El tiempo recobrado

El peor remedio

Existe abundante literatura y probada experiencia sobre la relación directa entre la prosperidad, la estabilidad y la seguridad de las sociedades humanas y la calidad de sus instituciones y de los hábitos morales de sus integrantes. Incluso aquellas naciones bendecidas por una climatología benévola, abundantes recursos naturales y unas condiciones geográficas privilegiadas pueden caer, en ausencia de una buena arquitectura institucional, en la violencia, el caos y la miseria. Factores tales como el pluralismo, las libertades civiles, el imperio de la ley, una economía de mercado adecuadamente regulada, la garantía del derecho de propiedad, el respeto a la dignidad de las personas, la separación de poderes, un gobierno representativo formado por individuos competentes, la cohesión ciudadana en torno a valores vertebradores, unos mecanismos de solidaridad que no ahoguen el crecimiento y la honradez en los comportamientos públicos, son factores determinantes para el éxito de la convivencia colectiva.

Las últimas tres décadas y media de historia de España son una excelente prueba de esta verdad ya indiscutible. La paulatina y constante degeneración de una saludable democracia constitucional en una partitocracia corrupta nos ha arrastrado a la crisis estructural que padecemos, a la que no se le ve salida sin un elevado riesgo de implosión traumática a corto o medio plazo. El constante esfuerzo de las elites extractivas que viven de la explotación del sistema y del saqueo del erario para disimular la gravedad y profundidad de nuestras dificultades mediante su control abusivo de los grandes medios de creación de opinión, sólo conduce al empeoramiento gradual y constante de la situación, cuya reversibilidad se vuelve cada día más improbable. Una gran Nación europea no puede sobrevivir a una estructura territorial del Estado políticamente inmanejable y financieramente ruinosa, una justicia obscenamente politizada, una corrupción sistémica y el poder destructivo de unos micronacionalismos totalitarios y excluyentes.

Curiosamente, el remedio que se suele buscar a este tipo de males es peor que la enfermedad. En vez de propiciar las reformas necesarias para regresar a los beneficios de la sociedad abierta, del pleno desenvolvimiento de la iniciativa privada y de la moralización de la vida en común, se suele optar por fórmulas dañinas de corte colectivista, intervencionista y contrarias a la libertad. Países como Cuba, Venezuela o Bolivia, por citar tres bien conocidos, son una muestra elocuente de este fenómeno que condena a pueblos castigados por la venalidad de sus clases rectoras a la extrema pobreza y al conflicto interno fruto de la aplicación de recetas colectivistas e intervencionistas.

El espectacular éxito de Podemos y el notable crecimiento de Izquierda Plural en las recientes elecciones generales en España indican que por desgracia apuntamos hacia un camino similar, amortiguado afortunadamente por nuestra plena inserción en la Unión Europea y en el mundo occidental avanzado y por una renta per capita satisfactoria ampliamente distribuida entre las distintas capas sociales. Sin embargo, los cuatro jinetes del Apocalipsis recortan su perfil en el horizonte recordándonos que si no reaccionamos nos amenaza un futuro de regresión, empobrecimiento y fracaso.


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