El tiempo recobrado

El ocaso de los dioses

A lo largo de la historia, unos dioses caen y otros emergen y los ruegos y sacrificios de los hombres para hacer propicia a la divinidad cambian de destinatarios, los viejos templos pierden su esplendor para transformarse en ruinas de interés turístico o en polvo disipado por el viento, las estatuas relucientes de altiva figura se truncan en torsos mutilados alojados en oscuras salas de museo o en fragmentos de mármol abandonados entre rocas y hierbajos y los antes venerados sacerdotes de cultos tenidos por inamovibles, hasta entonces privilegiados intermediarios entre lo contingente y lo trascendente, pasan a ser objeto de persecución, o lo que es aún peor, de burla o de olvido.

No hay Olimpo lo bastante elevado ni lo suficientemente temido que no pueda un día ser cruelmente vaciado ni degradado ni que, una vez disipadas las nubes de misterio que lo ocultaban a los ojos de los mortales, no se revele como un simple monte pelado carente de toda magia. Al igual que sus adoradores, condenados a ser ceniza o huesos dispersos, también los rectores de sus existencias, sean estos astros, serpientes aladas, herreros ígneos, ancianos barbados o palomas místicas, llegan a su fin y son reemplazados por nuevas deidades que a su vez conocerán el declive y la desaparición. Este es el ciclo inexorable de la vida y de la muerte que arrastra en su inmutable giro a los seres humanos y a los seres celestes, espectáculo en unas ocasiones grandioso y en otras patético, fuente de dolor y también de consuelo.

La Transición fabricó un sistema institucional y político que hoy percibimos como perverso porque, lejos de repartir el poder y moderarlo, lo concentró en las cumbres de los partidos y lo puso en las manos de una reducida oligarquía cooptada que, lejos de alzarse sobre el resto de sus conciudadanos por sus relevantes méritos o por elección democrática, se sitúo en la cúspide del Estado mediante el juego sucio, el saqueo del presupuesto, la manipulación de la opinión y la mentira sistemática. La caída a los infiernos de Rodrigo Rato es probable que no sea el último de la serie de escándalos a la que los españoles entre asombrados y asqueados asistimos desde que estalló la crisis, pero sí es el definitivo, el que señala el cambio imparable que quedará irreversiblemente consagrado en las próximas elecciones generales.

Cualquier intento de los mandamases que habitan en sus sedes blindadas de las calles Génova y Ferraz de salvar su hegemonía y de seguir viviendo de la ficción que ha durado ya treinta y siete años resultará inútil. Su Walhalla ha descendido a la tierra y sus miserias y trampas han sido expuestas a los ojos de la gente que espera ansiosa a que se abran los colegios electorales que les permitirán derribar de sus pedestales a los ídolos que les han explotado y engañado sin pausa y sin escrúpulos.

La foto de Rato entrando en el vehículo policial mientras la mano de un funcionario anónimo le humilla la cabeza como a un ratero vulgar ha hecho sonar el trueno epilogal de toda una época. Ojalá lo que se avecina sea un orden mejor, más limpio y más justo y a los dioses que van a ser derrumbados los sustituyan espíritus benéficos ansiosos de trabajar para su grey y no de medrar a su costa.


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