El rincón austriaco

En defensa de la gestación subrogada

La semana pasada, la Asamblea de Madrid votó una proposición no de ley, presentada por Ciudadanos y apoyada por una parte del Partido Popular, para instar al Gobierno central a regular la gestación subrogada, esto es, una técnica de reproducción asistida por la cual una pareja (padres comitentes) gesta su embrión en el útero de una mujer subrogada (la cual no está genéticamente relacionada con ese embrión). Finalmente, la proposición no prosperó debido a que tres diputados del PP de Madrid, demostrando nuevamente que el escaso respeto de muchos cargos del PP hacia las libertades individuales, se opusieron por acción (voto en contra) u omisión (ausencia).

Claro que los votos que tumbaron la proposición no de ley no fueron únicamente los de estos tres diputados del PP: todo el PSOE y todo Podemos, partidos de izquierdas presuntamente preocupados por las libertades civiles, también se opusieron a regularizar la gestación subrogada. Su oposición se basaba en la presunta degradación que esta práctica supone para la mujer y en el riesgo de que ésta sea explotada mercantilmente en ausencia de un control cuasi absoluto por parte del Estado. Sólo Ciudadanos mantiene un discurso claro y firme al respecto: legalizar los vientres de alquiler es una forma de ampliar las libertades y el bienestar de los ciudadanos.

Curiosamente, la gestación subrogada ha conciliado una extraña alianza entre el conservadurismo reaccionario y el falso-progresismo liberticida: los sectores más rancios del PP yendo de la mano con la izquierda más prejuiciosa dentro del PSOE y de Podemos para bloquear está absurda restricción a la libertad individual. En este artículo, vamos a tratar de dar respuesta a las objeciones más extendidas, a diestra y siniestra, contra la maternidad subrogada: y lo haremos defendiéndola en su versión más completa —la gestación subrogada con posibilidad de compensar económicamente a la gestante— por mucho que la proposición no de ley presentada en la Asamblea de Madrid sólo se refiriera a la gestación subrogada altruista (prohibiendo la compensación económica a la gestante).

Sólo C's mantiene un discurso claro: legalizar los vientres de alquiler es una forma de ampliar las libertades y el bienestar de los ciudadanos

La gestación subrogada es antinatural

Algunos grupos conservadores suelen alegar que la maternidad por subrogación no es natural y que, por tanto, debe prohibirse. Por ejemplo, Profesionales por la Ética argumenta que la Declaración Universal de los Derechos Humanos “establece la dignidad humana como pilar fundamental de los derechos humanos”, lo que a su juicio implica oponerse a “la interferencia en el proceso natural de la concepción y el nacimiento” y, por tanto, defender la necesidad de que “las instituciones internacionales competentes impongan la prohibición con carácter universal de la maternidad subrogada”.

De entrada, nos encontramos ante la archiconocida falacia de apelación a la naturaleza: ni todo lo natural es bueno, ni todo lo antinatural es malo. Por ejemplo, el cáncer es natural pero no por ello es bueno; los tratamientos médicos contra el cáncer son antinaturales y no por ello son malos. Por consiguiente, que la gestación subrogada fuera antinatural no implicaría que fuera mala y que se requiriera prohibirla.

Sin embargo, incluso podríamos llegar a rechazar el presupuesto de partida de que la gestación subrogada sea antinatural. El ser humano forma parte de la naturaleza; el raciocinio es una cualidad natural de los seres humano; la gestación subrogada es el resultado de un perfeccionamiento de las técnicas de reproducción asistida merced al uso natural de la razón por parte de las personas: por consiguiente, la gestación subrogada también deriva de la naturaleza y bien podría calificarse de totalmente natural (sólo que constituye un grado de sofisticación mayor de la naturaleza).

La gestación subrogada equivale a la venta de niños

Una forma bastante habitual de desacreditar la gestación subrogada es equiparándola a la compraventa de niños. Por ejemplo, las filósofas feministas Amelia Valcárcel y Victoria Camps sostienen en el manifiesto No somos vasijas afirman que “nos mostramos radicalmente en contra de la utilización de eufemismos para dulcificar o idealizar un negocio de compra-venta de bebés mediante alquiler temporal del vientre de una mujer”. A su vez, Profesionales por la Ética sostiene, a propósito de la gestación subrogada, que “Europa parece dispuesta a consagrar y facilitar la compra-venta de niños para que todo el que quiera, y se lo pueda permitir, pueda comprarlo y exigir unos estándares de calidad del “producto” adquirido”.

