El rincón austriaco

El default no sale gratis

Dicen que la confianza es algo que cuesta mucho ganar y muy poco perder. Una lección básica de civilidad que parecen no haber interiorizado quienes insistentemente reclaman desde España una auditoría de la deuda para proceder al repudio de la deuda odios”. Un caro camelo, ése, que aísla al país del endeudamiento exterior y que, por tanto, lo margina dentro de la división internacional del trabajo. A la postre, cuando un país impaga su deuda ha de pasar a vivir con lo puesto: tanto el conjunto del sistema económico como el propio Gobierno.

Así, por un lado, el crédito internacional al conjunto de la economía desaparece, de modo que el valor de sus importaciones ha de pasar a coincidir con el de sus exportaciones (el valor de lo que compra fuera ha de coincidir con el valor de lo que vende fuera): aquellos años de malas exportaciones son también años de reducciones forzadas en sus importaciones, por esenciales que éstas puedan resultar (alimentos, medicamentos, papel higiénico, combustible…). La carestía de divisa exterior, de hecho, suele empujar al Gobierno a imponer un severo control cambiario por el cual no se permite a todo ciudadano que demanda del exterior tanto como desea o necesita. Es el Gobierno quien reparte la divisa y las licencias de importación entre su casta de amiguetes, condenando a los díscolos a la extinción económica.

Por otro, el Gobierno tampoco puede colocar sus emisiones de deuda en el exterior, de modo que sólo tiene tres remedios: o colocarlas entre los ahorradores internos a tipos de interés crecientes, o colocárselas al sistema financiero interno a costa de generar inflación, o cuadrar el presupuesto subiendo los impuestos y bajando los gastos. Evidentemente, la opción preferida por todo gobierno populista y manirroto suele ser la inflacionaria, lo cual no sólo supone un atraco encubierto a su población, sino que deteriora la credibilidad internacional de su divisa y, por ende, dificulta más si cabe el acceso a la financiación exterior.

Al final, a los gobiernos manirrotos y bandidos les quedan pocas opciones después de imponer penurias a su población y cargarse su sistema monetario. Todos terminan prometiendo que no lo volverán a hacer renegociando un cierto repago de las obligaciones originalmente impagadas. El default no sale gratis. Tres ejemplos históricos bastarán brevemente para comprenderlo.

Rusia: el default más duradero de la historia

La llegada al poder de los bolcheviques en 1917 conllevó el repudio de toda la deuda contraída por el anterior régimen zarista. Hasta ese momento, el mayor default de la historia. La consecuencia más obvia e inmediata fue que la URSS dejó de poder endeudarse con el exterior. La economía planificada soviética, sedienta de importaciones con las que compensar las carestías de su aparato productivo interno, no podía hacer otra cosa que ajustar sus compras exteriores a las divisas que era capaz de captar vendiendo al exterior: de ahí que si el Politburó decía caprichosamente aumentar las importaciones, tenían simultáneamente que incrementar de manera forzosa sus exportaciones a partir de la producción interna disponible para el consumo de sus ciudadanos.

Las consecuencias de la combinación de esta arbitrariedad planificadora con la limitación del crédito exterior fueron verdaderamente dramáticas. Según los archivos soviéticos, en medio del Holodomor, la hambruna ucraniana que mató a cuatro millones de personas a comienzos de la década de los 30, Stalin apostó por incrementar las exportaciones de alimentos para continuar con su política de importación de maquinaria extranjera: "La importación de cereales ahora mismo, cuando los extranjeros están hablando sobre su escasez dentro de la URSS, sólo deterioraría nuestra imagen política. Aconsejo paralizar la importación de cereales. Al contrario: la cebada y la avena se deben exportar, porque necesitamos urgentemente divisas". La falta de crédito exterior impidió la importación de maquinaria y, al mismo tiempo, de los tan vitales alimentos.

El imperialismo soviético y la ulterior la creación del Comecon consiguieron proporcionar a la URSS un cierto espacio vital y crediticio, dándole un respiro que, en todo caso, sólo fue transitorio. Con el desmembramiento de la Unión Soviética, Rusia buscó regresar a los mercados financieros internacionales y en 1996 no le quedó otro remedio que repagar, aun simbólicamente, 400 millones de dólares por los bonos zaristas impagados 81 años antes. El default no sale gratis.

