El tiempo recobrado

Debilidad del Estado

El discurso del Rey en la entrega de diplomas a los nuevos jueces que ha tenido lugar recientemente en Barcelona ha sido objeto de numerosos comentarios por las referencias que Don Felipe hizo en presencia de Artur Mas a la necesidad del cumplimiento de la ley. La cínica respuesta del Presidente de la Generalitat afirmando que él jamás se la había saltado cuando incluso está procesado por la convocatoria de la consulta ilegal del 9 de noviembre es una buena muestra del tipo de desaprensivos que lideran la aventura independentista catalana. Este episodio incita de nuevo a la reflexión sobre el grado de contundencia adecuado por parte de las altas instancias del Estado frente al desafío separatista cuyos impulsores, por su parte, intensifican día a día su agresividad verbal y sus gestos de rechazo al orden constitucional vigente y a las instituciones que lo encarnan.

Los secesionistas se muestran crecientemente envalentonados y siguen adelante con sus maniobras para llevar a cabo lo que denominan "desconexión" de Cataluña y España

Hasta ahora tanto el jefe del Estado como el Presidente del Gobierno han evitado el enfrentamiento directo y se han limitado a declaraciones genéricas sobre el respeto a las normas que nos obligan a todos, los beneficios de la unidad y la certeza de que nadie vulnerará la Constitución. Esta estrategia, que sus protagonistas sin duda consideran prudente, pero que otros pueden ver como pusilánime, no ha dado sus frutos. Por el contrario, los secesionistas se muestran crecientemente envalentonados y siguen adelante con sus maniobras para llevar a cabo lo que denominan "desconexión" de Cataluña y España. Dado que la fecha del 27 de Septiembre se aproxima peligrosamente y la lista que agrupa a la práctica totalidad de las fuerzas separatistas es una realidad, no parece descabellado intentar un cambio de registro en los mensajes lanzados desde La Zarzuela y La Moncloa a la ciudadanía para que cobre conciencia de la gravedad del envite.

El argumento de que planteamientos más incisivos sólo conseguirán enardecer a los nacionalistas y que lo mejor es mantener un tono suave para no empeorar las cosas es desmentido por los hechos. La situación es precisamente la inversa: la falta de firmeza en los pronunciamientos de Felipe VI y de Mariano Rajoy envía la señal a los subversivos de que tienen el camino allanado porque nadie se atreverá a pararles los pies. Además, esta debilidad retórica del vértice político de nuestra democracia es percibida por los ciudadanos de Cataluña y futuros votantes en las llamadas elecciones plebiscitarias como inseguridad y cobardía, lo que anima a los partidarios de la separación y desmoraliza a los que desean seguir siendo españoles. Este mismo enfoque es válido a la hora de juzgar la conveniencia de que las opciones que están a favor de la sociedad abierta y de los valores constitucionales se agrupen también en una única lista. No hay que temer las acusaciones de frentismo en el momento en que los independentistas han reunido todos sus efectivos con el fin de sacar el máximo provecho a nuestro sistema electoral sin ningún escrúpulo ideológico o personal.

Una observación imparcial de los acontecimientos indica que ya vamos con retraso en la obviedad de que se impone una mayor claridad y severidad en las manifestaciones públicas de los máximos responsables del Estado en relación al golpe con el que Artur Mas y sus secuaces se disponen a liquidar la obra de la Transición y de paso a España como Nación democrática, ilustrada y europea. La técnica del avestruz es ineficaz, contraproducente e indigna.


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