El tiempo recobrado

Navidades

Somos prisioneros de las tradiciones, que evolucionan en sus manifestaciones y liturgias, que incluso cambian su significado, pero que extienden su presencia a lo largo de siglos hasta su extinción. La Navidad cristiana es una de esas citas inevitables con el tiempo y los ritos que año tras año marca el calendario, nos impone costumbres, nos trae recuerdos, nos acerca a la trascendencia y desbarata nuestra economía doméstica. Es imposible en Navidad no pensar en todos aquellos con los que la celebramos en el pasado y que hoy ya no están con nosotros.

 Es imposible en Navidad no pensar en todos aquellos con los que la celebramos en el pasado y que hoy ya no están con nosotros.

Si pudiésemos proyectar en una pantalla las sucesivas mesas de Nochebuena que hemos vivido los que ya contamos con unas cuantas décadas de existencia, veríamos lo mucho que han variado en su composición y número de comensales, contemplaríamos apariciones y desapariciones, cambios gastronómicos, distintos decorados, atmósferas diversas, e incluso nosotros mismos, siendo idéntica persona, somos otros, enfrentados a horizontes vitales y portadores de preocupaciones, decepciones y esperanzas que nada tienen que ver con las que experimentamos hace tres, cuatro, cinco o más lustros.

Cuando regresan a mi memoria, por ejemplo, las cenas familiares del 24 de diciembre a las que asistía a principios de los ochenta de la pasada centuria, compruebo sobrecogido que de los veinte participantes de aquella época, ocho ya se han desvanecido en el más allá. Si comparo esos ágapes con el que disfrutaré la semana próxima, resulta que ninguno de los que entonces me acompañaban lo harán ahora porque mi vida ha dado tales giros que el viento de los acontecimientos ha barrido por completo la escena y la ha sustituido por otra nueva con actores, muebles, lugares, lenguajes, vínculos y proyectos de los que ni siquiera tenía noticia hace treinta años y que, sin embargo, hoy ocupan por completo mi paisaje afectivo y determinan en gran medida mi conexión con el mundo. 

Por eso la Navidad es a la vez triste y alegre y nos pone indefectiblemente frente a nuestro futuro, que por supuesto no conocemos, pero que, a la luz de lo que ya hemos conocido, ni si quiera podemos tratar de adivinar. Las luces parpadeantes del árbol cuajado de bolas brillantes y las simpáticas figuras del Belén, los regalos, las risas de los niños que van naciendo y creciendo, las ausencias actuales y pretéritas, se repiten en un ciclo que tuvo un principio y tendrá un fin, pero que nos permite imaginar la eternidad.


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