Comencemos constatando la evidencia de que la gestación subrogada altruista no puede calificarse en ningún caso como “venta” de niños, sino como mucho como “donación de niños” (ya que no hay precio asociado): y esa “donación de niños” sería totalmente equiparable a la adopción. Sin embargo, ni siquiera la gestación subrogada con contraprestación monetaria puede definirse de tal modo: en la gestación subrogada, la pareja que obtiene la patria potestad sobre el niño es aquella que le transmite la carga genética; la mujer gestante carece de vínculo genético y, por consiguiente, no es su madre salvo en un sentido muy figurado (equiparable a calificar de “madre” o “segunda madre” a una niñera que haya pasado más tiempo en la crianza del bebé que la propia madre genética). Y, si la gestante no es madre, no podrá ni donar ni vender al niño.

Acaso cupiera alegar que, indirectamente, la mujer gestante sí le trasmite parte de sus genes al embrión: el desarrollo de un ser humano depende no sólo de su genoma, sino del modo en que terminen expresándose sus genes (desarrollo epigenético); dado que la identidad de la gestante —y, en última instancia, los genes de la gestante— influye sobre cómo se expresan esos genes, podría argumentarse que el bebé siempre tendrá una vinculación con la gestante. Pero en la epigenética no sólo influye la gestante, sino también muchos otros factores externos como la alimentación. Siguiendo esta línea argumentativa, cabría concluir que una niñera que selecciona la alimentación de un niño a lo largo de varios años —y que, por tanto, determina el modo en que se expresan sus genes— también es su madre. Pero no: el autor de un libro es quien lo escribe, por mucho que cada editor pueda maquetarlo de un modo distinto o cada lector pueda darle una interpretación distinta.

La gestación subrogada deshumaniza el proceso de gestación al mercantilizar y cosificar a la mujer

Se trata de un argumento muy repetido a izquierda y derechas. Por ejemplo, Profesionales por la Ética argumentan que, una vez concluido el proceso de gestación por sustitución, la madre gestante siente todo el peso “de la cosificación del embarazo y de los intereses creados de una transacción comercial que implicaba a personas completas y no a productos de compra-venta”. El teólogo Michele Aramini sostiene en su libro Introducción a la Biotética que la gestación subrogada reduce a la mujer “al papel de incubadora (…) obrando de esa manera se humilla y se deshumaniza su persona (juntamente con la del hijo). La maternidad subrogada por razones económicas es moralmente inaceptable porque se configura como la mercantilización del cuerpo de la mujer”. Y, asimismo, las feministas Amelia Valcárcel y Victoria Camps mantienen que: “la perspectiva de los Derechos Humanos supone rechazar la idea de que las mujeres sean usadas como  contenedoras  y sus capacidades reproductivas sean compradas. El derecho a la integridad del cuerpo no puede quedar sujeto a ningún tipo de contrato”; de hecho, ambas filósofas llegan a calificar la gestación subrogada de “violencia obstétrica extrema”.

Sin embargo, es difícil ver por qué un proceso de reproducción que implica a numerosos seres humanos (padres comitentes, gestante subrogada, embrión o profesionales sanitarios) puede considerarse deshumanizado. Uno podría entender que se denunciara el desarrollo de úteros artificiales como una forma de deshumanizar la etapa reproductiva de la gestación, pero desde luego no que la implicación de múltiples seres humanos en la misma contribuya a hacerlo.

Al parecer, el razonamiento al respecto es que la mercantilización de la etapa de gestación mediante la cosificación del cuerpo de la mujer implica deshumanizarla. Pero que la gestación subrogada conlleve utilizar el útero de una mujer para gestar el embrión de otra pareja no implica que se esté “cosificando” a esa mujer: salvo, claro, que equiparemos cosificar a una persona con “usarla”. Y no: usar a una persona pueda ser una condición necesaria para la cosificación, pero desde luego dista de ser suficiente. La filósofa Martha Nussbaum expone que la cosificación de una persona se produce cuando concurren la mayoría de estas siete características: instrumentalidad (usar a otra persona para nuestros fines), heteronomía (negación de autonomía a la persona), inercia (tratar a la persona como si careciera de intereses y fines propios), fungibilidad (la persona es tratada como fácilmente sustituible por otras), violabilidad (la persona se ve como un objeto que puede manipularse sin limitación alguna), propiedad (la persona se considera propiedad de otra) y negación de la subjetividad (se desprecian los intereses y sentimientos de la persona).

