El tiempo recobrado

La impotencia de la razón

Mi columna de la semana pasada ha suscitado un éxito sin precedentes en cuanto a número de comentarios insultantes recibidos. La reacción a mi aseveración de que la forma más eficaz de crear riqueza es la libertad de empresa y la iniciativa individual y de que, tal como señalara lúcidamente Hayek, ello implica que debemos permitir que algunos vivan mejor que la media si deseamos que la mayoría pueda alcanzar un nivel de bienestar digno, verdad por otra parte incontestable, ha generado una ola de indignación similar a si hubiera propuesto el regreso de la esclavitud. La psicología evolutiva ha demostrado de manera fehaciente que las opiniones políticas de la gente no son el fruto en general de un análisis racional y objetivo de hechos contrastados, sino la adhesión emocional a prejuicios instalados.

Se ha utilizado la imagen de que la razón es el jinete y las emociones el caballo y que el jinete se pone al servicio del caballo y no al revés, es decir, que no argumentamos para probar que nuestras posiciones son correctas, más bien razonamos con el fin de buscar justificaciones a nuestras intuiciones. Ante mis reflexiones durante la visita a la Villa Ephrussi de Rotschild en San Juan Cap Ferrat, el automatismo igualitario, que considera que la justicia consiste en imponer la igualdad de resultados, enfoque que ha causado tanta ruina e innumerables horrores, ha saltado como un resorte o como un reflejo condicionado, y me ha cubierto de invectivas. Por supuesto, casi ninguno de mis agresores en la red se ha molestado en examinar racionalmente la cuestión y en construir de forma articulada una tesis distinta en tono respetuoso y educado. Como una estampida embravecida, las injurias han arrollado mi texto sin concederle la menor oportunidad de ser discutido. 

La política es, por tanto, el reino de los manipuladores de emociones y por ello provoca la desesperación de los que la abordan intentando que prevalezca en su ejercicio el método científico basado en la observación, la experimentación y la validación de las teorías mediante su contraste con los hechos reales. Hoy en España prevalecen dos corrientes análogamente destructivas, la que propugna fragmentar la Nación en virtud de absurdas identidades étnico-lingüísticas y de agravios históricos imaginarios, y la que nos invita a liquidar los mecanismos de crecimiento y progreso mediante un colectivismo liberticida mezcla de castrismo y chavismo. Aunque repugna a la sensatez más elemental que semejantes delirios incendiarios tengan acogida entre nuestros conciudadanos, podemos comprobar que de nuevo el jinete del raciocinio se ve arrastrado por la fuerza del caballo del instinto ciego. Hay combates que nunca terminarán.


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