El tiempo recobrado

La hora de la firmeza

El debate del próximo martes en el Congreso sobre la petición del Parlamento de Cataluña de que el Estado transfiera a la Generalitat la facultad de convocar referendos, ha generado la lógica expectación. Artur Mas, en una lamentable demostración de cobardía, no se ha atrevido a dar la cara en la tribuna como hizo Ibarretxe en su momento y ha enviado a dos mediocres testaferros. Aunque el resultado de la votación está cantado y Francesc Homs y Josep María Pelegrí volverán a casa con el rabo entre las piernas tras un rechazo ampliamente mayoritario a su impertinente pretensión, lo interesante de la sesión serán los argumentos esgrimidos por los distintos portavoces, el vocabulario elegido e incluso el lenguaje corporal. El Presidente del Gobierno no ha desvelado aún, fiel a su brumoso estilo galaico, si intervendrá él mismo o delegará en algún ministro, que esperemos no sea el de Asuntos Exteriores.

Protocolariamente, no debería enfrentarse a dos personajes menores, pero políticamente ganaría estatura y credibilidad si se decide al final a coger este incómodo astado por los cuernos. Después de meses de permanentes desafíos al orden constitucional y de bravuconadas de chulo de barrio por parte de los separatistas catalanes, a los ciudadanos españoles les reconfortaría contemplar a un jefe del Ejecutivo capaz de poner en su sitio a los rebeldes con contundencia, rigor y coraje. Para dirigir una Nación bronca y levantisca como la nuestra -incesante y fatal, escribió Borges-, además de la noble virtud de la paciencia y de la sabia administración de los tiempos, cualidades en las que sobresale el cabeza de filas del PP, no sobra de vez en cuando dar señales de que por las venas de uno circula sangre y no una desbravada mezcla de gaseosa y horchata.

Mariano Rajoy tiene horror al conflicto y a todo aquello que requiera un despliegue de pasión, por mínimo que sea. Lo suyo es el pausado discurrir de la gestión burocrática y la renuncia fatalista a las soluciones enérgicas. El problema es que la subversión abierta contra la legalidad con el fin de liquidar a España como proyecto histórico es un asunto difícilmente manejable con parsimonia administrativa. Es como si un marido que ve a su bella esposa a punto de ser ultrajada  por un antropoide peludo intentase evitar tal desastre presentándole al desatado monstruo una instancia timbrada. Por tanto, millones de miradas de españoles inquietos se fijarán sobre el inquilino de La Moncloa pasado mañana deseando sentirse reflejados en un admirable derroche de determinación, severidad y valentía.  De Yaser Arafat se decía que jamás desaprovechaba la ocasión de perder una oportunidad, lo que le condujo al fracaso y a la frustración. Quedan horas para saber si el designado por Aznar para regir los destinos patrios dejará pasar la magnífica posibilidad que se le ofrece de barrer de un soberbio manotazo a los pigmeos que no cesan de mordisquearle las pantorrillas o se pondrá a su menguada altura exponiéndose a ser devorado por jauría tan despreciable. Él sabrá lo que ha de hacer. O no.


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