El tiempo recobrado

Errar en lo más

Las predicciones del CIS sobre los próximos resultados electorales en el País Vasco martillean un nuevo clavo en el ataúd del Partido Popular y del Partido Socialista en aquella Comunidad. La evaporación de la idea de España en Cataluña y en el País Vasco, que es el proceso social y cultural profundo que acompaña al imparable declive de los dos grandes partidos nacionales en esos territorios, es una de las grandes tragedias del período histórico iniciado en la Transición y la tremenda responsabilidad de los máximos dirigentes de ambas formaciones, ciegos durante décadas ante el creciente peligro nacionalista.

El error intelectual es confundir diferencia con diversidad y reconocimiento de la identidad étnica, lingüística e histórica con mejor calidad democrática

Los errores intelectuales y morales conducen irremediablemente a errores políticos y la absoluta falta de recto juicio sobre el significado y las consecuencias de los particularismos de raíz étnico-lingüística de los sucesivos ocupantes de las sedes de las calles Ferraz y Génova les han llevado a convertirse en opciones residuales en dos piezas clave del mosaico nacional a la vez que arrastraban a la Nación en su conjunto al borde de la desaparición.

El error intelectual es confundir diferencia con diversidad y reconocimiento de la identidad étnica, lingüística e histórica con mejor calidad democrática. La diversidad, propia de las sociedades extensas y complejas, es un factor positivo porque da cabida, a través del pluralismo y la tolerancia, al debate de ideas y al contraste de opiniones, con el consiguiente enriquecimiento de la vida en común. La presencia en un mismo demos de diferentes colores de piel, creencias religiosas, posiciones políticas y preferencias estéticas presta dinamismo a las interacciones de los individuos dentro de la colectividad y, mediante el respeto mutuo y la igualdad ante la ley, fortalece el propósito común en busca de la prosperidad, el orden y la justicia. La diferencia, en cambio, y no digamos su exaltación obsesiva como hacen los nacionalistas catalanes y vascos, es un veneno que crea guetos, fabrica enemigos imaginarios y excluye a sectores enteros de la comunidad.

En cuanto a la democracia, no sólo no se perfecciona reconociendo políticamente y jurídicamente “hechos diferenciales”, casi siempre inventados, sino que se cuartea desgarrada por los choques violentos entre identidades irreconciliables. Lejos de ser un signo de apertura democrática, el trazado de fronteras jurídico-políticas basadas en rasgos diferenciadores que en realidad son irrelevantes liquida la democracia en la medida que desemboca en la clasificación de los ciudadanos, que deben ser libres e iguales, en dos categorías irreconciliables, los de primera clase, que se ajustan al canon de la identidad arbitrariamente fijada como la buena, auténtica y superior, y los de segunda, que no encajan en el molde inflexible de la nación así configurada. Las continuas y graves violaciones de los derechos fundamentales en los ámbitos lingüístico y cultural que se han venido perpetrando por los gobiernos nacionalistas en Cataluña y en el País Vasco son un ejemplo claro de esta incompatibilidad entre nacionalismo étnico-lingüístico y democracia.

El error moral es aún de superior calado porque invierte y trastoca la jerarquía de valores que caracteriza a la sociedad abierta

El error moral es aún de superior calado porque invierte y trastoca la jerarquía de valores que caracteriza a la sociedad abierta. La identidad étnico-lingüístico-histórica es un valor que en la escala axiológica jamás puede situarse por encima de la libertad, la igualdad y la justicia. Si la elevamos a la cúspide de los referentes éticos, todo el entramado moral que debe sustentar la convivencia en las sociedades heterogéneas en cuanto a raza, religión, lengua y tradiciones, se derrumba y, llevada a su extremo tan monstruosa concepción, convierte a seres humanos destinados a relacionarse y cooperar de forma pacífica en asesinos despiadados, tal como hemos visto en la siniestra trayectoria de los carniceros etarras.

Los cabezas de filas del Partido Popular y del Partido Socialista, en su ignorancia y en su superficialidad, han carecido de la estructura mental y moral necesaria para comprender y aplicar estas relevantes verdades. El resultado está a la vista y no puede ser peor. La Transición gestó una Constitución y un Estado que, prescindiendo de estos fundamentos, ha alimentado y excitado hasta dejarlo fuera de control al monstruo identitario.

Volviendo del revés el célebre pasaje de El Alcalde de Zalamea en el que Calderón nos recuerda que si se acierta en lo más no importa errar en lo menos, podemos hoy afirmar con tristeza que la tremenda equivocación respecto a la perversidad intrínseca de la idolatría de la identidad ha hacho palidecer y ha empequeñecido los aciertos, que también los ha habido, de la etapa del devenir colectivo español que se abrió con tanta esperanza y entusiasmo hace cuarenta años y que se encamina imparable a su fracaso.


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