El tiempo recobrado

En busca de la derecha perdida

El candidato del Gobierno en las elecciones europeas ha reconocido que durante el debate del pasado jueves no fue 'él mismo', en otras palabras, que fingió y no fue sincero. Efectivamente, se le vio rígido, dubitativo y pegado a sus fichas, lo que le restó credibilidad y espontaneidad. Ese es el problema de la falsa derecha prisionera del consenso socialdemócrata y siempre temerosa de no aparecer como suficientemente progresista.

Al abandonar sus principios, al sustituir las convicciones por los sondeos y las certezas morales por la sociología electoral, suena hueca y débil, y es arrollada por la demagogia y las mentiras de la izquierda. Miguel Arias afrontó su encuentro con la chica de ayer admiradora del asesino en serie Che Guevara con las manos atadas por las instrucciones de Pedro Arriola, al igual que le sucedió en su día a Manuel Pizarro frente a Solbes y a José María Aznar en su segundo encuentro televisivo con Felipe González en 1993. La conclusión no puede ser otra que los sectores sociales que hasta hoy han apoyado al PP necesitan una opción capaz de defender sus creencias, sus valores y sus legítimos intereses sin complejos ni vacilaciones.

"El arriolismo, esa patología que ha corroído al PP hasta transformarlo en una máquina inhumana de conservación y explotación del poder, ideológicamente inane y dialécticamente soporífera, tiene cura, pero no dentro del partido hasta hoy hegemónico en el espacio de centro-derecha y con su actual dirección, sino en una nueva formación que refleje de manera auténtica lo que los catorce millones ochocientos mil españoles que sostienen el Estado con su esfuerzo y su trabajo en el sector privado y los que en el sector público proporcionan valor añadido, que no son pocos, esperan de un proyecto político que les represente. Es difícil saber que fue antes, si el huevo o la gallina, si Pedro Arriola y su escuela de pragmatismo desideologizado, cortoplacista y plano, o los dirigentes del PP que le han mantenido inexplicablemente como gran gurú de comunicación de su organización.

En otras palabras, ¿es Arriola quién ha infectado a la cúpula del PP con su virus centrista debilitador de cualquier principio firme o son los jerarcas del partido los que se encuentran cómodos con el enfoque inodoro, incoloro e insípido que les recomienda su consejero áulico vitalicio? Independientemente de la respuesta a este interrogante, el resultado está a la vista: el inmenso hueco creado en el arco parlamentario español en el espacio de la derecha democrática, liberal, conservadora y europeísta. Ahora bien, como la naturaleza tiene horror al vacío, es de esperar que la sociedad civil reaccione y genere el instrumento para solucionar este grave problema. De hecho, hay signos claros de que este proceso de recomposición de la oferta electoral ha comenzado con buen pie.

Parafraseando a Lenin, se puede decir que el arriolismo es la enfermedad senil de la derecha y que todos los que creemos en la libertad como motor del desarrollo y del verdadero progreso hemos de vacunarnos de sus letales consecuencias antes de que España se transforme en un erial carente de ideas y de referentes seguros que la salven del fracaso irreversible.


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