El tiempo recobrado

Razón y pasión

El joven y se supone que magníficamente preparado portavoz de campaña del PP, Pablo Casado, dijo el otro día en una entrevista que los votantes eligen su papeleta de forma racional y que, por consiguiente, el partido del Gobierno ganaría las próximas elecciones. Si esta afirmación del cachorro popular fuese cierta, sus siglas serían la fuerza hegemónica en Cataluña y en el País Vasco, porque no hay nada más contrario a la razón que el nacionalismo identitario, que antepone las emociones más primarias a la objetiva consideración de intereses prácticos.

Sin embargo, las soflamas patrióticas construidas sobre una historia inventada y unos agravios inexistentes han arrasado el territorio de los hechos verificables y de la economía elemental.  Si existe una demostración palpable de que la mayoría de los ciudadanos no se acerca a las urnas armada de las conclusiones extraídas de un análisis objetivo de la realidad, lo tenemos en el amplio apoyo electoral que siempre ha tenido ETA en su territorio, probando que la pulsiones instintivas del odio y la autoafirmación paranoica pueden llegar a justificar los crímenes más horrendos. Por tanto, el ingenuo portavoz no sabe de lo que habla, lo que nos conduce una vez más a la pregunta de quién diseña la gestión de recursos humanos en el PP y con qué criterios.

Es tal el grado de desfachatez, de irresponsabilidad y de egoísmo que hemos visto en los últimos años que cualquier apelación a la lógica llega tarde

Podemos es también un fenómeno alimentado por pasiones primarias, en su caso el rencor y el deseo de venganza. Errejón lo resumió recientemente ante Ana Pastor cuando dijo que lo que ellos aportan es la lucha de los de abajo contra los de arriba. Pablo Iglesias y sus huestes explotan magistralmente la natural indignación de millones de españoles frente a la marea pútrida de corrupción y a la proliferación de abusos de unas elites políticas y financieras que se han entregado al saqueo inmisericorde de la riqueza del país. Es tal el grado de desfachatez, de irresponsabilidad y de egoísmo que hemos visto en los últimos años que cualquier apelación a la lógica y al examen sereno de la viabilidad y las consecuencias de determinadas propuestas llega tarde.

Las mentes y los corazones de una mayoría de nuestros compatriotas están ya tan impregnadas de asco e irritación que no atienden a argumentos basados en el rigor y en la experiencia; sólo quieren cortar cabezas y si se conforman con hacerlo simbólicamente mediante su sufragio y no se apiñan en torno a la guillotina es porque nuestra renta per cápita es todavía propia del Occidente desarrollado. Si en algún momento a través de la bruma ardiente de su ira, penetra la evidencia de que multiplicar el empleo público, nacionalizar sectores estratégicos, subir aún más los impuestos y derribar la Monarquía, representará la ruina para varias generaciones, la apartan de un manotazo porque lo que ahora prima es el ansia incontenible de destrucción.

Además de intentar que la gente piense serenamente y pondere con ecuanimidad los distintos proyectos que le presentan, cosa que sin duda hay que hacer siempre, será imposible impedir que la ola de la irracionalidad nos arrastre a la catástrofe sin un auténtico acto de contrición público de los dos grandes partidos, la sustitución de sus cúpulas directivas carentes de credibilidad por figuras nuevas limpias de lastres del pasado y la utilización de registros sentimentales positivos capaces de neutralizar el veneno letal de la cólera ciega.


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