El tiempo recobrado

El hobbesiano optimista

En el verano de 2012, Barack Obama declaró solemnemente que la utilización de armas químicas contra la población siria constituía para los Estados Unidos una línea roja y que si Assad cometía tal brutalidad, eso “cambiaría la ecuación” y tendría serias consecuencias. El 21 de Agosto de 2013, se produjo una matanza de mil cuatrocientos civiles, hombres, mujeres y niños, en el barrio de Ghouta en Damasco, mediante el lanzamiento de gas sarín. Las imágenes de rostros infantiles de ojos dilatados y de pequeños cuerpos agitándose entre la vida y la muerte con la máscara de oxigeno puesta en camas de hospital dio la vuelta al mundo y generó una inmensa ola de horror y de repulsa. La poderosa máquina del Pentágono se puso en marcha para preparar el castigo contra el asesino de su propio pueblo, pero cuando todo estaba a punto, Obama reculó, detuvo el proceso, solicitó autorización del Congreso, negoció con Putin la retirada del arsenal químico de Assad y los misiles de los destructores norteamericanos que estaban desplegados en el Mediterráneo oriental no fueron disparados.

Goldberg repasa la política internacional del presidente a través de conversaciones con el mismo Obama

Este hecho es la base del magnífico trabajo periodístico titulado The Obama doctrine, realizado por Jeffrey Goldberg y publicado en el último número de la revista The Atlantic. En un largo y pormenorizado artículo, Goldberg repasa la política internacional del presidente a través de conversaciones con el mismo Obama, con sus principales colaboradores y asesores, con sus opositores, con mandatarios extranjeros y con expertos. El resultado es un verdadero tratado de relaciones internacionales y de filosofía política de obligada lectura para todo aquel que pretenda entender el convulso panorama global de estos años iniciales del siglo XXI.

La exposición detallada y casi en tiempo real de los mecanismos que determinan las grandes decisiones de la Casa Blanca en el escenario mundial, las motivaciones de los distintos actores, la información que se maneja, la ponderación de los intereses en presencia y los principios morales que operan en el Despacho Oval, dibujan un mosaico fascinante que arroja luz sobre cuestiones que muchas veces quedan ocultas por los comentarios superficiales o por el ruido mediático.

Lo que se desprende en esencia del relato de Goldberg es que las experiencias sufridas en la segunda guerra de Irak, en Afganistán, en Libia y en la llamada “primavera árabe”, han llevado a Obama a la conclusión de que Oriente Medio no tiene solución a corto y medio plazo, que poner orden en esa caótica región no forma parte de los intereses vitales de Estados Unidos y que lo más indicado es una labor de contención del ISIS a base de drones y de apoyo a las fuerzas locales fiables, neutralizar en lo posible la amenaza nuclear iraní y esperar a que el Islam experimente la misma reforma interna que en su día acaeció en el Cristianismo para hacerlo compatible con la democracia y la modernidad.

La separación entre lo urgente y lo relevante es otra de las líneas maestras del pensamiento del actual inquilino de la Casa Blanca

De las cuatro escuelas en política internacional que distingue en la historia norteamericana, la aislacionista, la realista, la internacionalista y la intervencionista, Obama se define como un realista internacionalista porque en su opinión el aislamiento es imposible en un planeta globalizado y porque Estados Unidos no puede arreglar todos los problemas del orbe. Su enfoque radica en la idea de que la respuesta militar hay que reservarla exclusivamente para las amenazas directas a intereses esenciales de su país o a su supervivencia. En todo lo demás, nos dice Obama, la herramienta ha de ser la diplomacia, la denuncia, la presión económica y comercial y la acción concertada con los aliados. La separación entre lo urgente y lo relevante es otra de las líneas maestras del pensamiento del actual inquilino de la Casa Blanca.

Obama no se tiene por pacifista y si hay que liquidar a un enemigo, se le liquida -está claro que su firme propósito es que Abu Baker Al-Bagdadi no muera de viejo-, pero los tremendos errores y los desastrosos efectos de la etapa de George W. Bush le han convencido de las ventajas de la autocontención.

Obama es impasible, pero no pasivo, tranquilo, pero no indiferente

Está claro que Obama es impasible, pero no pasivo, tranquilo, pero no indiferente. Su lema “No hay que hacer estupideces” es sin duda poco sofisticado, pero recomendable, y mucho mejor que el de Rajoy que es “No hay que hacer nada”. Si se recuerda que en 2002 cuando era un modesto senador estatal de Illinois pronunció un discurso contra el belicismo de Bush Jr. en el que predijo con exactitud todo lo que después ha sucedido en Oriente Medio y en Irak en particular, el respeto intelectual que merece aumenta sensiblemente.

Tal como Goldberg le define, quizá lo más inteligente que un gobernante pueda ser en este teatro de violencia, estrépito y barbarie en el que nos debatimos, sea un “hobbesiano optimista”, hobbesiano por elemental lucidez y optimista por razones terapéuticas.


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