El tiempo recobrado

Los políticos como problema

Las diversas crisis que viene sufriendo España durante el último quinquenio, y a las que se refirió el rey con loable sinceridad en su alocución navideña a la Nación, están todas, la económica, la institucional, la territorial y la moral, directamente relacionadas con el comportamiento de los políticos. Si bien es cierto, y a ello me he referido en otras ocasiones, que una estructura del Estado mal concebida facilita la corrupción e incrementa el riesgo de incompetencia de los representantes elegidos, no es menos verdad que al final son hombres y mujeres concretos, dotados de autonomía personal y de conciencia ética, los que toman las decisiones, los que legislan y los que administran los recursos públicos.

El saqueo de las cajas de ahorros, el debilitamiento de la separación de poderes, el despilfarro de Ayuntamientos, Comunidades y Gobierno central, el empeño suicida en destruir la cohesión entre españoles llevando a Cataluña a la ruina, los múltiples latrocinios perpetrados en municipios, Autonomías, sindicatos, partidos y organismos diversos, son la consecuencia de la codicia, la venalidad, la falta de preparación y la frivolidad de individuos con rostro, nombre y apellido, que en gran número se han dedicado sistemáticamente a anteponer su interés particular a su compromiso con sus conciudadanos y al bien común.

La permanente denuncia de Podemos de la existencia en España de elites extractivas que han sometido a la sociedad a intolerables abusos a lo largo de tantos años que han conseguido arrastrar al colapso al sistema consagrado en la Constitución de 1978, está absolutamente fundamentada. La solidez de esta verdad posee tal capacidad de convicción que ha hecho de una fuerza recién aparecida y carente de implantación en bastantes zonas de la geografía nacional una opción de Gobierno, lo que nos da una medida de la gravedad de la situación.

La indefinición y el discurso rupturista de las huestes de Pablo Iglesias añaden un elemento de incertidumbre al panorama por el que ya estamos pagando un precio en términos de paralización de inversiones y fuga de capitales. Resulta frustrante en estas circunstancias contemplar la pasividad del Partido Popular y del PSOE que en vez de acometer juntos de manera urgente la serie de ambiciosas reformas que el país necesita, siguen atados a su electoralismo banal y miope y asisten pasivos a su propia debacle en las urnas, lo que demuestra que al haber perdido la vergüenza han arrojado también por la borda el instinto de conservación. Una encuesta tras otra predice una composición del Congreso de los Diputados para 2015 inmanejable o explosiva, pero ni Rajoy ni Sánchez se quieren dar por enterados. Sus enfrentamientos dialécticos de bajísimo nivel en el hemiciclo parlamentario recuerdan a los sones de la orquesta del Titanic, que seguían desgranando melodías de moda mientras el océano engullía a pasaje y tripulación.

El Presidente del Gobierno y su fe inconmovible en la pasividad como virtud nos condenan a un período, esperemos que no demasiado largo, de inestabilidad, zozobra y retroceso, que sembrará de dificultades una recuperación que, si no fuera por el lastre de una clase política absorta en sí misma, tendríamos al alcance de la mano.


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