El tiempo recobrado

Candidato por SMS

La degradación de la democracia en España ha alcanzado una nueva cota descendente con el bochornoso episodio de la designación del candidato a las elecciones europeas por el partido del Gobierno. Después de semanas esperando que el dedo jupiterino-rajoyano señalase al elegido, lo que ya es en sí mismo un procedimiento aberrante, de repente el finalmente agraciado por el favor presidencial se entera de su fortuna a través de un SMS enviado por la Secretaria General de su formación. En la cúpula del PP no es que se descarte por completo cualquier asomo de democracia interna, es que ya no se guardan ni las formas. En el pasado, y yo soy testigo directo, por lo menos los incorporados a la lista recibían una llamada telefónica y el número uno era informado del encargo de manera personal y directa por el jefe. Ahora, la grosería y el desprecio por la dignidad humana no se disimulan ni siquiera con una mínima consideración formal. El llamado a ser la cara del cartel electoral es tratado públicamente como un empleado, o peor aún, como una cosa, un objeto inanimado del que su dueño dispone a voluntad. Un simple mensaje telefónico basta para decidir el destino de un político de larga trayectoria y bien ganada reputación, que merece otro trato, aunque sólo sea por educación.

El espectáculo de un abogado del Estado, con décadas de experiencia política y dos veces ministro, reducido al papel de un botones al que se le manda sin apenas mirarle a recoger un paquete, produce vergüenza ajena. Y lo más triste es que el así vejado ha de poner buena cara a semejante humillación y fingir que se siente satisfecho, decir que es un gran honor el haber sido reducido a mero comparsa en un tablero cuyas piezas mueve la mano todopoderosa de un autócrata lejano y arbitrario. Un sistema que pisotea de forma tan cruel a sus representantes, a los que se les niega la posibilidad de presentarse ante sus conciudadanos, en este caso los centenares de miles de afiliados a la fuerza política mayoritaria, para someterse a su veredicto en las urnas, y conseguir la correspondiente legitimación, no merece el nombre de democracia, es más, no es un sistema, es un asco. Y qué pensar del resto de integrantes de la candidatura, angustiados por su suerte, esperando a su vez no se sabe si otro SMS o simplemente leer en la prensa su salvación o su condena.

Una de las principales razones por la que me siento satisfecho de mi decisión de participar en el lanzamiento de una nueva opción, construida con otros mimbres ideológicos y éticos, es la de haberme liberado del oprobio, por el que he tenido que pasar en unas cuantas ocasiones, de depender del capricho misterioso de un individuo que pudiera condicionar mi vida sin darme explicación alguna, sin que mis méritos o deméritos fueran tenidos en cuenta o existiera un conjunto de criterios objetivos que sirviesen de guía en un acontecimiento de tanta trascendencia para mi presente y mi futuro. Mientras los partidos en nuestro país no sean todos internamente democráticos no dispondremos de una verdadera democracia y estaremos condenados a un simulacro cínico que nos rebaja y nos envilece.


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