El tiempo recobrado

La piedra al cuello del PP

El Partido Popular agoniza. Es una muerte lenta, dolorosa, por etapas, las europeas, las municipales y autonómicas y, como colofón y entrega de su alma al más allá, las generales. La esperanza de que la leve recuperación económica y el miedo a Podemos le permitiría resistir el deterioro causado por la proliferación de ladrones y mangantes en sus filas, se ha revelado vana. Algunos, desde dentro y desde fuera de la formación que ostentaba la hegemonía absoluta del espacio de centro-derecha en España, lo anunciamos desde el mismo principio de esta legislatura y recomendamos, cuando todavía existía margen de maniobra, las reformas estructurales del sistema institucional y del modelo productivo que hubieran evitado la catástrofe. Pero no hay peor sordo que el que no quiere oír. Incluso ahora, ya en el borde mismo de la extinción, todavía una operación a corazón abierto podría salvar los muebles. Si se convocara un Congreso extraordinario en septiembre abierto a toda la militancia con primarias por sufragio universal y secreto para elegir una nueva dirección y un nuevo liderazgo sin interferencias del actual aparato de Génova 13, que está más que incinerado, cabe la posibilidad de que surgiera una figura legitimada por las bases con carisma, capacidad de arrastre y equipada con genuinas convicciones liberal-conservadoras que devolviera la confianza a los millones de votantes perdidos.

Por supuesto, nada de esto sucederá y el PP se evaporará sin remedio, prisionero de sí mismo y de su cúpula inane. La total ausencia de democracia interna, que le ha llevado a su presente consunción, le impide reaccionar ahora que su fin se dibuja inminente y trágico. En la naturaleza y en otros muchos ámbitos, no triunfa a la larga el más grande o el más fuerte, sino el que mejor se adapta y el PP, ese gigantesco dinosaurio torpe y rígido con su cuarteada piel cubierta de las pústulas de la corrupción, es totalmente incapaz de realizar los ágiles movimientos que le situarían a salvo de su destino fatal. Obviamente, el principal responsable de tales desgracias es su máximo dirigente, Mariano Rajoy Brey, tan inspiradamente bautizado por Pedro J. Ramírez como el estafermo, que desde su fatalismo indolente contempla impávido el incendio que devora el trabajo de veinte años de construcción de un proyecto político que ha representado a una mayoría de españoles que desean vivir arropados por valores firmes sin que el Estado intervenga demasiado en sus trayectorias individuales. Hemos llegado a un punto de no retorno en el que cada vez que el rostro entre acongojado y huidizo de Rajoy asoma a las pantallas de televisión, los votos huyen al galope hacia Ciudadanos o hacia la abstención y este proceso imparable no cesará hasta que a final de este año se consagre el paso del PP a la irrelevancia. Y por mucho que los espesos estrategas del partido del Gobierno braceen frenéticos en las arenas movedizas que están a punto de tragarse a la otrora triunfante gaviota, cualquier maniobra que intenten ya sólo contribuirá a acelerar su tránsito a las tinieblas porque la gente simplemente no les soporta.

El PP lleva atada una piedra al cuello que ha manifestado su inconmovible decisión de volver a presentarse como cabeza de lista al Congreso dentro de cinco meses y por desgracia para sus siglas nada ni nadie la puede desatar. Como escribió Michelet, la historia no es otra cosa que la interminable batalla entre la libertad y la fatalidad y esta batalla el PP, enfangado en su venalidad y encadenado por su inmovilismo, no ha sabido darla y la ha perdido para siempre.


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