El tiempo recobrado

¿Alguien tiene un proyecto nacional?

Ortega vio lúcidamente que lo que da sentido a una nación, lo que la articula y mantiene viva y unida, es un proyecto atractivo que agrupe las voluntades y las adhesiones de sus integrantes y que, de igual forma, la ausencia de ese propósito común la debilita y la deshace hasta acabar siendo un polvo suspendido sobre el camino de la Historia que cualquier viento se lleva hasta que de ella sólo queda el recuerdo de lo que fue. Los españoles hemos tenido a lo largo de los últimos catorce siglos diversas empresas grandiosas que nos han aglutinado y que han forjado nuestra identidad como comunidad política, lingüística, social y cultural.

Por desgracia se han cometido demasiados errores en el diseño y realización de este empeño, que nos han conducido hasta nuestro presente acechado por el fracaso

La expulsión de los musulmanes del territorio peninsular nos tuvo ocupados ochocientos años y culminó en la consolidación de un único reino de acusada personalidad colectiva, la preservación de la pureza de la fe católica y la conquista de un nuevo mundo multiplicando por dos el tamaño del orbe entonces conocido consumió nuestras energías durante otros doscientos y después vinieron los intentos relativamente logrados de transformarnos en un Estado moderno y en una sociedad avanzada. Nuestra reciente empresa de ser por fin una democracia constitucional viable, plenamente europea y económicamente próspera nos ha dado bastante trabajo desde 1975, pero por desgracia se han cometido demasiados errores en el diseño y realización de este empeño, que nos han conducido hasta nuestro presente acechado por el fracaso.

Los proyectos nacionales los conciben y dirigen las elites, aquellos grupos sociales que por poseer un nivel de riqueza, conocimiento o fuerza superior al del común, son capaces de marcar los objetivos y de motivar y arrastrar al resto en busca de su consecución. Los grandes líderes que han guiado a sus pueblos en las distintas etapas del devenir humano han estado siempre asociados a ambiciosas metas de expansión de determinadas creencias, de conquista de vastos espacios geográficos o de liberación de opresores externos. Somos sin duda lo que hablamos, dónde vivimos, cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo nos ven los demás, lo que cantamos y lo que recordamos, pero sobre todo somos lo que hacemos, nuestro work inprogress nos caracteriza y nos proporciona la energía interior necesaria para continuar adelante codo con codo con aquellos que consideramos, en virtud de todo lo que compartimos, nuestros compatriotas.

Hoy España se ha quedado sin proyecto

Desde esta perspectiva, hoy España se ha quedado sin proyecto y sus representantes públicos, demasiado afanados en saquear el erario, aumentar sus mecanismos de controlar la sociedad, gozar de los placeres de la vida, pavonearse henchidos de mezquinas vanidades o sestear tras leer la prensa deportiva, no han sabido ni han querido ni han pretendido siquiera proponer a sus conciudadanos una tarea de la envergadura, el atractivo y la altura que despertase el entusiasmo de la gran mayoría y les hiciese seguir juntos en una apasionada travesía a bordo de esa nave surcadora del tiempo que es la patria de todos.

Por tanto, mientras no surja de las entrañas ahora secas de nuestro antiguo solar una voz, individual o coral, que dibuje con precisión y con pasión ese proyecto que haga que merezca la pena que cerremos filas desoyendo los desafinadas melodías de las sirenas del separatismo, el catastrofismo, la abulia, la resignación o el odio de clase, nos esperan días amargos de declive y dispersión. Si alguien se siente llamado a esta misión y con los arrestos y el bagaje intelectual y moral requeridos para lanzarla y culminarla, que dé por favor un paso adelante. Decenas de millones de españoles esperan su señal.


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