El tiempo recobrado

Cierre de un ciclo histórico

Hay seres humanos cuya muerte no sólo representa su desaparición de este mundo como individuos, sino que simbolizan también el final de toda una época, como si su corazón hubiese dejado de latir a la vez que el tiempo que les tocó vivir llegara a su agotamiento definitivo. Adolfo Suárez cumplió un destino singular, al igual que un siglo antes hiciera Antonio Cánovas del Castillo, el de ser el encargado de abrir una nueva etapa de la historia de España concebida para durar largamente y para solucionar problemas antiguos y enconados. La dictadura franquista, con sus discutidas luces y sus exageradas sombras, fue un paréntesis y no, como pretendió hasta su postrer suspiro su principal protagonista, un punto y aparte iniciador de una nueva y dichosa era de estabilidad, paz y prosperidad.

Los conflictos seculares de nuestra áspera patria seguían vivos bajo el manto silenciador del paternalismo autoritario del longevo general, y estaban prestos a resucitar tan pronto éste desapareciese. Suárez fue el elegido por el Rey y su sabio mentor para pilotar la construcción de una democracia que reconciliase el capital con el trabajo, sometiese el ejército al poder civil, separase amistosamente la Iglesia del Estado y calmase las tensiones centrífugas. La misión fue cumplida con extraordinaria celeridad y habilidad, pero pecó de ingenuidad e improvisación. El arranque tuvo un éxito sorprendente y mereció el elogio más encendido dentro y fuera de nuestras fronteras, aunque encerraba en su interior defectos y contradicciones que con los años han ido carcomiendo las vigas de nuestro edificio institucional hasta el peligro cierto de derrumbe que hoy nos amenaza.

Quizá haya sido una suerte o una muestra de la misericordia divina que Adolfo Suárez perdiese el contacto con la realidad durante sus últimos años porque no es difícil imaginar cuán grande hubiera su decepción si hubiese sido testigo en plena lucidez de la progresiva degeneración del prometedor sistema que él alumbró en 1977 hasta la partitocracia corrupta que ahora nos llena de bochorno. Suárez se ha ido dejando tras de sí una España en fase de transformación y henchida de incertidumbre. No es el momento para el reproche por los fallos de diseño de la Constitución de 1978, sino del respeto y la gratitud hacia una figura decisiva de nuestro reciente pasado que será siempre recordada en el futuro como un hombre de excelentes intenciones y geniales intuiciones cuyos sucesores en lugar de suplir las fragilidades de su legado con un trabajo serio y responsable de perfeccionamiento, las intensificaron con su oportunismo, su deslealtad, su cortedad de miras y su venalidad. Descanse en paz un gran patriota, un político notable y un hombre de bien.


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