El tiempo recobrado

Del discurso a la realidad

Existe un amplio acuerdo sobre el discurso de Felipe VI en su jura de la Constitución ante las Cortes: fue una pieza magnífica en el contenido, el tono y la oportunidad. Tan sólo he leído una voz discrepante, la de Arcadi Espada, pero últimamente el sobresaliente periodista catalán está en una actitud permanente de oposición escéptica a todo lo que se mueve sobre la superficie del planeta, fruto sin duda de su extraordinaria inteligencia, que ha alcanzado tal grado de exigencia a los demás que nada la satisface.

Dejando aparte este caso por tantos motivos excepcional, parece evidente que el nuevo monarca encontró los registros, la construcción y el léxico apropiados para la ocasión y que no defraudó, sino al contrario, consiguió infundir esperanza a la vez que establecía un clima de cordialidad, confianza y moderado optimismo en una sociedad desmoralizada, dividida y confusa.

Tan benéficas intenciones no servirán de nada sin un cambio sustancial de posiciones de aquellos que han de ayudarle a cumplirlas

Ya nadie abriga dudas sobre el acierto de la abdicación. España hace tiempo que da síntomas de agotamiento en lo político, lo económico y lo institucional, y era necesario un acontecimiento que marcase un punto de inflexión, es decir, que sin introducir discontinuidades traumáticas, permitiese un cambio de pendiente que nos devuelva la posibilidad de volver a hallar el camino ascendente.

Sin embargo, siendo de gran calidad la intervención del Rey ante las Cámaras, su base conceptual y lógica tropezará sin duda con un obstáculo difícilmente salvable, y es que sus fundamentos no son compartidos por aquellos interlocutores frente a los cuales sus funciones constitucionales de moderación, consejo, advertencia y arbitraje, han de demostrar su eficacia.

Marco común

Para que dos agentes racionales que intentan solucionar una discrepancia puedan hacerlo, han de compartir un mínimo de supuestos en al ámbito de la calificación ética de los sus acciones, de la valoración de las consecuencias de sus decisiones y del significado de las palabras que manejen. Sin esta pista de baile común, por reducida que sea su superficie, no podrán trenzar los pasos que les faciliten la danza del acuerdo.

La Constitución debería ser este marco común, y no es casual que el Rey se refiriera a ella con reiteración. Ahora bien, los separatistas catalanes, que hace tiempo que la vulneran sin reparo, la izquierda republicana, que se ha propuesto liquidarla, y los dos grandes partidos establecidos, que oscilan entre la pasividad y la resignación, no se encuentran en disposición de ofrecer al Jefe del Estado el fulcro indispensable para que intente mover la palanca de la recuperación de la unidad, la primacía del interés general y el sentido de Estado.

Las intenciones del Rey, tan benéficas en su ambicioso planteamiento, no servirán de nada sin un cambio sustancial de posiciones de aquellos que han de ayudarle a cumplirlas. Su única posibilidad de impedir que nuestra gran Nación implosione sin remedio es que la ciudadanía, a través de las urnas, persiste en la senda iniciada el pasado 25 de mayo y sustituya a los hoy monopolizadores del sistema por fuerzas renovadas que vibren en la longitud de onda de la alocución real en el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo. De la velocidad, la intensidad y la amplitud de este proceso depende nuestro destino colectivo. Suerte, Majestad.


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