El tiempo recobrado

Sociedad envilecida

Como en una dolorosa confesión pública, cada mañana los titulares de las portadas de los grandes rotativos y los informativos de las principales cadenas de televisión desgranan corruptela tras corruptela, estafa tras estafa, cohecho tras cohecho, prevaricación tras prevaricación, saqueo tras saqueo, latrocinio tras latrocinio, en una serie interminable de escándalos, que abarcan desde la Corona hasta el más pequeño municipio, recorriendo toda la escala vertical y horizontal del Estado, Administración central, Autonomías, Ayuntamientos, empresas públicas, organismos oficiales, judicatura, como una infecta corriente de podredumbre que no se detiene ante nada, ni leyes, ni controles, ni escrúpulos éticos. En paralelo, la esfera privada o la parapública tampoco se libran de esta infección deletérea, sindicatos, partidos, elites empresariales, sociedad de autores y otras diversas instancias civiles, por su cuenta o en sucia colisión con las instituciones oficiales, participan en este festín obsceno de aprovechamiento indecoroso de los recursos de todos.

Cabe preguntarse cómo empezó esta pesadilla, cuáles han sido sus causas, qué fenómeno fatídico puso en marcha este proceso imparable de fechorías repulsivas. Sin duda, hay factores estructurales en la arquitectura legal e institucional de nuestro país que facilitan tales desmanes. Un excesivo intervencionismo, la multiplicación de poderes arbitrarios, el relajamiento de la supervisión de los gestores del erario a todos los niveles, una justicia lenta, ineficaz y absurdamente garantista, el debilitamiento peligroso de la separación de poderes, serían posibles explicaciones concurrentes para semejante caída de España en los infiernos de la venalidad.  Pero en la base de tan profunda degradación, yace una causa primera, fundamental y determinante que sustenta y alimenta el resto de deficiencias tangibles de nuestro sistema.

Nos encontramos sin duda ante una pérdida generalizada de conciencia moral, una desaparición letal de referentes que guíen las conductas, un olvido suicida de nuestras obligaciones con nosotros mismos y con los demás. El gran número de gobernantes corruptos, de sindicalistas ladrones, de financieros aprovechados, de custodios de los bienes ajenos transformados en pirañas voraces de los caudales que se les confiaron contando con su honradez, han perdido aquella vergüenza que les llenaría de consternación al contemplarse diariamente en el espejo.

Solamente la recuperación de una métrica moral seria y consistente, que se enseñe en las escuelas, que se practique desde cualquier responsabilidad pública o privada, que se difunda desde los instrumentos de creación de opinión, acompañada de la repulsa social más enérgica y del castigo inmediato y severo de estos comportamientos, nos permitirá volver a la senda de la respetabilidad, de la autoestima, del crecimiento y la prosperidad. El ciclo electoral que se aproxima, y que terminará en el otoño de 2015, nos da a los españoles la oportunidad de enderezar nuestro rumbo perdido en el oleaje pestilente de la corrupción. Hay que borrar del mapa a las formaciones que nos han precipitado en este abismo y dar la mayoría, cada uno según sus preferencias ideológicas, a aquellas opciones cuya historia esté limpia de abusos de esta naturaleza. Lo demás vendrá por añadidura, pero sin este paso previo indispensable seguiremos chapoteando en el barro viscoso de la ignominia y el fracaso.


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