El tiempo recobrado

Academia de políticos

La democracia no garantiza que los puestos de responsabilidad pública, desde los más bajos hasta los más altos, sean ocupados por hombres y mujeres dotados de las capacidades y virtudes adecuadas para el buen desarrollo de su función. Nuestro país es un buen ejemplo habida cuenta de la proliferación de ladrones, ineptos, semianalfabetos y desalmados que han campeado por los distintos niveles del poder a lo largo de las últimas cuatro décadas, desde el Ayuntamiento más humilde a los palacios gubernamentales. Por supuesto, la historia de las monarquías absolutas y de las dictaduras abunda también en toda clase de lunáticos, asesinos, sátiros y saqueadores, con el agravante -¿o el atenuante?- de que no surgieron de las urnas. La evidente ventaja de la democracia es que puede autocorregirse y expulsar de la poltrona a los indignos de la púrpura de manera periódica, sin olvidar que moralmente parece más presentable que el presupuesto y las leyes estén en manos de gente que, con independencia de su nivel cultural o ético, ha sido elegida por sufragio universal y no colocada en un trono por sus genes o por la fuerza bruta.

La base de una res pública saludable no es la confianza de los representados en sus representantes, sino la desconfianza permanente y alerta

A partir de la constatación de estos hechos desconsoladores, cobran especial importancia los mecanismos de control de los gobernantes, los famosos checks and balances, y el reconocimiento de que la base de una res pública saludable no es la confianza de los representados en sus representantes, sino la desconfianza permanente y alerta. Por eso, la insistencia de Ciudadanos en las reformas institucionales que garanticen la separación de poderes, la democracia interna de los partidos y la preservación del erario de las manos avariciosas de alcaldes, consejeros, concejales de urbanismo, presidentes de Diputación, tesoreros y demás fauna potencialmente depredadora, ha de ser recibida con toda simpatía.

No cabe duda que los diputados, ministros y otras jerarquías salen del seno de la sociedad y que cuánto más cultos, honrados, sensatos y empáticos sean los ciudadanos en general, mayor será la probabilidad de que los ocupantes de escaños y carteras locales, autonómicas o nacionales reúnan las condiciones deseables para manejar las palancas del Estado. De ahí que una fuerza política que sitúa como una prioridad absoluta de su programa la mejora del sistema educativo merece en principio el apoyo de los votantes. Además, es bien sabido que la riqueza y el valor añadido en la economía global son creadas por los países que disponen de un capital humano de superior calidad, con lo que prosperidad material y altura de civilización se retroalimentan. Teniendo en cuenta que en España el 43% de los adultos sólo ha alcanzado la ESO o ni siquiera, por debajo de Rumania, Grecia o Macedonia, nuestros males presentes van adquiriendo sentido.

A lo mejor no sería mala idea que un pequeño grupo de políticos jubilados sin antecedentes penales en los que incluyo atentados contra la sintaxis, compartiesen sus vivencias, sus convicciones, sus errores, sus aciertos y su visión del mundo con discípulos entusiastas

Estas reflexiones, escasamente originales por otro lado, me han sido suscitadas por un joven profesional que el otro día, tras un almuerzo al que fui invitado para analizar la posible evolución de los acontecimientos a corto y medio plazo tras las elecciones del pasado 24 de mayo, me pidió una reunión para que le explicara mis experiencias de un cuarto de siglo en política con vistas al inicio por su parte de una carrera en este campo, por el que confesó sentía vocación. A lo mejor no sería mala idea que un pequeño grupo de políticos jubilados sin antecedentes penales en los que incluyo atentados contra la sintaxis o afirmaciones del tipo de que Antonio Machado nació en Soria, a la manera de modestos Sócrates contemporáneos, compartiesen sus vivencias, sus convicciones, sus errores, sus aciertos y su visión del mundo con discípulos entusiastas en edad de merecer y todavía no contaminados por los miasmas pestilentes de nuestra infausta partitocracia. Algo así como una Stoa contemporánea, abierta, peripatética, serena y luminosa, una gota de humilde sabiduría en un océano de soberbia ignorancia.


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