El tiempo recobrado

El delirio separatista

Medio millón de ciudadanos de Cataluña formaron este jueves una V con la que han pretendido  simbolizar una supuesta victoria sobre un enemigo inexistente. Uno de los manifestantes declaró que al punto al que habían llegado las cosas “las causas ya no importaban”, es decir, la confesión paladina de la renuncia al pensamiento racional para dejarse llevar por la pura pasión desordenada.

Ninguno de los presentes en la multitud que llenaba la Diagonal y la Gran Vía dedicó un minuto a reflexionar serenamente sobre posibles justificaciones a su reivindicación secesionista. Porque solamente hay dos motivaciones entendibles para la voluntad de desgajar de una entidad política, jurídica y económica de mayor amplitud una sociedad y un territorio integrados en ella.  

La primera es que los habitantes de la comunidad que pugna por la independencia sean objeto por parte de las autoridades del Estado que la engloba de violaciones sistemáticas de sus derechos humanos, opresión insoportable, maltrato evidente y marginación oprobiosa. En estas circunstancias, es lógico que las víctimas de tales abusos busquen en la construcción de su propia estructura institucional y política desvinculada de la que las humilla y las tortura el fin de sus desgracias.

La segunda es que, sin darse los dramáticos supuestos anteriores, la población de una parte de un Estado atrasado, corrupto, pobre y fracasado, levante un proyecto autónomo de superior nivel  a través del cual persiga la prosperidad material, el avance cultural, la solidez ética y la calidad de vida que en el seno de su antigua matriz le resulta imposible alcanzar.

Cualquier observador objetivo que conozca las circunstancias de la España de hoy, llegará de inmediato a la conclusión de que ninguna de las dos hipótesis descritas guarda ni el más remoto parecido con la realidad de nuestro país. Ni Cataluña sufre opresión alguna ni sus ciudadanos merma de sus libertades y derechos, sino todo lo contrario, al pertenecer a un Estado democrático e intensamente descentralizado en el que la diversidad y la pluralidad gozan de notorio reconocimiento. Más bien es la Generalitat la que limita severamente los derechos y las libertades individuales en los ámbitos educativo, cultural y lingüístico.

En cuanto a la pretensión de erigir una nación idílica de categoría moral, institucional, financiera, intelectual y social netamente mejor que la española en su conjunto, a la luz de los antecedentes comprobados sobre endeudamiento público, ineficiencia administrativa, clientelismo escandaloso, provincianismo patético, latrocinio sistemático, desempleo dramático e incivilidad de comportamientos, la pretensión de los secesionistas de caminar hacia una arcadia feliz una vez rotas las cadenas que les unen a  España provocaría hilaridad si no estuviese asociada a la ruina material y espiritual de Cataluña.

Los sumergidos en la riada humana del pasado jueves son presa de un delirio frenético que les ciega y les impide plantearse un análisis coste-beneficio de sus objetivos basado en datos fehacientes y no en emociones incontroladas. Aquellos que alimentan sus sueños imposibles les conducen al abismo sin percatarse de que el amargo despertar que se producirá más pronto que tarde también comportará su descrédito definitivo.


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