El tiempo recobrado

Jerarquía de prioridades

En la vida todos tenemos una visión de lo que está bien y de lo que está mal, de lo que es relevante y de lo que es accesorio, de lo que nos conviene y de lo que no nos conviene, de lo que debemos hacer y de lo que nos gusta hacer. Hay una palabra alemana muy sonora, Weltanschauung, que significa eso, la forma en la que vemos la realidad del mundo, el conjunto consolidado de conocimientos, creencias, convicciones e intuiciones que determina nuestras decisiones y nuestra jerarquía de valores y prioridades. Esta manera de abarcar los acontecimientos que se suceden, de interpretarlos, de juzgar a nuestros semejantes, de marcar nuestras opciones personales, familiares y políticas, de articular nuestra armazón intelectual, fruto de un esquema mental concreto construido mediante la información que recibimos y la experiencia que acumulamos, sobre las que opera sin duda nuestro propio criterio, no es la misma en cada lugar, cada época y cada sociedad, ni por supuesto en cada individuo. Un indígena amazónico está equipado con una Weltanschauung distinta a la de un profesor de matemáticas avanzadas de Harvard, un indigente de las favelas de Río no contempla el universo con un ángulo semejante al de un trader de la City y el prisma bajo el que veía su tiempo Voltaire dista infinitamente del enfoque con el que manejaba el suyo Confucio en la China de hace veinticinco siglos. La Weltanschauung que nos orienta y nos conduce cuando enfrentamos un problema o una encrucijada es clave porque señala ineludiblemente el camino que vamos a tomar o la acción que vamos a emprender.

Desde hace diez meses España se encuentra sometida a una parálisis política que empieza a ser tan llamativa que ya merece editoriales de

The New York Times

Desde hace diez meses España se encuentra sometida a una parálisis política que empieza a ser tan llamativa que ya merece editoriales de The New York Times. Por dos veces sucesivas en pocos meses los españoles hemos sido llamados a las urnas sin que hasta el momento las diferentes formaciones presentes en el Parlamento hayan sido capaces de lograr un acuerdo que se traduzca en una mayoría capaz de investir un Presidente de Gobierno. Es cierto que la composición de la Cámara no facilita esta tarea porque de una parte el partido más votado está imputado por graves delitos de corrupción y por otra existen grupos en el hemiciclo que cuestionan los fundamentos del orden constitucional vigente, lo que unido a una aritmética de escaños muy difícil de cuadrar, dibuja un panorama de notoria complejidad. Sin embargo, salta también a la vista que hay algunas posibles soluciones que, sin violentar hasta lo intolerable las cosas, abrirían una salida para este impasse en el que nos encontramos estancados. Pues bien, los máximos responsables que mueven los hilos que han de sacarnos del atolladero se han negado hasta la fecha a realizar el esfuerzo necesario.

Este prolongado período en el que la nave del Estado ha permanecido con los motores parados amarrada al puerto de la inoperancia no nos está saliendo en absoluto gratis. Se ha cuantificado el coste de la interinidad y una estimación bastante prudente sitúa en mil millones mensuales el lucro cesante que los políticos cargan sobre nuestras espaldas. La suspensión de inversiones por el clima de incertidumbre, las licitaciones públicas no realizadas, el temor de los empresarios a la inseguridad jurídica, el freno al aumento del consumo, todo ello crea un entorno negativo para la actividad económica y en consecuencia para la recuperación y el empleo, por no mencionar el descrédito de España en el ámbito internacional.

La jerarquía de prioridades de los jefes de partido no coincide con la deseable ni con la que esperan de ellos la inmensa mayoría de sus compatriotas

Cabe preguntarse las razones por las que aquellos que han sido elegidos democráticamente para mejorar las expectativas y las oportunidades de los ciudadanos paradójicamente se dedican conscientemente a deteriorarlas. La gente no entiende por qué los que cobran de los contribuyentes para legislar y gobernar en beneficio de la comunidad nacional se valen de sus prerrogativas y atribuciones para causar un daño considerable a sus representados. La respuesta es evidente: la jerarquía de prioridades de los jefes de partido no coincide con la deseable ni con la que esperan de ellos la inmensa mayoría de sus compatriotas. Sus respectivas Weltanschauung son absolutamente discrepantes. Rajoy, Sánchez, Iglesias y compañía no perciben sus obligaciones como lo hacen los que les han votado, tienen su propia agenda, que es diferente cuando no opuesta a la que aconseja el interés general. Su permanencia en el cargo, el ensanchamiento de su poder, la satisfacción de su vanidad, son para ellos las cuestiones a atender por encima de otras necesidades o urgencias y actúan en consecuencia sin ningún escrúpulo. Desde esta óptica, tenemos unos políticos que no se asemejan a la sociedad que administran, por el contrario, se colocan en un plano ajeno a las inquietudes, deseos y aspiraciones de sus seguidores y simpatizantes, únicamente atentos a su mezquino y particular microcosmos de intrigas, supervivencia política y logro de sus metas personales. Es como si una vez aupados a la poltrona parlamentaria o gubernamental pasasen a otra dimensión, a otra métrica, a un planeta remoto sin relación comprensible con el que habitamos el resto de los mortales.

Entre las muchas y serias reformas que hay que acometer, cuatro décadas después de la Transición, destaca la del mecanismo de selección de nuestras elites políticas con el fin de evitar que habiten una región conceptual y moral en la que lo que consideran bueno para ellos es nefasto para todos los demás.


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