El tiempo recobrado

Jugar con fuego

La irrupción de Podemos en el panorama político nacional responde a un fenómeno ya conocido en las democracias occidentales. Cuando un sistema institucional entra en crisis, como sucedió en Italia con el colapso de la I República o en Francia con el derrumbe de la IV, el mapa de los partidos experimenta profundos cambios, formaciones hasta entonces hegemónicas quedan reducidas a la marginalidad o incluso desaparecen, y surgen nuevas opciones que alcanzan de pronto espectaculares resultados electorales. Ningún partido queda igual en estos grandes cataclismos sociales, que comportan amplios corrimientos de la opinión con efectos decisivos en las urnas. La crisis múltiple y devastadora que atraviesa España, que abarca la economía, la unidad nacional y la moral colectiva, sometiendo al país a un fallo multiorgánico que lo tiene descoyuntado y postrado, también está provocando este tipo de acontecimientos, aunque en nuestro caso a un ritmo de cámara lenta, y vemos con alarma y asombro como los dos principales actores de nuestra vida pública, PP y PSOE, sufren un declive notable, aparecen ofertas desconocidas hace pocos años, como UPyD y Ciudadanos, y, más recientemente, la aproximación a la Tierra de ese cometa parlamentario que es Pablo Iglesias y su propuesta de corte colectivista-castrista-chavista.

El auge del separatismo catalán es consecuencia de la pertinacia agresiva de los nacionalistas, pero también en igual o superior medida, de la irresponsabilidad, la pusilanimidad, la debilidad ideológica y el oportunismo de los dos grandes partidos nacionales a lo largo de tres décadas. Los errores se pagan y la desatada pulsión centrífuga que hoy amenaza desde Barcelona con destruir una Nación de la envergadura histórica de la nuestra, ha sido alimentada desde Madrid por la permisividad, la miopía y la cobardía de los sucesivos líderes, tanto del centro-derecha como del centro-izquierda, desde el momento mismo de la Transición. Ahora, el Gobierno de Rajoy se dispone a cometer otra equivocación gravísima respecto al peligro que para nuestro bienestar material y nuestras libertades civiles representa el marxismo revolucionario de Podemos. Su estrategia consiste, como es fácil observar, en alimentar ese monstruo dándole toda la cancha posible en los medios, para movilizar en las próximas elecciones el voto del miedo y conseguir que las capas medias y moderadas del electorado, asqueadas de la incompetencia, la corrupción y la presión fiscal reinantes, vuelvan pese a todo a apoyar al PP movidas por el temor a la ruina y al totalitarismo que puede traer un partido como Podemos si alcanza el poder. De la misma forma que la contemporización con el nacionalismo nos ha arrastrado hasta el borde de la disgregación nacional, este juego con el fuego de Podemos entraña el riego de sumir al país en el caos y la bancarrota. Sólo una sólida coalición electoral de Ciudadanos y UPyD en torno a un programa común de regeneración institucional y de reforma competitiva de nuestro modelo productivo podría frenar el desastre que apunta en el horizonte. Ojalá sus dirigentes sepan comportarse con la altura de miras, el patriotismo y la inteligencia de la que han carecido los hasta hoy supuestos pilares de nuestra democracia.


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