El tiempo recobrado

¿Transición o transformación?

El rey invocó el pasado jueves en Cataluña el espíritu de la Transición y llamó a recuperarlo para volver a trabajar juntos en pos de un proyecto común. Su discurso, en presencia de Artur Mas y de centenares de empresarios catalanes, estuvo lleno de buena voluntad  y su tono no pudo ser más conciliador.

Sin embargo, un somero análisis de la etapa de cambio político profundo que experimentó España entre 1975 y 1978, nos indica que tomarla como referencia para salir de nuestras presentes tribulaciones desenfoca apreciablemente la situación actual. En la Transición, el dictador ya había fallecido y se trataba, por tanto, de llenar un vacío. Las elites del país, tanto las gubernamentales como las de la oposición, salvo un oscuro reducto de fieles al régimen que había muerto con Franco o de rupturistas a ultranza, eran conscientes de que había que construir una democracia homologable con las existentes en el mundo occidental y, por consiguiente, se partía de un acuerdo básico sobre el cual las negociaciones para concretar su contenido, aunque difíciles, estaban abocadas al éxito.

Hoy no existe un vacío, sino un inmenso vertedero, una estructura inviable y un inmenso deseo de venganza por parte de mucha gente que se siente engañada e indignada

Hoy no existe un vacío, sino un inmenso vertedero, una estructura inviable y un inmenso deseo de venganza por parte de mucha gente que se siente engañada e indignada. No disponemos del Adolfo Suárez que, desde dentro de la partitocracia podrida, esté dispuesto a sanearla caiga quien caiga. Tampoco el mismo jefe del Estado tiene la autoridad y el poder del que dispuso su padre a la hora de darle la vuelta a España como un calcetín de la ley a la ley.

En cuanto a los apoyos internacionales, que entonces no faltaron, ahora observan pasivamente el desarrollo de los acontecimientos y la Unión Europea se limita a proclamar su respeto por los asuntos internos de los Estados Miembros sin que sus máximos dirigentes hayan expresado hasta el momento con la rotundidad necesaria su condena de los separatismos basados en identidades étnico-lingüísticas.

La Transición vio como una clase rectora entera se hacía el harakiri para facilitar el paso a nuevos liderazgos y a otra forma de organizar la convivencia

El arco parlamentario español, tras treinta y seis años de vigencia de la Constitución llamada de la concordia, está atrapado en sus intereses partidistas y paralizados por el hecho de que las profundas reformas que requiere el sistema acabarían con su modus vivendi y su control de las instituciones y de la misma sociedad. La Transición vio como una clase rectora entera se hacía el harakiri para facilitar el paso a nuevos liderazgos y a otra forma de organizar la convivencia. Nada indica que las cúpulas de las principales formaciones estén dispuestas a semejante sacrificio patriótico, sino que se aferran a sus poltronas y las sucesivas y más bien cosméticas medidas de mejora de la calidad de nuestro edificio institucional se producen bajo la presión de la calle y a ritmo de crecientes escándalos de corrupción.

Baste decir que el presidente del Gobierno, en cotas bajísimas de apoyo popular, ha anunciado que piensa presentarse como candidato a la reelección sin el menor signo de que abrigue la intención de acudir a la democracia interna en su partido para comprobar si cuenta con el respaldo de sus bases. Todo apunta a que, a diferencia del tan alabado y pacífico tránsito del autoritarismo a la libertad de hace cuatro décadas, a los españoles nos esperan en los próximos años turbulencias traumáticas antes de que nuestro vuelo por la Historia recupere la estabilidad.

Al final, saldremos del hoyo, como siempre ha sucedido en el pasado. La pena es que el egoísmo y la incapacidad de los máximos responsables de que nos encontremos hundidos en él nos obligue a pagar un precio muy alto antes de volver a respirar tranquilos.


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