El rincón austriaco

La madre de todas las especulaciones

Especular consiste en anticipar el futuro. No por casualidad su raíz latina es speculari, algo así como mirar a la lejanía desde lo alto de una atalaya. Se entenderá, pues, que los especuladores, cuando se dedican a anticipar las fluctuaciones en la satisfacción futura de los consumidores y aciertan en sus predicciones, estén prestando un valiosísimo servicio a la sociedad: ellos se forran con sus operaciones, pero el resto de individuos también salen notablemente beneficiados. Así, por ejemplo, el primer especulador del que tenemos constancia fue el undécimo hijo de Jacob, José, quien fue lo bastante hábil como para aconsejar al Faraón que ahorrara trigo durante los siete años de vacas gordas a objeto de minimizar las hambrunas durante los siguientes siete años de vacas flacas.

Distinto es el caso de los especuladores que se dedican a anticipar las necesidades no de los consumidores, sino de los políticos. Este especulador, muy habitual en países con un elevadísimo intervencionismo económico y donde por tanto uno puede enriquecerse a pelotazo limpio, no sólo no proporciona ningún provecho a la sociedad, sino que incluso puede distorsionar, desplazar y dañar los cálculos de los especuladores que sí tratan de mejorar la coordinación entre consumidores y empresarios.

Cuando, por ejemplo, el valor de un pedazo de tierra depende no del mejor uso que sepa darle su propietario u otros potenciales compradores, sino de los muy restringidos usos que la Administración permite asignarle, es evidente que el motivo de toda especulación recaerá no tanto en si esa tierra será más o menos útil en el futuro y si, por tanto, conviene conservarla hoy sin edificar a la espera de que aparezcan proyectos más interesantes mañana, sino en si el correspondiente órgano burocrático procederá a recalificarla. El especulador que disfrute de abundantes contactos en el mundo político logrará enriquecerse a costa de los maniatados e ignorantes propietarios de ese terreno: sus ganancias no provendrán de anticipar mejor que nadie las necesidades de los consumidores, sino de arrimarse a nuestros caprichosos y dirigistas mandatarios.

Algo parecido acaece en el mercado de deuda pública. Desde hace ya algunos meses los especuladores –también conocidos como “los mercados”– venían claramente apostando por que ciertos países –Grecia, Portugal, Irlanda y, últimamente, España e Italia– serían incapaces de hacer frente a su brutal endeudamiento nacional con una economía tan esclerotizada y ahíta de reformas. Los elevados tipos de interés a los que pasó a cotizar su deuda en el mercado secundario eran el mejor indicativo de que sus gobiernos debían actuar lo antes posible para evitar la suspensión de pagos futura y su traumática salida del euro. Obviamente, la manera que tenían los gobiernos de demostrarles a los especuladores que se equivocaban y que seguían siendo economías plenamente solventes era apretándose el cinturón y liberalizando los mercados para reducir sus déficits y regresar a la senda de la generación de riqueza: pero claro, tomar la decisión correcta y beneficiosa para todos resultaba demasiado costoso desde un punto de vista electoral.

Así, si los envites de los especuladores contra la deuda pública periférica no fueron más intensos y definitivos se debió a un elemento que sobrevolaba en el ambiente: ¿y si la deuda de esos países irresponsables y manirrotos era rescatada? Más en concreto, ¿y si el Banco Central Europeo comienzaba a monetizar en masa sus pasivos estatales? Esa posibilidad, ese riesgo de imprudente intervención monetaria, era lo que les impedía ser todo lo críticos con la deuda periférica que debían ser. De hecho, una parte de los especuladores, tal vez más conocedores de las entrañas de la burocracia europea, siguieron adquiriendo deuda pública periférica a descuentos cada más mayores; y en muchos casos no porque confiaran en la estabilización financiera de los periféricos, sino porque estaban completamente convencidos de que, al final, el Banco Central Europeo cedería y monetizaría deuda.

En España y en el resto de países poco austeros sólo hemos denunciado a los especuladores que no se fiaban de nosotros y que no tenían pensado prestarnos su dinero (o que incluso tomaban prestada nuestra deuda para venderla con la expectativa de recomprarla más barata en el futuro). La izquierda se ha rasgado las vestiduras por la indignidad que supone el lucrarse especulando contra la solvencia de un país; la misma izquierda que, al mismo tiempo, se olvidaba de que el camino para superar esa situación insolvencia era uno que ella no pensaba transitar ni ayudar a que otros lo transitaran.

Pero en estos momentos en los que, tras la cumbre del pasado viernes, la monetización masiva de deuda pública por parte del BCE parece estar un poco más cerca, conviene que también nos paremos brevemente a reflexionar sobre todos aquellos especuladores que se lucrarán una vez el banco emisor de la Eurozona anuncie la puesta a pleno funcionamiento sus imprentas. En concreto, conviene que tengamos en mente a todos aquellos especuladores que siguieron extendiéndole crédito a un gobierno manirroto e irresponsable y que no estaban en absoluto preocupados por la salud financiera de nuestro país, pues sólo pensaban en descargar más adelante en el activo del BCE la basura que en esos momentos estaban comprando. De este modo, si gracias a una eventual intervención del BCE, los tipos de nuestra deuda soberana a diez años cayeran del 6% al 3% –aunque sólo fuera de manera transitoria–, los especuladores que la adquirieron al 6% obtendrían de la noche a la mañana unas plusvalías cercanas al 25% del capital invertido.

¿Quién dijo que aquello de privatizar las ganancias y socializar las pérdidas era un rasgo indigno del capitalismo moderno? No, no se confundan: es una característica detestable, sí, pero no del capitalismo moderno, sino del socialismo monetario que venimos padeciendo durante las últimas décadas. Unos pocos obtendrán unas suculentas ganancias como consecuencia de su fino conocimiento de la trastienda bruselense y otros, los ciudadanos de los países periféricos que deberán responder de esa creciente deuda pública con sus impuestos presentes y futuros, y los ciudadanos del resto de Europa que expiarán los desmanes ajenos con una mayor inflación interna, serán quienes pagarán los platos rotos.

La monetización de deuda pública por el BCE no será la manera de ganarles la mano a los especuladores, como sostienen algunos. Más bien será la manera de castigar a los especuladores que, valorando estrictamente la situación económica subyacente, acertaron y presionaron para cambiar las cosas, y de premiar con millonarias plusvalías a aquellos otros que, acercándose a los despachos de los políticos, eran conscientes de que el BCE acabaría actuando y de que, por tanto, podían permitirse el lujo de financiar los caprichos de aquellos mandatarios que sólo buscaban sobrevivir mientras posponían sine die la resolución de nuestros problemas. Un sistema de incentivos un tanto perverso. ¿Por qué se quejarán luego algunos de que los bancos privados actuaran tan imprudentemente como lo hicieron durante los años de la burbuja bajo el presupuesto de que, en cualquier caso, el Estado (los contribuyentes) se haría cargo de sus pérdidas? ¡Si ahora no dejan de implorar otra milmillonaria recompensa para semejante clase de especuladores! Será que la especulación y la socialización de las pérdidas sólo son positivas cuando sirven para incrementar el poder del Estado a costa de la sociedad. Haber empezado por ahí.


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