El tiempo recobrado

Trescientos millones diarios

La deuda pública en España ha alcanzado ya la cifra amenazadora de un billón de euros. Pero lo peor no es su desmesurado volumen, sino que va a seguir creciendo hasta representar el 100% del PIB en 2016. El Gobierno se ufana de la bajada de nuestra prima de riesgo, lo que abarata los empréstitos, y del crecimiento, que se sitúa por encima del francés, del alemán y del italiano.

Los signos de recuperación de la creación de empleo, aunque modestos, le permiten también echar las campanas al vuelo y proclamar lo acertado de sus políticas. Sin embargo, el tremendo volumen y la evolución del endeudamiento del Tesoro son el indicador que demuestra que la economía española dista de estar saneada. Cada día que pasa, nuestro país debe trescientos millones de euros más, lo que equivale a decir que cada año nuestras Administraciones gastan del orden de cien mil millones de euros más de lo que ingresan, y esta trayectoria suicida se mantendrá durante los próximos años.

Todo lo que nuestro país produce en un ejercicio presupuestario lo debemos, lo que constituye una carga onerosa que gravita sobre nosotros y nos impide encontrar la senda de la verdadera prosperidad. En los años previos a la crisis, los países del Sur de Europa gastaron en exceso aprovechando los bajos tipos de interés y la financiación que fluía a chorros desde los Estados Miembros centrales. Algunos Gobiernos, como el griego, entraron prácticamente en el campo de lo delictivo falseando las cuentas que presentaban en Bruselas. Ahora intentan desesperadamente reducir  sus déficits e introducir reformas estructurales que les hagan competitivos. Por supuesto, una de las medidas aplicadas ha sido la brutal subida de impuestos, factor que ahoga el dinamismo económico y dificulta el ahorro y la inversión.

Nadie quiere reconocer, y el Gobierno español tampoco, que mientras no se aligere el Estado, se simplifique la Administración y se reduzca significativamente la nómina pública, continuaremos entrampados y sin posibilidad de prosperar. Los cíen mil millones que España gasta cada año de más han de ser eliminados modificando a fondo la estructura territorial del Estado, suprimiendo miles de organismos inútiles, cortando subvenciones, atajando de una vez la corrupción y adelgazando sin vacilar las infladas plantillas en Ayuntamientos y Comunidades Autónomas.

Cuando uno observa que todavía hay gente que plantea exigencias en los planos de la financiación autonómica o en el de la protección social que implicarían incrementar aún más el gasto público, entra la duda no ya de si nuestros políticos entienden el funcionamiento de la Hacienda común, sino de si conocen las reglas elementales de la aritmética.


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