El tiempo recobrado

Piedras y manos

Hace años que leo a Víctor Pérez Díaz con aprovechamiento porque la lucidez y la oportunidad de sus análisis son los propios del que es probablemente nuestro más competente sociólogo, además de un intelectual completo y sólido de primer nivel mundial. Por eso me ha llamado la atención su reflexión del pasado viernes en un diario de gran circulación sobre el cuidado que hemos de tener los españoles antes de lanzar la primera piedra contra los culpables de nuestras presentes, graves y abundantes desgracias, es decir, los políticos. Escribe Pérez Díaz que no debemos precipitarnos en fijar el blanco de nuestros reproches porque somos nosotros, los votantes, los que llevamos cuatro décadas depositando una papeleta en las urnas que les ha dado ese poder que han ejercido tan torcidamente. Y que, lejos de descargar nuestra responsabilidad como miembros de la sociedad en los representantes que hemos elegido, es hora de que volvamos nuestra mirada airada sobre nosotros mismos y nos preguntemos qué podemos hacer en tanto que ciudadanos para enmendar los muchos errores cometidos. Quizá, apunta el autor de tantos magníficos estudios sobre nuestra realidad social, hemos incurrido en el pecado de la indiferencia ante la marcha de los asuntos públicos, hemos sido unos malos habitantes de la polis que, por indolencia o por comodidad, hemos abandonado durante demasiado tiempo en manos de concejales, alcaldes, diputados y ministros, nuestra soberanía, conformándonos con acercarnos cada cuatro años a los colegios electorales por unos pocos minutos para desentendernos después.

Sin duda, hay una gran parte de verdad en esta llamada a ejercer nuestras funciones como individuos integrantes de una democracia constitucional y en la certera observación de que las soluciones a nuestros males no vendrán a estas alturas de arriba abajo, sino que hemos de impulsarlos de abajo arriba.  Sin embargo, está demostrado históricamente que los países gozan de prosperidad, paz, justicia y orden en la medida que se dotan de instituciones adecuadas, capaces de corregir con sus mecanismos legales y procedimentales las desviaciones que los dirigentes tomen respecto del camino correcto, de insuflar en la gente los valores morales que la conduzcan a comportamientos honrados y productivos y de proteger sus derechos y libertades. La pregunta del huevo y la gallina surge inevitable: ¿Son las buenas instituciones las que generan buenos ciudadanos y hacen a los políticos honestos y aptos para su delicada labor o son los buenos ciudadanos y los políticos esclarecidos e incorruptibles los que crean las buenas instituciones? Parece obvio que sea cual sea la respuesta, una vez puesta en marcha la rueda, la espiral que se genera será virtuosa o perversa según el punto inicial. Entonces, la cuestión se retrotrae a la Transición y al interrogante de si los españoles de aquella etapa fueron, fuimos -porque millones de ellos seguimos vivos- lo bastante inteligentes, altruistas, participativos, leales y sabios como para diseñar un ordenamiento fundamental y una estructura del Estado de la calidad suficiente. Nuestra situación actual nos proporciona una amarga respuesta. Por eso tiene razón Pérez Díaz al instarnos a ponernos a la tarea todos a una y sin regatear esfuerzo. Ojalá a la luz de la decepcionante experiencia acumulada sepamos construir ahora bien lo que en 1978 se hizo mal. Si no es así, si volvemos a errar o si caemos en la pasividad, nos espera una etapa larga de fracaso y frustración. En nuestras manos y en las piedras que arrojemos y hacia dónde, se encuentra un futuro que nos pertenece y del que no podemos escapar.


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