El rincón austriaco

El trienio antiliberal de Rajoy

Este jueves se han cumplido tres años desde que Rajoy llegó a Moncloa con el mayor respaldo ciudadano desde Felipe González en 1982. No sólo eso, Rajoy llegó a La Moncloa gobernando simultáneamente en la mayoría de comunidades autónomas y ayuntamientos de España. En absoluto resulta disparatado afirmar que, desde que arrancara la democracia, jamás ningún hombre ha concentrado en sus manos tanto poder como Rajoy. Y como tal, como político omnipotente, ha utilizado ese poder para lo que cabía esperar: no para renunciar a él, no para ampliar las libertades de los españoles a costa de su absoluto imperium estatal, sino para tratar de salvaguardar la burbuja estatal gestada por Zapatero a costa de saquear impositivamente al conjunto de los españoles.

Estos tres años de Rajoy se resumen sintéticamente como un rotundo fracaso del antiliberalismo aplicado. Fracaso porque Rajoy ha sido incapaz de sentar las bases de una recuperación saludable: al contrario, fue Mario Draghi quien en 2012 sacó a España de la situación de pre-quiebra en la que se hallaba prometiendo una intervención ilimitada en los mercados financieros; antiliberalismo porque Rajoy sólo supo edificar su política económica sobre la base de una maximización de las subidas de impuestos y una minimización de los recortes del gasto agregado de las Administraciones Públicas.

Y es que Rajoy, como caballero negro de una tecnocracia grisácea y refractaria a las libertades individuales, jamás tuvo en su horizonte transformar radicalmente el modelo de Estado paternalista y omniabarcante que padecemos desde hace décadas. Su misión nunca fue la de plantear una ordenada transición desde el Estado de Bienestar a la sociedad de bienestar; ni siquiera tuvo el propósito de simplemente aplicar un moderado plan de choque dirigido a reconducir los excesos más insostenibles de ese clientelar bienestar estatal. Al contrario, Rajoy se ha esforzado durante estos tres años por apuntalar nuestro hiperEstado nutriéndolo de un sistema hiperimpositivo que ahoga a nuestras familias y empresas para oxigenar a nuestras burocracias tentaculares.

Pero Rajoy no sólo ha despedazado una oportunidad histórica para regenerar nuestras estatalmente corruptas instituciones sociales —liberalizando la economía, recortando intensamente el gasto, bajando impuestos, trasladando las pérdidas de la banca a sus acreedores mediante un bail-in, acometiendo una auténtica y profunda descentralización tributaria, separando drásticamente la función jurisdiccional del arbitrio político, renunciando a ejercer el matonismo gubernamental contra la prensa díscola, erradicando la estructural connivencia entre ciertas grandes empresas oligopolísticas y el BOE o arrebatándole la competencia educativa a las burocracias funcionariales para devolvérsela a los propios individuos—, sino que, al hacerlo, ha terminado legitimando una opción política que aspira a un degenerador control de tales instituciones sociales por parte de un Estado incorruptamente corruptor. 

El éxito de Podemos es inseparable del vaciamiento ideológico, del conformismo estatista, del latrocinio montoril, de estos tres años de Rajoy. Rajoy, al fusionarse en discurso y en prácticas con el PSOE, ha dado alas a una opción política que reivindica volver a dar lustre a un Estado de Bienestar que él fue tan incapaz de combatir intelectualmente como de engordar económicamente. Rajoy es por necesidad un fracasado tanto para quienes aspiran a ver incrementado el peso de la sociedad civil a costa del Estado como para aquellos que ambicionan a convertir a la sociedad civil en un campamento militar regentado por el Estado. Aquellos que dentro del primer grupo confiaran su voto a Rajoy allá por 2011 —haciendo gala de altas dosis de ingenuidad política— han engrosado militantemente hoy las filas de la abstención; aquellos que dentro del segundo grupo apostaran por Rajoy como un eficaz gestor capaz de poner orden al desaguisado zapateril han terminado refugiándose en los brazos de Podemos.

Bloqueada dentro del sistema la regeneración liberal de un régimen insalvable y fasciocomunista como fue la Transición, se ha acabado por buscar fuera del sistema una ruptura populista con el mismo para, paradójicamente, reivindicar un idéntico misticismo vanamente esperanzador como fue el encarnado por el “espíritu” de la Transición. Rajoy renunció a ser el gran reformador que necesitaba este país —acaso jamás aspiró a hacerlo, dados sus liberticidas antecedentes ideológicos— para convertirse en su trajeado sepulturero. El inmovilismo de Rajoy ha alimentado la movilización de Podemos; su mediocridad intelectual ha cebado el desnortado intelectualismo de Podemos; su impenitente y frustrante expolio contra las clases medias ha espoleado el discurso aristocida de Podemos. En suma, su fanático enroque dentro de la casta estatal ha contribuido a preservar el mito de que otro Estado más benevolente, más decente y más justo es posible: el mito de un Estado idílico que los Dioses de la oligarquía patria jamás entregarán a la castigada ciudadanía a menos que aparezca un prometeico salvador como Podemos.

Un trienio antiliberal, el de Rajoy, que, por desgracia, todo apunta a que irá seguido por una (como poco) década al menos tan ominosamente antiliberal. Como con Zapatero, lo peor de Rajoy no serán sus nefastos años de gobierno, sino su envenenado legado.


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