El tiempo recobrado

Reconfiguración del mapa político

Todas las grandes crisis de los sistemas políticos traen como consecuencia una reconfiguración del mapa de fuerzas parlamentarias. Los ejemplos son numerosos en la historia de muchos países a lo largo de los últimos dos siglos. España, sacudida por la crisis económica global que estalló hace siete años y cuyos efectos padeceremos durante por lo menos una década más, ha entrado también en una profunda revisión de sus instituciones, cuyos notorios defectos, todavía no visibles en la etapa de construcción del Estado constitucional alumbrado en 1978 y en los tiempos de prosperidad de la década prodigiosa 1997-2007, han emergido ahora de forma abrupta, corrido ya de manera irreversible el velo de abundancia material y de optimismo oficial que los cubría. Los españoles han abandonado a los dos grandes partidos que dominaban de manera hegemónica los espacios respectivos de centro-derecha y centro-izquierda a nivel nacional, y han surgido nuevas opciones que en las últimas elecciones europeas y andaluzas han mostrado una creciente presencia que amenaza con trastocar el equilibrio del bipartidismo imperfecto que ha imperado desde la Transición.

Este corrimiento de tierras electoral y social nos enfrenta  hoy a dos graves peligros: el de la disgregación y la desaparición de España como Nación, impulsada de modo agresivo y explícito por los independentistas catalanes y en tono más sordo y cauteloso por los vascos, y el del colectivismo anulador de las libertades y portador de la miseria, representado por el extremismo marxistoide de Podemos. Un escenario que combinase el triunfo del modelo socioeconómico de Pablo Iglesias con la apoteosis de las identidades fragmentadoras que persigue Artur Mas, dibuja una pesadilla tenebrosa en la que hemos de evitar caer. Dado que ni el PP ni el PSOE se encuentran en condiciones de regenerarse y se han instalado en el inmovilismo y en la impotencia, los sectores sensatos y lúcidos de la sociedad española que desean un cambio seguro que fortalezca la cohesión nacional, que instaure un sistema productivo que nos haga competitivos y nos permita crecer y crear empleo, que limpie los establos de la partitocracia de las toneladas de basura acumuladas y que nos garantice un futuro de estabilidad, autoestima y prosperidad, necesitan como el pan que comen un instrumento político en el que depositar sus votos dotado de la suficiente influencia y credibilidad que nos salve de la catástrofe a la que estamos abocados.

Por tanto, el empecinamiento de Rosa Díez en negarse a confluir con Ciudadanos revela no sólo una preocupante incapacidad de análisis de la verdadera situación en que nos hallamos, sino una falta de patriotismo y de voluntad de servir al interés general que la descalifican para siempre. Los miles de militantes y dirigentes de UPyD que perciben con claridad el problema han de acelerar el proceso de desaparición de sus siglas para integrarse en Ciudadanos y Albert Rivera ha de abrir de par en par las puertas de su casa para incorporar a los militantes y cuadros magentas que deseen sumarse a su proyecto reformador. Las pretendidas diferencias con Ciudadanos que esgrime la cúpula leninista de UPyD son simples matices o lagunas de parecida significación a las que existen dentro de muchos grandes partidos europeos, sin que ello les impida presentarse ante los electores como una oferta unificada. De la rapidez y la consistencia con la que se realice esta imprescindible operación dependerá que las próximas Corte Generales puedan alumbrar un Gobierno sólido y fiable o que se pierdan en el caos y la confusión.


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