El tiempo recobrado

Nueva etapa

Hoy los españoles eligen a sus representantes en las corporaciones locales y en trece Comunidades Autónomas, pero todos sabemos que las urnas de este domingo van a significar mucho más. La historia de las sociedades humanas está hecha de ciclos, largas etapas de décadas o incluso de siglos en las que una determinada estructura institucional y normativa, un conjunto de creencias y unos determinados hábitos de conducta se mantienen estables sin que aparentemente nadie los ponga en cuestión o, por lo menos, no en un número suficiente como para provocar cambios sustanciales. Cuando un ciclo acaba, cuando se cierra una etapa colectiva, hay acontecimientos que marcan este final y que abren un tiempo distinto en el que se impone otra visión y en el que se rompe con el pasado. Existen serios indicios de que el 24 de mayo de 2015 se dispone a ser una de estas ocasiones decisivas.

En 1978 España clausuró un régimen autoritario e inauguró una democracia homologable a las del resto del mundo occidental desarrollado

En 1978 España clausuró un régimen autoritario e inauguró una democracia homologable a las del resto del mundo occidental desarrollado. Principios tan elementales como la separación de poderes, la regla de la mayoría y la libertad de opinión y de expresión, ausentes de nuestra vida en común desde la Guerra Civil, regresaron a nuestra vida cotidiana, y las buenas gentes de nuestro país se enorgullecieron legítimamente de su recuperada "normalidad". Alcanzada la mayoría de edad civil, desaparecida la tutela férrea de un autoproclamado padre severo y omnipotente, los españoles volvieron a gobernarse a sí mismos y no sólo les fue devuelto su voto, sino su dignidad de ciudadanos. En aquel amanecer glorioso de la Transición, la esperanza llenó los corazones de millones de personas, firmemente convencidas de que por fin nuestros viejos demonios, la división interna, el atraso, las desigualdades, la inmadurez política y la inestabilidad de las instituciones, iban a quedar definitivamente atrás y nuestra antigua y a menudo convulsa nación pisaría segura el camino de la prosperidad material y la convivencia civilizada. Nos soñamos europeos, atlánticos, demócratas, ricos y bien educados porque habíamos sido capaces de superar el paso difícil de la dictadura a un régimen constitucional sin violencia y sin demasiados traumas.

Casi cuarenta años después, sin despreciar los logros del sistema puesto en marcha en la Transición, la decepción se ha apoderado otra vez de nuestro ánimo. Los estragos de una partitocracia corrupta combinados con la virulencia de la ofensiva separatista y con los efectos devastadores de la crisis económica global, nos han dejado sumidos en la indignación, el desempleo y la desconfianza. Una ola de pesimismo y de amargura se ha abatido sobre la península ibérica y un horizonte que brillaba de atractivas posibilidades cuando un joven Juan Carlos I anunció en las Cortes que sería el rey de todos los españoles, se ha ensombrecido con el color de la frustración y de la ira.

A las urnas, que son nuestra arma incruenta para ganar la batalla contra el inmovilismo, la venalidad y el fanatismo

Por eso este domingo 24 de mayo adquiere una enorme relevancia, porque nos revelará si los españoles todavía guardamos las suficientes energías y la necesaria lucidez para bajar el telón de una obra ya periclitada y emprender con optimismo y fe en nuestro futuro la senda de la reforma segura y de la serena regeneración. No hay que tener miedo a la renovación. Si lo hicimos con éxito en 1978, podemos volver a hacerlo porque tenemos más recursos y más experiencia que entonces. A las urnas, que son nuestra arma incruenta para ganar la batalla contra el inmovilismo, la venalidad y el fanatismo. A las urnas para enterrar lo viejo y sucio e inaugurar un largo devenir de progreso, de unidad y de honradez.


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