El tiempo recobrado

Catalanes de pacotilla

La exhibición en los medios de la colección de coches de lujo del hijo primogénito de Jordi Pujol, Jordi Pujol Ferrusola, ha dejado a Cataluña y al conjunto de España boquiabiertas. Al estilo de los peores dictadores africanos cleptócratas o de los capos del narcotráfico, el primogénito del longevo patriarca del nacionalismo, hoy ya descaradamente separatista, ha atesorado despampanantes vehículos de alta gama por valor de millones de euros sin ningún pudor ni el menor sentido del decoro. Las declaraciones de su antigua amante sobre viajes a Andorra en veloces deportivos con el maletero repleto de bolsas rebosantes de fajos de billetes de quinientos, negocios ultramarinos de todo tipo, inversiones fastuosas en paraísos turísticos y oscuras historias de blanqueo de dinero, tráfico de influencias, evasión fiscal y otras tropelías ha movilizado por fin a la justicia, que se ha desperezado y puesto en marcha una investigación. Produce incredulidad que este individuo actuase con tal desfachatez sin que al parecer le importara un comino ir sembrando su vida de de ostensibles señales de opulencia injustificada rayana en la obscenidad.

La familia Pujol tiene a gala su acendrada catalanidad. Se consideran, pletóricos de soberbia patriótica, representantes genuinos de la más pura raza catalana, limpios de mácula charnega y practican intensamente el desprecio a todo lo que huela a español. Se han autoerigido así en referentes y ejemplos de una idiosincrasia superior desde cuya cima contemplan el mundo con desdén olímpico. Ellos son Cataluña y Cataluña son ellos, en una comunión mística y exaltada que les ha legitimado para conducir a su pueblo irredento hacia la tierra prometida. Pues bien, aunque resulte sorprendente, de catalanes tienen muy poco. En primer lugar, los catalanes de elevada posición social y abultado patrimonio, siempre han hecho gala de la más extrema discreción, nunca se han permitido la menor ostentación de su riqueza, y el lujo de sus existencias, invariablemente confinado al interior de sus casas, se ha caracterizado por su elegante sobriedad.

En segundo, los auténticos catalanes han desconfiado sistemáticamente de lo público y han preferido impulsar iniciativas privadas generadoras de prosperidad antes que vivir de las subvenciones o agarrados a la ubre del erario. Y en tercero, la genuina sociedad catalana ha sido creativa, dinámica, innovadora y cosmopolita, abominando del intervencionismo estatal y de las estrecheces del provincialismo. Juzgados bajo esta perspectiva, los integrantes del clan Pujolson catalanes de pacotilla porque no responden a ninguna de las características descritas. Con el fin de satisfacer su enfermiza obsesión por el dinero y su ansia irrefrenable de poder se han disfrazado de arquetipos de una identidad que han falsificado y ensuciado con sus fechorías y latrocinios. De hecho, es tan grande la vergüenza que les abruma por su traición al verdadero espíritu de Cataluña que se han vuelto independentistas para huir de sí mismos.


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