El tiempo recobrado

La piedra múltiple

Aparte de la natural indignación por la irresponsabilidad, deslealtad y mendacidad que comporta, el proyecto de los separatistas catalanes empieza a producir un cierto hastío. Una vez más, y ya van incontables, se reabre la cuestión de una financiación singular y privilegiada para Cataluña dentro del Estado autonómico, y de nuevo el Gobierno central lanza mensajes de que está dispuesto a hablar del asunto mientras el Partido Socialista por su parte reclama un diálogo constructivo. Todo parece apuntar a que el inminente debate en el Congreso sobre la petición del Parlamento catalán de que le sea transferida a la Generalitat la competencia de convocar referendos, será la ocasión para que se abra la puerta a esta solución. Pero es aquí donde surge incontenible una agobiante sensación de fatiga.

¿No llevamos acaso tres décadas de mejora continua de la financiación autonómica con crecientes transferencias de tributos estatales amén de otros fondos extraordinarios para enjugar los despilfarros nacionalistas? ¿No es el Tesoro nacional el que cubre el déficit de las pensiones de los jubilados catalanes? ¿No es cierto que toda esa historia fantástica sobre las balanzas fiscales es un montaje plagado de falsedades además de conceptualmente infumable? ¿Alguien cree que las restantes Autonomías de régimen común aceptarán mansamente que la amenaza secesionista catalana se traduzca en privilegios insolidarios para los que se alzan desafiantes contra el orden constitucional y se ciscan en la legalidad todos los días? ¿Es el Gobierno de la Nación consciente de que, dada la imposibilidad de una discriminación favorable a Cataluña, la generalización de un sistema de concierto para el conjunto de las Comunidades acabaría con la Hacienda del Estado y España desaparecería por falta de recursos para desarrollar políticas de ámbito estatal?

Si esa es la situación, ¿por qué se pierde el tiempo con maniobras absurdas por irrealizables? El espectáculo denigrante de un Ejecutivo con mayoría absoluta temblando de miedo ante gentes corruptas e insolentes a las que hace tiempo debería haber metido en cintura con las armas de la ley y de la razón, provoca el rechazo y la desazón de la ciudadanía. Si hubiera que esgrimir un motivo de peso para sustituir a los viejos partidos establecidos por una nueva hornada de fuerzas parlamentarias libres de complejos y con ideas claras sobre la unidad nacional y el imperio de la ley, esta renovada comedia lo proporciona con creces. Se suele decir que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. El refrán no reza sin duda para los dos enormes dinosaurios que monopolizan desde la Transición la vida política española. Sus pesadas moles no han cesado de trastabillar ante el siniestro pedrusco separatista sin que parezcan capaces de aprender a sortearlo. Ha llegado la hora de que cedan plaza a actores políticos de refresco con la agilidad suficiente para saltar sobre tan engorroso escollo.


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