El tiempo recobrado

Peligro adversativo

Es conocida la expresión francesa “Oui, mais…”, que encierra en tan sólo dos palabras un significado de largo alcance. Cuando se dice “Sí, pero…” se abre un amplio espacio de indeterminación. El que utiliza la puntualización adversativa, ¿dónde pone el énfasis? Puede acentuar la parte afirmativa de su aserto y dejar en un segundo plano mortecino la matización, pero en ocasiones lo que sigue a la preposición adquiere más peso que la frase que la precede. Cuando aquello que se discute o se examina es un asunto de gran trascendencia moral, los “pero” deben ser administrados con enorme precaución. Sobre este fenómeno tenemos abundante experiencia en España en relación a ETA y las valoraciones de sus sangrientas hazañas por parte de los jerarcas del PNV, por no hablar de figuras melifluas como el ex-alcalde socialista de San Sebastián Odón Elorza. Tras el brutal atentado contra el semanario Charlie Hebdo en París, han corrido ríos de tinta condenando este crimen execrable del terrorismo islamista y la inmensa mayoría de comentaristas se han mostrado contundentes, sin dejar margen alguno a justificaciones equívocas o implícitas. Es más, si se ha producido aquí o allá una mínima muestra de comprensión por la atroz reacción a unas caricaturas del Profeta de los que asesinan en nombre de Alá Todopoderoso, inmediatamente ha sido sepultada por un alud de críticas implacables.

Por eso han causado cierto desconcierto unas declaraciones del Papa Francisco a los periodistas que le han acompañado en su reciente viaje a Sri Lanka. En el ambiente distendido propio de un largo desplazamiento en avión, con el estilo llano y cordial que caracteriza al actual Vicario de Cristo, Su Santidad ha dejado ir las siguientes inquietantes reflexiones: “Es verdad que no debes reaccionar con violencia, pero, incluso si somos buenos amigos, si alguien insulta a mi madre, tiene que esperar un golpe, es algo normal…” Después, el Sumo Pontífice se ha explayado, ya en plan general y abstracto, sobre las libertades de expresión y de creencias como derechos fundamentales del ser humano. Además, ha añadido algo todavía más resbaladizo en el contexto de las diecisiete vidas truncadas por la vesania fundamentalista en Francia el pasado 7 de enero, al señalar que “la libertad de expresión tiene límites” y que “no puedes jugar con la religión de los demás, no puedes insultar su fe o reírte de ella, esta gente provoca y entonces…”

Al leer estas palabras de Francisco, faro ético del género humano, no he podido evitar recordar una observación similar del Muy Evasor Jordi Pujol que, con motivo de un ataque sumamente violento de energúmenos independentistas contra un grupo de profesores que habíamos participado en un seminario de análisis de los efectos deletéreos del nacionalismo en la Universidad de Barcelona, se permitió explicar la barbarie con el argumento de que íbamos por el mundo provocando y, claro, pasaba lo que pasaba. Dado que mi respeto intelectual y personal por el Papa es netamente superior al que siento por el Muy Defraudador, que es nulo, confieso que su excursión adversativa frente al horror islamista me ha perturbado considerablemente.

Creo firmemente que no hay pero posible en el caso de Charlie Hebdo y que la repulsa de la irracional crueldad de los yihadistas ha de ser completa, redonda y sin paliativos. La línea roja que separa los distintos tipos de respuesta ante una ofensa, por dolorosa y obscena que nos parezca, sea contra nuestra santa madre biológica o contra la Santa Madre Iglesia o contra Buda, Mahoma, Lutero, Confucio o Lao-Tsé, es el empleo de la ley o del kalashnikov. Y esta frontera absoluta no se debe cruzar jamás, ni tampoco aproximarse peligrosamente a ella a caballo de ambiguos vericuetos adversativos. Nos queda el consuelo de que la infalibilidad papal se circunscribe a cuestiones de fe y de dogma, no a lucubraciones informales a diez mil metros de altura.


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