuestro actual ordenamiento fundamental nos sacará del hoyo en el que estamos hundidos. Para ello, sin embargo, se ha de consolidar una nueva mayoría social dotada de la sensatez y el buen criterio que la respalden. Hasta que exista, y no aparecerá espontáneamente, me temo que nos espera una época de tensión, retroceso y enfrentamientos entre españoles. Si la Nación sobrevive a tal prueba, es de esperar que quede vacunada de las patologías que hoy amenazan con destruirla.


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