Argentina: década y media impagando

En diciembre de 2001, el Parlamento argentino declaró la suspensión de pagos sobre sus más de cien mil millones de deuda externa. El país dejó de tener acceso al crédito internacional, generándose una crónica carestía de dólares que no sólo exponía a sus ciudadanos a las veleidades inflacionistas de su Gobierno (la inflación oficialmente reconocida entre 2002 y 2013 es del 167%) sino que, vía depreciación, encarecía su acceso al comercio internacional. Tal fue la carestía que en 2011 el Ejecutivo tuvo que imponer un cepo cambiario, merced al cual repartía arbitrariamente la divisa entre los distintos grupos de presión y limitaba la importación de numerosos productos (entre ellos los libros, dando nuevamente la razón a Hayek cuando denunciaba que la restricción de las libertades económicas es la antesala de la restricción de las libertades civiles).

La situación, evidentemente, dista de ser idílica, de ahí que los distintos ejecutivos argentinos hayan tratado en reiteradas ocasiones de entenderse con los acreedores extranjeros para restablecer parcialmente los pagos y, poco a poco, recuperar el acceso al crédito internacional. Así las cosas, en 2005 se suscribió un primer canje de deuda por importe de 82.000 millones de dólares que llevaba aparejado una quita del 65%. Un lustro después, en 2010, se alcanzó un segundo canje de deuda por importe de 12.000 millones y una quita del 66%. De los 102.000 millones, Argentina se comprometió a devolver 33.000: no para recuperar ipso facto su crédito internacional, sino para ir reconstruyéndolo poco a poco.

Sucede que parte de los acreedores que no entraron en ninguno de sendos canjes optaron por acudir a la justicia americana para reclamar el repago íntegro de sus obligaciones y el juez Thomas Griesa les dio la razón, abocando al Ejecutivo argentino a un “default selectivo” en 2014 que sólo contribuirá a minar aún más su ya marchita credibilidad. Quien creyera que los coletazos financieros y judiciales de un default se evaporan rápidamente sólo necesita estar atento a los acontecimientos actuales de Argentina: casi quince años después, el país sigue empantanado en el impago de 2001. El default no sale gratis.

Ecuador: en manos de China

Mas si hay un país que suele ponerse como ejemplo de impago exitoso de la deuda odiosa, éste es Ecuador. Al poco de llegar al poder, Rafael Correa anunció su intención de repudiar parte de la deuda externa de Ecuador por considerarla “ilegítima”. En concreto, en 2008 Correa anunció que dejaría de afrontar el pago de 3.200 millones de dólares de deuda externa para, un año después, ofertar una recompra voluntaria de esos bonos con un 65% de descuento. En apariencia, se trataba de una valiente decisión que reafirmaba la soberanía del país frente a los codiciosos mercados financieros internacionales.

Pero claro, Ecuador, y muy en particular su Gobierno, seguía necesitando de crédito, por lo que, después de ese impago parcial y con los mercados crediticios cerrados, se vendió al único y mejor postor internacional que desde 2009 se mostró dispuesto a pujar por sus pasivos: el Gobierno chino. Desde 2009, China ha adquirido 11.000 millones de dólares en deuda ecuatoriana (comparen esa cifra con los 3.200 millones que bravuconamente impagó Correa), lo que ha situado al país en una situación de subordinación financiera del gigante asiático; subordinación financiera que le ha permitido a China asegurarse en condiciones anticompetitivas el 90% de las exportaciones anuales de petróleo de Ecuador. En otras palabras: China ha opado al sector petrolero ecuatoriano y Ecuador ha aceptado porque necesitaba la financiación que ésta podía proporcionarle en un contexto de cerrazón post-impago de los mercados de capitales. El default no sale gratis.

Conclusión

Ciertamente, la chiquillada de enfurruñarse y no cumplir con la palabra dada parece la solución más sencilla para un problema de deuda como el de España. Si adeudamos elevadas sumas de capital y tenemos dificultades en devolverlas, nada más sencillo que no pagarlas. Pero la irresponsabilidad manifiesta no sale gratis: el país se ve excluido de los mercados internacionales y o bien sufre un notable desplome en su calidad de vida (como la URSS) o bien se subordina, con garantías redobladas, al mejor postor (como Ecuador con China o Grecia con la Troika).

La solución a nuestros problemas de deuda no pasa por impagar una parte de la misma para poder seguir emitiendo nuevas obligaciones con las que cubrir nuestro gigantesco déficit. Al contrario, la solución consiste en equilibrar el presupuesto minorando nuestros gastos y en ir amortizando nuestra deuda. Pagar, no impagar. Desapalancarse, no endeudarse sin fin. 


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