El tiempo recobrado

El Rey ha vuelto

El mensaje real de esta Navidad no podía ser convencional o puramente retórico. Con el país inmerso en una crisis económica, institucional, moral y de unidad nacional de una gravedad sin precedentes desde la recuperación de la democracia hace treinta y cinco años, los españoles esperaban de su monarca palabras que tuvieran sustancia y que les permitiesen abrigar alguna esperanza.

La Casa Real era consciente de esta situación y ha intentado responder a las exigencias del momento. Destacan en el discurso algunas notas novedosas que nunca habían sido introducidas en el pasado. Palabras como “regeneración”, “cambio de actitud”, “compromiso ético” o “reformas necesarias” indican la conciencia de que no basta con retoques o con la mera gestión de lo habitual para salir de las dificultades que atravesamos.

El Jefe del Estado nos ha transmitido una idea bastante clara sobre su valoración de la amplitud y el alcance de nuestros problemas que, nos ha venido a comunicar, no son de simple coyuntura, sino de fondo. Semejante reconocimiento de la verdadera naturaleza y alcance del fin de ciclo histórico que estamos viviendo con tanta angustia es sin duda un signo positivo, que contrasta con el enfoque burocrático, parsimonioso y a remolque de los acontecimientos del Gobierno y del principal partido de la oposición.

El Rey abre la puerta a una revisión de la Constitución a la vez que insta al cumplimiento de la vigente, lo que confirma el diagnóstico sobre el carácter estructural de los cambios requeridos. La afirmación tajante de que no podremos cantar victoria ni mostrarnos satisfechos mientras uno de cada cuatro ciudadanos activos se encuentre en paro representa un rotundo desmentido a los intentos gubernamentales de crear falsos optimismos en base a la mejora de índices macroeconómicos que no empeoran más por la sencilla razón de que incluso las caídas más grandes acaban tocando fondo.

En contraste con la firmeza de determinados planteamientos, otros pasajes de la intervención muestran una decepcionante debilidad. La llamada a comprender las razones del otro, en evidente alusión a la ofensiva separatista de los nacionalistas catalanes, no se entiende cuando los secesionistas hace tiempo que han prescindido de argumentos para sustituirlos por hechos consumados, amenazas chulescas y falsedades reiteradas. Aquí se ha echado en falta una declaración inequívoca de que cualquier amenaza disgregadora fuera de la legalidad no será tolerada ni tiene la menor probabilidad de triunfar.

En cuanto a los gestos de afecto y comprensión hacia las víctimas del terrorismo etarra, llegan tarde y no van a sanar la tremenda herida abierta por las consecuencias de la anulación por el Tribunal de Estrasburgo de la doctrina Parot. Las víctimas han repetido hasta la saciedad que no quieren medallas ni palmaditas en la espalda ni frases hechas, que pueden incluso resultar contraproducentes aumentando su indignación y su dolor. Lo que reclaman es pura y llanamente justicia y están convencidas de que ni la reciben ni la van a recibir.

En definitiva, que el Rey ha vuelto y nos ha dicho que lo hace para quedarse. Esperemos que en su labor como titular de la Corona, tan constitucionalmente imprecisa como potencialmente decisiva, sea consecuente con este regreso impregnado, por lo menos a nivel verbal, de responsabilidad y determinación.


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