El derecho a la integridad del cuerpo no puede quedar sujeto a ningún tipo de contrato”; de hecho, ambas filósofas llegan a calificar la gestación subrogada de “violencia obstétrica extrema”

Uno ciertamente podría oponerse a la gestación subrogada si implicara todas estas características, pues son equivalentes a negar que la mujer sea un sujeto de derecho. Pero resulta muy difícil sostener que, en efecto, la gestación subrogada las presupone. No sólo porque la mujer gestante sea plenamente soberana para participar o no en esta técnica de reproducción asistida y porque sus intereses y sentimientos sean consensuados en el contrato de gestación subrogada, sino porque, en la inmensa mayoría de casos, las relaciones humanas entre los padres comitentes y la gestante son totalmente afectivas antes, durante y después del embarazo. Por ejemplo, en una encuesta a 34 gestantes por subrogación, el 100% de las mismas calificó la relación con los padres como armoniosa: un porcentaje que sólo bajó hasta el 94% en los últimos tres meses del embarazo (el 6% restante la calificaba como “fría”, sin ello equivalga necesariamente a un trato cosificador). A su vez, en una encuesta efectuada a 42 parejas comitentes, más del 90% manifestaron tener una relación armoniosa con la gestante, y más del 60% afirmaba visitarla al menos una vez al mes durante el embarazo y seguir haciéndolo después del embarazo. Difícil caracterizar esta interacción tan humana como “cosificadora”, ni siquiera aunque lleve aparejada una contraprestación económica: que los padres muestren la gratitud a la gestante compensándola económicamente por todas las molestias ciertas que ha tenido que soportar para contribuir al desarrollo de su hijo no es más cosificación mercantilizadora que pagar los salarios de los profesores que dan clase a nuestros hijos o a los médicos que les salvan la vida tras un accidente.

La gestación subrogada conduce a la explotación de la mujer

Al igual que en el pensamiento marxista la alienación del trabajo conduce a su explotación, en el pensamiento feminista la cosificación de la mujer lleva a su explotación. Semejante acusación está muy presente tanto entre conservadores como Profesionales por la Ética (quienes califican la gestación subrogada como “una nueva forma de explotación de la mujer”) cuanto entre feministas como Kajsa Ekis Ekman, quien ha llegado a sentenciar que “toda gestación subrogada es explotación”.

En primer lugar, la explotación debería vincularse a coaccionar a una mujer a que actúe de un modo distinto a aquel que quiere actuar. Si una mujer no quisiera actuar como gestante y una pareja la obligara a hacerlo, entonces sí podríamos hablar de explotación. Pero, por ello mismo, si una mujer quiere actuar como gestante subrogada y el Estado usa la coacción para prohibírselo por dar satisfacción ideológica a grupos conservadores o feministas, bien podría denunciarse que esa mujer está siendo explotada por esos grupos.

Segundo, en aquellos casos en los que no medie violencia, suele afirmarse que las mujeres continúan estando explotadas por la “necesidad”: si se hallaran en una situación desesperada y se les ofreciera una sustancial suma de dinero para que ejercieran de gestantes, éstas podrían verse “forzadas” a hacerlo. Pero, dejando de lado los enormes problemas que existen en calificar como “coactivas” las buenas ofertas, semejante problemática podría solventarse de un modo mucho más sencillo que prohibiendo la totalidad de la gestación subrogada comercial: bastaría con prohibir que los padres comitentes remuneraran a aquellas potenciales gestantes que se hallen en una situación de adversidad económica; es decir, las mujeres de “renta alta” deberían poder practicar siempre la gestación subrogada altruista y comercial, mientras que las mujeres de “renta baja” sólo tendrían derecho a practicar la modalidad altruista, no la comercial. Mas probablemente esta normativa sólo serviría para poner de relieve que el derecho a recibir una contraprestación económica no constituye coacción alguna y que, en cambio, prohibir recibirla sí lo hace: si es legítimo practicar la gestación subrogada altruista, ¿por qué iba a dejar de serlo en caso de que los padres comitentes muestren su agradecimiento a la gestante entregándole una compensación?

En todo caso, aun cuando los Estados no prohíban que las mujeres en situación de necesidad practiquen la gestación subrogada comercial, lo cierto es que el propio interés de los padres comitentes, de los bebés gestados y de las agencias intermediarias parece aconsejar no recurrir a ellas (por los problemas que pueden generar a los padres, al bebé, a la agencia y a ellas mismas durante y después del embarazo). Así, por ejemplo, la American Society for Reproductive Medicine (una asociación privada compuesta por todo tipo de profesionales en técnicas de reproducción asistida) aconseja a los padres comitentes y a las agencias intermediarias rechazar toda gestación subrogada comercial con mujeres que muestren “evidencia de sufrir coacción financiera o emocional” o, incluso, que sean “incapaces de exhibir un compromiso altruista”.

Por fortuna, la evidencia disponible nos prueba que la inmensa mayoría de mujeres que se ofrecen como gestantes no poseen como motivación esencial el dinero, sino el deseo altruista de ayudar a parejas que las necesitan para convertirse en padres. Y aunque es verdad que el hecho de ofrecer una contraprestación económica contribuye a atraer a mujeres únicamente interesadas en el dinero, la evidencia también nos señala que las propias agencias se dedican a filtrar y excluir ese perfil de gestantes, siguiendo las directrices de la American Society for Reproductive Medicine.

