El tiempo recobrado

La Monarquía como referente

De los diez países más desarrollados del mundo, siete son monarquías parlamentarias, Reino Unido, Noruega, Suecia, Holanda, Bélgica, Dinamarca y Luxemburgo. Todos ellos se caracterizan por ser sociedades organizadas de acuerdo con los principios de la sociedad abierta y por ofrecer a sus ciudadanos una alta calidad de vida. Se trata de democracias deliberativas en las que la gente goza de los derechos y libertades y del marco institucional que garantizan seguridad, participación, transparencia y amplias oportunidades de mejorar su situación personal y de cumplir sus aspiraciones. Sus gobernantes son, casi sin excepción, honrados, y si aparece una oveja negra su castigo penal y su reprobación social suelen ser implacables. Se los considera, con justicia, lugares a los que a cualquiera le gustaría pertenecer.

Por consiguiente, está demostrado que la forma de Estado no es en sí misma un elemento determinante para que exista una auténtica democracia. Algunos de los regímenes más odiosos y tiránicos del planeta son repúblicas en las que la mayor felicidad de muchos de sus habitantes consistiría en poder abandonarlas para irse a refugiar en reinos como los que se mencionaban al principio de este artículo.

España, nuestra antigua, grande y hoy vacilante nación, es una monarquía. La Constitución atribuye, por decisión del pueblo, a un linaje concreto la altísima responsabilidad de representarla, de asegurar su continuidad histórica y de encarnar su soberanía. No cabe en el ámbito político honor más excelso ni misión más trascendental. Ahora bien, a diferencia de lo que sucedía en épocas pasadas, en las que imperaba el principio del origen divino del poder y los súbditos del monarca le debían obediencia casi incondicionada, viniendo obligados a soportar sus caprichos, vicios y arbitrariedades, en nuestros días los titulares de la corona han de cumplir un conjunto de requisitos que, aunque no escritos, tienen una vigencia tácita de indudable fuerza.

Su comportamiento ha de ser ejemplar en todos los órdenes, su dedicación absoluta, su abnegación ilimitada y su preparación para su difícil tarea, completa y continua. Y, por supuesto, estas características tan exigentes se extienden al entorno familiar inmediato del soberano que, en lógica contrapartida a los privilegios que le proporciona su estatus, debe corresponder con conductas impecables. Si un miembro de la familia real olvida estos hechos evidentes y enloda con sus actos la dinastía, si actúa con venalidad, zafiedad o frivolidad ofensivas, si en vez de mostrarse como un referente y una guía moral provoca la repulsa y la indignación de la ciudadanía, sólo le queda una salida digna: la renuncia a sus derechos dinásticos y a sus títulos, la aceptación de las resoluciones judiciales y la desvinculación total de la Institución a la que ha dañado.

Al igual que el incauto que ha caído en arenas movedizas, cada movimiento para zafarse de su inevitable destino sólo consigue hundirle más y con él a la Corona que nunca debió manchar


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