OPINIÓN

El 21-D, una apuesta a cara o cruz

La apuesta del 21 de Diciembre es extraordinariamente arriesgada y existe una alta probabilidad de que se reproduzca el mismo esquema que propició la insurrección.

El 21-D, una apuesta a cara o cruz.
El 21-D, una apuesta a cara o cruz. EFE

La decisión tan demorada de Mariano Rajoy de activar el artículo 155 de la Constitución para parar el golpe separatista en Cataluña ha sido, como todas las suyas, tendente a minimizar el daño, o más exactamente, las molestias, y no a solucionar el problema de fondo. El Presidente del Gobierno habita un mundo plácido, en el que los sobresaltos y las exigencias extremas representan una incomodidad fastidiosa, por lo que deben ser ignorados hasta que desaparezcan espontáneamente o, si persisten, tratados de la manera más indolora y discreta posible y lo más tarde que las circunstancias permitan. Este método, muy adecuado sin duda para no alterar en exceso su tensión arterial, tiene el inconveniente de producir la acumulación de asuntos potencialmente explosivos, que acaban, como ha sucedido con el malhadado “procés”, por estallarnos a todos en la cara.

Tan sólo un efecto fatiga que hubiese hecho mella en los nacionalistas combinado con la fuga de empresas y el sano temor al Código Penal podría enfriar la agresividad de los golpistas

Dentro de esta tónica caracterizada por la lentitud y la cautelosa administración del esfuerzo, las medidas tomadas en orden a devolver Cataluña a la legalidad y a la normalidad institucional han renunciado a dos necesidades evidentes: la de desconectar la máquina de propaganda y adoctrinamiento masivo que es TV3 y la de disponer de un tiempo suficiente para apagar los focos más virulentos del incendio. La convocatoria de elecciones autonómicas inmediatas responde pues al deseo invariable de no prolongar situaciones que provocan ansiedad y de facilitar el rápido regreso a la lectura del Marca y al discurrir sosegado de las horas.

Por consiguiente, la apuesta del 21 de Diciembre es extraordinariamente arriesgada y existe una alta probabilidad de que se reproduzca el mismo esquema que propició la insurrección, un parlamento con ligera mayoría secesionista y una sociedad partida en dos mitades irreconciliables. Si este fuera el caso, tan sólo un efecto fatiga que hubiese hecho mella en los nacionalistas combinado con la fuga de empresas y el sano temor al Código Penal podría enfriar la agresividad de los golpistas. De no ser así, volveríamos a las algaradas, los pronunciamientos subversivos y el desgarro interno de una Comunidad Autónoma que, si no fuera por albergar en su seno esta plaga mortal que es la obsesión identitaria, sería una de las más prósperas, envidiadas y avanzadas de Europa.

La tarea que se les presenta a los partidos constitucionalistas a lo largo de las próximas siete semanas es formidable: revertir en cincuenta días la implacable labor de neurotización narcisista realizada durante tres décadas

Está claro que la tarea que se les presenta a los partidos constitucionalistas a lo largo de las próximas siete semanas es formidable: revertir en cincuenta días la implacable labor de neurotización narcisista realizada durante tres décadas y media sobre los catalanes por una poderosa estructura de clientelismo, apelación emocional, fabricación de mentiras y coacción psicológica sin parangón desde la llevada a cabo por los nazis en la Alemania de los años treinta del siglo pasado. En este combate desesperado y urgente, los tres actores encargados de presentarlo ofrecen posibilidades y planteamientos muy distintos. El PSC continúa instalado en su viscosa tibieza que le impide acometer con efectividad al monstruo particularista. Su alma parcialmente nacionalista acorta sus brazos, embota su pensamiento y amordaza su boca, por lo que no se puede contar con él para una empresa que, si algo requiere, es coraje, convicción y nitidez de ideas. La blandengue pusilanimidad de una gente que ha considerado la impecable actuación de la juez Lamela “desproporcionada” les invalida para plantar cara de verdad a las hordas fanatizadas de la estelada.

El PP arrastra veinte años de pasividad y acomplejamiento frente al nacionalismo y no se puede esperar demasiado de su capacidad de movilizar al electorado contrario a la separación de España

El PP arrastra veinte años de pasividad y acomplejamiento frente al nacionalismo y no se puede esperar demasiado de su capacidad de movilizar al electorado contrario a la separación de España. Su influencia en Cataluña es ya escasa y sus dirigentes carecen del bagaje intelectual y de la pasión requeridos para un desafío de tales proporciones. Queda, por tanto, Ciudadanos. Se trata de la formación que ha mostrado mayor firmeza frente al golpe y la que ha reclamado con notable vigor el recurso a las previsiones constitucionales para atajar la contumacia separatista. Su candidata rebosa entusiasmo, valentía y firmeza, a la vez que despliega un discurso coherente y atractivo. Sus siglas, por otra parte, están libres de manchas de corrupción y nunca han pasteleado, a diferencia de los dos grandes partidos nacionales, con los nacionalistas. Parece aconsejable que los millones de catalanes que están hartos del callejón sin salida al que les ha llevado un tribalismo irresponsable, excluyente y corrupto, concentren su apoyo el 21 de Diciembre en Inés Arrimadas y su lista.

En este peligroso envite a cara o cruz que se avecina, no hay que desperdiciar un solo voto en opciones que han demostrado hasta la saciedad su inoperancia

Tan sólo una victoria aplastante de la única fuerza política que garantiza sin fisuras el propósito de rectificar los errores del pasado y de reemplazar las concesiones, el apaciguamiento y la connivencia por la voluntad indeclinable de derrotar al separatismo en el terreno de las ideas y en las urnas, ofrece la esperanza de cambiar las cosas. En este peligroso envite a cara o cruz que se avecina, no hay que desperdiciar un solo voto en opciones que han demostrado hasta la saciedad su inoperancia, su complacencia y su impotencia ante la peor amenaza a la paz, el progreso y la democracia que España padece desde la Transición.


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