El tiempo recobrado

Libertad de expresión

Una forma de protesta que se ha generalizado desde hace ya unos cuantos años consiste en interrumpir un acto público en el que una personalidad destacada, preferentemente política, se dispone a pronunciar una conferencia, impidiendo con gritos, insultos y exhibición de pancartas ofensivas el normal desarrollo del programa previsto. Frecuentemente, ante la persistencia en su labor saboteadora de los alborotadores, la reunión debe ser suspendida y los asistentes se ven privados de escuchar al orador y éste de expresar sus ideas. La más reciente de estas hazañas ha tenido lugar en la Universidad de Granada, en cuya aula magna repleta de gente, Alfredo Pérez Rubalcaba tenía previsto hablar sobre la contribución de la química a la política, no sé si refiriéndose a su propia persona dada su profesión previa a sus labores parlamentarias y de gobierno, o a los químicos en general que a lo largo de la historia han ejercido funciones de esta naturaleza. En cualquier caso, nos quedaremos sin saberlo porque un grupo organizado de energúmenos nos ha privado de satisfacer nuestra curiosidad.

Recuerdo algunas experiencias similares por las que he tenido que pasar y, en particular, una muy parecida a la sufrida por el taimado Alfredo el pasado 27 de diciembre en la ciudad de la Alhambra. Fui invitado por la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Barcelona a finales de los noventa a intervenir en un ciclo en el que participaban en días sucesivos representantes de todo el arco parlamentario catalán. Cuando me encontraba al principio de mi charla en un aula poblada por un centenar de estudiantes, irrumpieron en la misma una veintena de individuos de aspecto patibulario que ocuparon la tarima y se entregaron al vocerío desaforado de consignas y al alzado de grandes cartulinas en las que se me injuriaba gravemente. Naturalmente, no pudimos continuar el encuentro y decidí marcharme para poner a salvo a mis tímpanos y a mi dignidad. Cuando abandoné la estancia, la horda se lanzó al exterior y formó un pasillo estrecho por el que me vi obligado a circular mientras las invectivas restallaban junto a mis oídos y recibía algún que otro escupitajo. 

Los defensores de este tipo de salvajadas las justifican en nombre de la libertad de expresión y en su carácter “pacífico”. Pues bien, ni son una manifestación de tal libertad ni son pacíficas. No pertenecen a la libertad de expresión porque silencian la libertad de expresión de otro, con lo que constituyen un atentado contra dicha libertad. Y no son pacíficas porque las descalificaciones groseras con gran despliegue decibélico, la invasión no autorizada de un espacio ajeno y las actitudes amenazantes si sitúan claramente en el terreno de la violencia física y psicológica. Una sociedad abierta tiene derecho a defenderse de semejantes agresiones y sus responsables merecen un castigo proporcional a su incivilidad.

Por cierto, los fascistas son ellos y no los que sufren los efectos de su coacción totalitaria.


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