OPINIÓN

Fuerza y violencia

Cuando una sociedad se fragmenta en compartimentos estancos en los que las mismas palabras significan cosas completamente diferentes, el camino hacia la disolución y el enfrentamiento queda expedito.

Fuerza y violencia.
Fuerza y violencia. EFE

La condición esencial para que dos seres racionales puedan comunicarse es que   compartan un sistema de conceptos que les resulten mutuamente inteligibles. Si un grupo de extraterrestres llegara a la Tierra y su idea de lo que es la vida, la muerte, la bondad, la belleza, el amor o el odio no se correspondiera con lo que los humanos entendemos cuando pronunciamos estas palabras, el diálogo entre nuestra especie y la suya sería imposible y ello probablemente daría lugar a terribles consecuencias, sobre todo si su capacidad de destrucción fuese muy superior a la nuestra. A veces en el debate político español se produce un fenómeno semejante porque los mismos vocablos, utilizados por unos o por otros, aparecen con significados no ya distintos, sino mutuamente impermeables.

Según los separatistas catalanes, ésta consiste en el respeto a la voluntad mayoritaria de una colectividad de individuos manifestada mediante un referéndum, es decir, para ellos la democracia es sinónimo de “regla de la mayoría”

Véase el ejemplo muy actual de la expresión “democracia”. Según los separatistas catalanes, ésta consiste en el respeto a la voluntad mayoritaria de una colectividad de individuos manifestada mediante un referéndum, es decir, para ellos la democracia es sinónimo de “regla de la mayoría”. Y no se queda aquí su definición, sino que queda implícita en su reclamación que dicha colectividad puede ser identificada de acuerdo con criterios arbitrarios, tales como un territorio o una lengua, con independencia de que esta extensión geográfica sea fijada de manera accidentalmente administrativa o de que la lengua en cuestión no sea ni mucho menos la única en el sujeto que pretenden soberano. Si, como es natural, se les recuerda que los elementos que caracterizan la democracia no se agotan con el contaje de votos y que factores tales como el imperio de la ley o la garantía de derechos fundamentales son asimismo piezas indispensables de un orden social democrático, lo niegan airadamente y siguen insistiendo machaconamente en que a sus dirigentes se les ha encausado por “poner las urnas”.

La violencia representa un recurso ilegítimo y maligno, mientras que la fuerza, si se apoya en la ley y se ejerce para preservar la libertad y los derechos básicos de los integrantes de la sociedad y para evitar la aniquilación de inocentes, es perfectamente legítima

Otra confusión frecuente es la de “fuerza” y “violencia”. Recientemente afirmé en un tweet que toda causa que necesita de la violencia para imponerse, es una causa injusta. Inmediatamente mi comunidad de seguidores -que superan los 35000- se alborotó y comenzaron a lloverme contraejemplos. ¿Qué hubiera sido del mundo, se me recordó, si no se hubiera utilizado la violencia para derrotar a los nazis?, y otras referencias similares. Sin embargo, este tipo de planteamientos nace de la confusión de dos conceptos, el de “fuerza” y el de “violencia”, que no son para nada lo mismo. Si bien ambos implican el uso de la coacción física para conseguir un fin, la violencia representa un recurso ilegítimo y maligno, mientras que la fuerza, si se apoya en la ley y se ejerce para preservar la libertad y los derechos básicos de los integrantes de la sociedad y para evitar la aniquilación de inocentes, es perfectamente legítima y por eso los aliados en la Segunda Guerra Mundial actuaron correctamente al oponer sus ejércitos a los de Hitler hasta derrotarle. El proyecto político de ETA, es decir, la construcción de un remedo de la Albania de Enver Hoxha en el sur de Europa, es de una perversidad tal y choca de forma tan flagrante con los deseos y las aspiraciones de la mayoría de los vascos, que únicamente podía ser realizado matando a mansalva y despreciando los mínimos principios de humanidad. De hecho, su misma barbarie acabó con él porque un baño de sangre tan absurdo y estéril era insostenible en la España democrática del siglo XXI.

No disparan en la nuca de los que han reducido a la categoría de enemigos ni ponen bombas, pero todos los métodos que emplean cabe describirlos sin exageración como violentos

Análogamente, la pugna testaruda de los secesionistas catalanes para liquidar la unidad nacional española, consagrada por la Constitución, matriz de nuestros derechos y libertades y condición indispensable para nuestro bienestar, seguridad y prosperidad, no ha encontrado otra vía de éxito que la vulneración de la ley, las quemas de banderas y de retratos del Rey, las amenazas broncas a los que se resisten a tan tremendo disparate, las multas, las discriminaciones, los sobornos, las listas negras, las pintadas vejatorias o la vandalización de las sedes de los partidos no nacionalistas, las manifestaciones callejeras destinadas a amedrentar y ahuyentar a los que no participan de su delirio, el falseamiento escandaloso de la realidad y la invención de la Historia. No disparan en la nuca de los que han reducido a la categoría de enemigos ni ponen bombas, pero todos los métodos que emplean cabe describirlos sin exageración como violentos.

En el otro lado, el de los que supuestamente tienen el deber de hacer cumplir la ley, tampoco rige un esquema conceptual claro y firme y se oscila entre las pusilánimes llamadas al diálogo y el refugio bajo las togas de unos magistrados cada día más acoquinados.

Cuando una sociedad se fragmenta en compartimentos estancos en los que las mismas palabras significan cosas completamente diferentes, el camino hacia la disolución y el enfrentamiento queda expedito. Este es el resultado de tres décadas de renuncias, confusión y cobardía por parte de los dos grandes partidos nacionales. En el momento en que uno deja de saber lo que es, difícilmente podrá orientar a los demás.


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