La gestación subrogada provoca daños psicológicos a las madres gestantes

Otra crítica extendida contra la gestación subrogada es que genera graves daños psicológicos en las mujeres gestantes. Por ejemplo, Profesionales por la Ética argumenta que “las secuelas psicológicas de la maternidad de alquiler son evidentes”. Sin embargo, la evidente evidencia no apunta en esa dirección: de entrada, porque cuando el proceso de gestación subrogada se desarrolla mediante agencias profesionales que velan por los intereses de todas las partes, se rechazan como gestantes a aquellas mujeres con inestabilidad psicológica, episodios de depresión o que puedan sentirse emocionalmente muy ligadas al bebé que están gestando. Por ello, la evidencia nos muestra que, al contrario de lo que suele suponerse, las gestantes “poseen un fuerte sentido de la identidad, menores niveles de ansiedad y tiende a mostrarse más satisfechas” que el resto de mujeres.

Dicho de otro modo, no se trata de que la gestación subrogada no pueda acarrear secuelas psicológicas (como lo puede acarrear la gestación tradicional), sino de que el proceso de emparejamiento entre la gestante y los padres comitentes busca minimizar tales contingencias seleccionando a aquellas mujeres con mejor predisposición para evitarlas (una nueva muestra de que la mujer gestante no es cosificada, sino que hay entre todas las partes una profunda preocupación por su bienestar).

La gestación subrogada provoca daños psicológicos a los niños

Nuevamente, grupos como Profesionales por la Ética argumentan que: “Cabe presuponer que un embarazo considerado como un negocio y la relación con un hijo al que se renuncia de antemano y al que se considera como un producto y una fuente de ingresos, pueda afectar al correcto desarrollo psicológico del niño, más aún cuando sepa cuál es su origen”. Y, nuevamente, la todavía escasa evidencia disponible al respecto es más bien contraria a tal tesis: los niños con más de diez años que han sido informados sobre su concepción muestran una visión favorable sobre la misma. Acaso sea porque el cuidado que prestan los padres a los hijos concebidos por gestación subrogada tiende a ser superior al de la media de padres (probablemente debido a que las parejas que recurren a este tipo de técnica tienen, como media, mucha más vocación de convertirse en padres que la media del resto de parejas): en concreto, “los madres y padres de las familias por gestación subrogada mostraron mayor cariño y vinculación hacia sus hijos, así como un mayor disfrute de la paternidad, que las familias con una gestación natural”.

A su vez, tampoco hay ninguna evidencia de consecuencias adversas entre los hijos naturales de las mujeres que han ejercicio como gestantes para otra pareja, tanto si han mantenido como si no algún tipo de contacto con los niños gestados por una subrogación.

Quienes se oponen a la gestación subrogada suelen hacerlo por profundos prejuicios ideológicos que no dudan en querer imponer por la fuerza a los demás

Conclusión

Casi cualquier aspecto de nuestras vidas puede ser objeto de violencia, fraude o abuso. El matrimonio puede degenerar en compraventa de mujeres; las relaciones sexuales pueden degenerar en violación; la formación de una familia puede degenerar en violencia doméstica sobre el cónyuge a los vástagos; la libertad de expresión puede degenerar en amenazadas; la libertad religiosa puede degenerar en fanatismo violento; la libertad de asociación puede degenerar en la formación de grupos terroristas; y la compraventa de un bien puede generar en una estafa.

Pero que casi cualquier aspecto de nuestras vidas pueda ser objeto de violencia, fraude o abuso no significa que deban ser prohibidos en su totalidad. Al contrario, las normas generales deben limitarse a prohibir y castigar tales características perjudiciales de la interacción social, pero no a restringirlas en su totalidad. Lo mismo sucede con la gestación subrogada: claro que ésta puede en algunos casos conllevar efectos indeseables, mas no por ello debe prohibirse en todos aquellos casos —su inmensa mayoría— en que no lo haga. A la postre, no estamos hablando de limitar un aspecto secundario y superfluo de la vida de las personas, sino uno de los que —incluso por razones evolutivas— constituye uno de las razones centrales de su existencia: la reproducción.

Quienes se oponen a la gestación subrogada suelen hacerlo por profundos prejuicios ideológicos que no dudan en querer imponer por la fuerza a los demás. Pero, evidentemente, como no pueden reconocer crudamente su vocación liberticida, recurren a la conocida estratagema de exagerar hasta el absurdo todos los posibles problemas de esta técnica de reproducción asistida. Ojalá la pinza entre reaccionarios y feministas fanatizadas no siga conculcando las libertades de millares de familias por mucho más tiempo.


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