El tiempo recobrado

Unas elecciones europeas en clave nacional

Estas elecciones europeas tienen una sola clave en España: la aparición de formaciones de ámbito nacional que no existían hace un año y que prefiguran un cambio significativo en el mapa político de nuestro país. Si estos partidos emergentes obtienen representación, aunque sea muy modesta de momento en términos cuantitativos, será una señal clara de que en el medio plazo el arco parlamentario puede experimentar un movimiento sísmico de gran intensidad tras el cual las siglas establecidas que hoy controlan el sistema sean reemplazadas por nuevos actores que cubran todo el espectro de izquierda a derecha y que compartan una agenda ambiciosa de transformación del Estado que acabe con la partitocracia corrupta que ahora nos aprisiona para sustituirla por una auténtica y saludable democracia constitucional. Estamos sin duda ante una cita con las urnas de carácter histórico que puede anunciar un final de ciclo de igual trascendencia al que se produjo en la Transición.

Esta circunstancia explica el creciente nerviosismo de los dos grandes partidos establecidos, que ven peligrar su duopolio podrido, intervencionista y estatalista. La prueba de que el dúo de viejos dinosaurios percibe la amenaza que gravita sobre ellos es que en los últimos días de la campaña se han lanzado, sobre todo el Partido Popular, a una ofensiva de insultos, injurias y calumnias del peor jaez contra los que han denominado “pequeños”, con una bajeza y una ruindad que provocaba vergüenza ajena. Tres hechos acaecidos durante las pasadas semanas confirman que en el fondo, tras el aparente enfrentamiento maniqueo que practican, los gestores del bipartidismo son lo mismo y comparten arraigados y oscuros intereses. El primero, con justicia muy comentado, ha sido la total ausencia de la corrupción en el debate entre los candidatos popular y socialista en televisión a pesar de que se trata de un tema de principal preocupación para los ciudadanos. La omertá fue tan flagrante que suscitó una ola de indignación pública de enormes proporciones.

El segundo fue la confesión de Arias Cañete de que durante su enfrentamiento con una agresiva Elena Valenciano no fue “él mismo”, es decir, que fingió y mintió y se contuvo con el fin de no ganar el encuentro. El pobre Miguel tenía instrucciones, perfectamente escritas en las fichas arriólicas a las que se agarraba convulso, de no hacer sangre para no alterar el pacto subterráneo que sostiene el tinglado de venalidad, ineficiencia y clientelismo del que viven su organización y la de su teórica oponente. El tercero fue el globo sonda lanzado tanto desde filas populares como socialistas, de la posibilidad de un gobierno de coalición en 2015, es decir, que si ven que su imperio puede derrumbarse están dispuestos a bunquerizarse juntos en La Moncloa para seguir saqueando el presupuesto a cuatro manos.

Todo esto puede iniciar hoy su declive definitivo si los españoles perciben la magnífica oportunidad que se les brinda para abrir con su voto una nueva etapa de esperanza y regeneración en nuestra degradada vida pública.


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