El rincón austriaco

El cul-de-sac de la extrema izquierda

Mi último artículo sobre la necesidad de reformar el cada vez más insostenible sistema sanitario español sólo mereció un tweet de réplica por parte de Gaspar Llamazares: según la OCDE, decía, el gasto público sanitario en 2050 apenas representará el 8,5% del PIB español, un nivel que no se antoja ni mucho menos inmanejable.

Dejando de lado que el informe al que hace referencia el  predecesor de Cayo Lara no pronostique un gasto público del 8,5% del PIB para 2050, sino uno que oscila entre el 9,6% y el 12,1%, el auténtico problema de fondo es que, dando por buenas estas previsiones, la sostenibilidad del gasto sanitario dependerá  por entero de que el PIB crezca al ritmo al que suelen asumir este tipo de informes, esto es, a una tasa real de alrededor del 2% anual. Dicho de otro modo, para que el gasto sanitario sólo represente el 12% del PIB en 40 años será necesario que la riqueza que año a año produce España se duplique con respecto a la actualidad. Si, en cambio, el PIB permaneciera a los depresivos niveles presentes, el gasto sanitario ascendería a más del 25% del PIB, un nivel desde luego nada manejable.

Sin embargo, mi propósito con estos párrafos de partida no es tanto defender la tesis de mi anterior artículo (que por otro lado se defiende sola: si podemos emular un sistema sanitario que gasta la mitad que el nuestro y obtiene mejores resultados, sería absurdo no hacerlo aun cuando el nuestro fuera perfectamente sostenible), sino reflexionar sobre el callejón sin salida ideológico en el que se ha metido buena parte de la izquierda.

O libre mercado o recortes

Si, como repite esa parte de la izquierda, el capitalismo es un sistema anárquico que acaba de caer en una crisis estructural como consecuencia de sus inherentes tendencias especulativas y de su desprecio al medio ambiente, si la alternativa a la organización económica actual es el crecimiento cero y la redistribución del presente nivel de renta, entonces colegiremos que será difícil que el PIB mundial se duplique de aquí a 40 años.

Pero si el PIB de España y del resto de Occidente no se duplican, entonces será difícil seguir financiando un Estado de Bienestar como el actual, cuya estructura de gastos depende extremadamente de la edad de la población y de las expansivas prestaciones que la casta política promete. La izquierda, por consiguiente, se enfrenta a una interesante disyuntiva ideológica en aras de la coherencia interna: o reconocer que el capitalismo sin disruptivas intervenciones estatales es el mejor sistema para generar riqueza o renunciar a un socialdemócrata Estado de Bienestar asentado sobre la parasitación de esa riqueza.

Personalmente, no tengo demasiadas dudas de que, tan pronto como los políticos despilfarradores y metomentodos dejen de obstaculizar el proceso de reajuste de la burbuja crediticia originada por esos monopolios públicos llamados bancos centrales, el capitalismo seguirá generando riqueza y prosperidad para las masas a los acelerados ritmos de las dos centurias precedentes. Más, ¿cómo reconcilia la izquierda sus negros augurios sobre el futuro del capitalismo con sus buenistas promesas de un inmaculado Estado de Bienestar cada vez más oneroso en términos absolutos?

Simplemente no es posible, o no lo es manteniendo una pizca de honestidad. A la postre, la forma en que la izquierda extrema ha combinado históricamente ambos discursos –el del palo al libre mercado y el de la zanahoria de las redes clientelares estatistas financiadas por ese libre mercado– ha sido mintiendo con descaro: empiezan socializando la producción con la excusa de superar el capitalismo, lo que al poco tiempo conduce a la inevitable pauperización de las masas y a la absoluta degradación de los “servicios sociales” y, finalmente, recurren a la propaganda más descarnada no sólo para enmascarar sus pésimos resultados, sino para vestirlos de excelencia.

O libertad o racionamiento

No es de extrañar. Su objetivo nunca ha sido impulsar la prosperidad del conjunto de la comunidad ­–en cuyo caso habrían abrazado el capitalismo no adulterado por el ultraintervencionismo estatal– sino controlar “la economía”, es decir, la vida de todos y cada uno de los ciudadanos. De ahí que uno pueda sostener simultáneamente sin sonrojarse que el capitalismo ha colapsado, que no hay cabida para un mayor crecimiento económico y que la evolución del gasto sanitario no supone problema alguno porque el PIB, ése que ha tocado techo, se habrá duplicado en cuatro décadas.

Sea. Bienvenidos a la realidad: o libertad económica o racionamiento de una menguante producción. Una disyuntiva en la que el Estado ha colocado a Occidente en numerosas ocasiones durante el siglo XX y ante la extrema izquierda que siempre ha tomado la peor de las decisiones posibles. Y visto lo visto, no parece que, por desgracia, el s. XXI vaya a ser muy distinto en este aspecto.


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