El tiempo recobrado

Democracia sin complejos

La brusca aceleración de la ofensiva separatista en Cataluña capitaneada por Artur Mas y bendecida desde la sombra por el Muy Imputable está estrechamente ligada a la presión creciente de las fuerzas de seguridad y los jueces sobre la cúpula de Convergència por su saqueo sistemático de las arcas públicas durante un cuarto de siglo. La auténtica preocupación de los dirigentes nacionalistas no es que se les acuse de desobediencia, prevaricación o malversación en relación a su consulta ilegal de autodeterminación, su verdadera angustia viene motivada por los delitos de enriquecimiento ilícito, cohecho, blanqueo, fraude fiscal y tráfico de influencias que se les vienen encima. La forma más segura de salvarse del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña y de la Audiencia Nacional es salir del Estado español llevándose el botín entre cánticos patrióticos y ondear de banderas estrelladas. Por tanto, el motor del asalto final a la Constitución no ha sido la búsqueda de la soberanía, sino el ardiente deseo de impunidad. No estamos frente a una aguerrida tropa de revolucionarios independentistas, lo que nos ataca es una banda de mafiosos.

Ahora lo que procede es resolver el embrollo y arreglar el desaguisado de treinta y cinco años de deslealtad contumaz de una parte, oportunismo y pasividad de la otra y latrocinio sistemático de ambas

Las razones que nos han traído hasta este desastre han sido ya muy analizadas y las correspondiente responsabilidades perfectamente atribuidas. Ahora lo que procede es resolver el embrollo y arreglar el desaguisado de treinta y cinco años de deslealtad contumaz de una parte, oportunismo y pasividad de la otra y latrocinio sistemático de ambas. Las acciones a tomar son de dos tipos, políticas y jurídicas, y las hay de carácter inmediato y de largo plazo.

En los meses que vendrán hay que forjar un pacto de hierro del PP, PSOE y Ciudadanos en defensa de la unidad nacional y del imperio de la ley. Este acuerdo implica que si llega el momento de activar el artículo 155 de nuestra Ley de leyes utilizando la fuerza si se hace necesaria, ninguna de las tres formaciones constitucionalistas ha de vacilar ni un milímetro. Al fin y al cabo, a partir del 20 de diciembre representarán el 75% del Congreso de los Diputados como mínimo, con lo cual no hay pandilla rebelde que se les resista. Después, este bloque comprometido con el orden legal, con Europa y con los valores civilizados, ha de poner en marcha una reforma del Título VIII de la Constitución mediante el método previsto en el artículo 167 para acabar con el tinglado ineficiente y ruinoso que es el actual Estado de las Autonomías. Ello supone redistribuir y delimitar competencias, liquidar asimetrías y desigualdades y articular un sistema de financiación que podamos pagar y que iguale a los españoles en derechos y obligaciones. Dentro de este proceso de saneamiento habrá de incluirse necesariamente el regreso a las instancias centrales de la planificación y el diseño de la educación, así como la aplicación de las economías de escala a la sanidad.

Por tanto, no es que no se sepa lo que hay que hacer, el problema radica en que los que deben aplicar el remedio carecen de la voluntad, la convicción y el coraje para cumplir su cometido. En la historia de las naciones, refulgen momentos en los que se distingue nítidamente a los estadistas de los politiquillos y a los hombres y mujeres de una pieza de los chisgarabises. En España estamos viviendo una de esas etapas y por lo que vamos viendo tan sólo Albert Rivera parece reunir las dosis necesarias de claridad de ideas y solidez de principios requeridos. La conclusión es que todos los ciudadanos que queremos salvar a nuestro antiguo y atormentado solar de las zarpas de la venalidad, del rencor y de la traición, hemos de apoyar al candidato que demuestra mayores dosis de liderazgo y seriedad en sus planteamientos. No tiene experiencia de gobierno, es cierto, pero visto lo visto, esa puede ser una de sus ventajas. En cuanto a su juventud, el tiempo la curará. Nuestra democracia peligra y para rescatarla la fórmula es más democracia, pero, eso sí, sin complejos.


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