El tiempo recobrado

El avispero iraquí

Las fuerzas del ejército regular iraquí que han lanzado la ofensiva para recuperar Tikrit de manos de las hordas asesinas del Estado Islámico están acompañadas de un nutrido contingente de milicias chiítas igualmente feroces y el conjunto se encuentra bajo el mando del general Suleimani, comandante en jefe de las Qud, la rama de la Guardia Revolucionaria de Irán destinada a acciones en el exterior. En otras palabras, que la campaña de reconquista de Tikrit es una operación dirigida y protagonizada por Irán y en caso de victoria serán los ayatolás de la teocracia iraní los principales beneficiarios. Irak es hoy un Estado cuasi-fallido arrasado por la corrupción, los odios tribales y religiosos y la pobreza.

Este es el brillante resultado de la segunda guerra de invasión y de la destrucción de las estructuras políticas, militares, policiales, judiciales y administrativas del país por los Estados Unidos tras la caída de Saddam. Desde luego, los brillantes cerebros que en Washington creyeron que bastaba derribar a cañonazos al dictador para que automáticamente Irak se transformase en una democracia homologable a Suiza o a Dinamarca merecen una calurosa felicitación. De su profunda ignorancia y de su inigualable estupidez derivan los horrores que vienen sufriendo los iraquíes desde hace una década.

Pero no sólo son los tremendos sufrimientos de todo un pueblo que cuenta hoy con cinco millones de viudas y de huérfanos y apenas subsiste con una renta per cápita de 1000 dólares, es la catástrofe geoestratégica provocada por esta política irresponsable su peor consecuencia. La transformación de Irak en un caos de violencia, sectarismo e ilegalidad ha abierto la puerta de la región a un conquistador tan o más peligroso que el Estado Islámico, a una potencia agresiva, que pisotea los derechos humanos, que fomenta el terrorismo en todo el planeta y que tiene como objetivo declarado la aniquilación de Occidente, empezando por Israel: la República Islámica de Irán.

El Estado Islámico, esa pesadilla sangrienta surgida de la oscuridad medieval, se propone establecer un califato universal para imponer la sharia mediante el terror, perspectiva que naturalmente suscita el absoluto rechazo de cualquier persona civilizada. Pues bien, eso que tanto nos horripila, en la República de los ayatolás de Teherán es un principio constitucional, tal como lo diseñó en su día su líder supremo Jomeini. Es decir, que aliarse con Irán para derrotar al Estado Islámico es salir de la sartén para caer en el fuego.

La oportunidad que de manera suicida Estados Unidos y la Unión Europea le están brindando a Irán de apoderarse de toda la región, pondrá a Irak, Siria, Libia y Yemen en una primera etapa y a los países del Golfo en una segunda bajo una férula aún más despiadada y mortífera que el Estado Islámico, con el regalo añadido de que el que se prefigura como nuevo amo de Oriente Medio poseerá muy pronto armas nucleares. El que haya escuchado y entendido el reciente discurso del primer ministro de Israel en el Congreso norteamericano, ha de ser consciente de que semejante escenario puede desembocar en una hecatombe al lado de la cual el 11-S nos parecerá una nimiedad.

Todavía queda un estrecho margen de tiempo para reaccionar y evitar el cataclismo que se avecina. El nuevo jefe de Gobierno iraquí, al-Abadi, ha de limpiar su país de milicias chiítas controladas por Irán, ha de acabar con la corrupción, ha de reconstruir las fuerzas armadas, ha de recuperar la confianza de las tribus sunitas masacradas por su predecesor y ha de implantar el imperio de la ley. En este empeño, las democracias occidentales le han de prestar pleno apoyo logístico, político, diplomático y financiero, además de olvidar la negociación nuclear con Irán y regresar a la firmeza frente al régimen jomeinista. El camino que se sigue en la actualidad es profundamente equivocado y conduce al desastre. Es conocido que los dioses ciegan a los que quieren perder y parece claro que a Obama el Olimpo le ha dado la espalda.


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