El rincón austriaco

Lo que le conté al Parlamento alemán

Hace unos diez días, una comisión de Hacienda del Parlamento alemán acudió a España para indagar acerca de la situación de nuestro país. Una de las diversas entrevistas la concertaron con un servidor en la sede del Instituto Juan de Mariana: eran seis personas, un representante de cada partido y el presidente de la comisión, que me inquirieron por cuál había sido el proceso que había conducido a que la economía española terminara hecha unos zorros.

Mi explicación, desarrollada en mi libro Una alternativa liberal para salir de la crisis, es bien sencilla: desde el año 2001, España ha padecido tres burbujas, la financiera, la productiva y la estatal. No se trata de tres burbujas que se hayan dado todas a la vez por simple casualidad o por fatalidades del destino, sino que cada una de ellas ha ido generando a la siguiente.

La burbuja financiera se originó por culpa de nuestro privilegiado sistema financiero, capaz de expandir y abaratar artificialmente su provisión de crédito merced a la asistencia continuada que le proporciona un monopolio público: el Banco Central Europeo. Los tipos de interés en la zona euro se desplomaron a mínimos históricos, lo que alimentó el sobreendeudamiento de familias y empresas españolas con cargo a la financiación de unos bancos españoles que, a su vez, vivían enchufados a la provisión de crédito de los bancos alemanes y franceses (que a su vez se nutrían de las facilidades de financiación del BCE). El siniestro resultado: en siete años, los pasivos financieros de nuestras familias y empresas se triplicaron.

Fue así, justamente, cómo se desató la burbuja productiva. El crédito barato comenzó a inundar la economía, especialmente por el coladero de la industria del ladrillo. Las hipotecas y los préstamos a promotores dispararon la actividad y el empleo en la construcción, lo que a su vez propulsó el consumo y la inversión (a crédito) en el resto de sectores. El PIB pasó a crecer con una fuerza jamás soñada e incluso nuestros políticos pronosticaban que en un par de añitos íbamos a estar a la vanguardia europea en materia de renta per cápita. La inflación, derivada de la artificial demanda crediticia, se dejó sentir con fuerza, especialmente en los activos inmobiliarios y bursátiles, pero también terminó trasladándose a los precios de nuestras mercancías y a sus costes salariales (que, en términos nominales, aumentaron prácticamente el doble que en el centro de Europa), en merma clara de nuestra competitividad (por mucho que entonces no lo notáramos tanto, debido a que el resto del mundo también vivía sumergido en la falsa prosperidad de la burbuja crediticia).

La infundada euforia del sector privado terminó, cómo no, trasladándose al sector público: entre 2001 y 2007, los ingresos de las Administraciones Públicas se expandieron en 175.000 millones de euros, lo que les permitió incrementar el gasto público en 150.000 millones de euros sin despeinarse e incluso alardeando de una inexistente austeridad; inexistente, claro, porque se gastaba a manos llenas con cargo a la participación impositiva en un insostenible sobreendeudamiento privado. En Grecia, dado que familias y empresas no se endeudaron con fuerza, el sector público tuvo que emitir grandes cantidades de pasivos para poder aumentar masivamente sus desembolsos; en España, nuestros mandatarios se ahorraron el emitir deuda porque el sector privado lo hacía en su lugar, limitándose ellos a rapiñar una porción de esos pasivos. Ahí tenemos, pues, la burbuja estatal, resultado de la financiera y la productiva.

La solución no aplicada

Obviamente, una vez pinchó la burbuja financiera (la era del crédito artificialmente barato y abundante) también lo hizo la productiva/inmobiliaria y, a su vez, la estatal. En 2008 tocaba, pues, proceder a sanear los destrozos derivados de estas tres burbujas: el hiperendeudamiento privado que, por la senda de los impagos, amenazaba con tumbar y descapitalizar a la banca española; un modelo productivo inane e incapaz de generar riqueza sin recurrir a pelotazos crediticios, y una estructura estatal sobredimensionada e infinanciable por un sector privado moribundo. ¿Cómo hacerlo? Desde luego, no agravando ninguno de los desequilibrios que debían solventarse.

La burbuja financiera debería haberse saneado no socializando las pérdidas hacia los contribuyentes, sino aplicando un bail-in sobre sus acreedores (incluyendo las cajas alemanas), esto es, trasladándoles las pérdidas a quienes sufragaron esta burbuja. La burbuja estatal debería haberse saneado con una reducción de 135.000 millones de euros anuales en el gasto público, y no por la vía de machacar a impuestos a unas familias y empresas que ya arrastraban (y siguen arrastrando) sus propios problemas. Y, por último, la burbuja productiva debió sanearse fomentando el ahorro, liberalizando la economía y, en suma, permitiendo que los empresarios invirtieran en un entorno jurídico y financiero estable para edificar nuevas industrias donde pudiesen obtener alta rentabilidad; y no con absurdos planes “de estímulo” dirigidos a colocar a unos miles de personas a “hacer cualquier cosa”. Como ven, PSOE y PP han hecho lo contrario de lo que debíamos: tocaba bajar impuestos, reducir gasto, eliminar el déficit, no socializar pérdidas y liberalizar la economía, y hemos subido impuestos, mantenido el gasto a niveles de la burbuja estatal, maquillado el déficit, socializado pérdidas y conservado el grueso de nuestros millares de regulaciones varias. Hemos perdido cinco años durante los cuales la situación de la economía real se ha deteriorado al tiempo que hemos acumulado mucha más deuda pública que cada día nos asfixia más. De ahí, por tanto, que no sea demasiado optimista acerca de nuestro futuro.

Resulta curioso que, de toda esta narrativa, el parlamentario socialista se sorprendiera, con razón, por el colosal aumento del gasto público entre 2001 y 2007 (a este respecto, les recordé que si lo hubiésemos congelado durante esas fechas, tal como hizo Alemania, hoy tendríamos equilibrio presupuestario) y que, a su vez, el representante de Los Verdes mostrara su oposición a que nuestros bancos españoles fueran rescatados con dinero de los contribuyentes cuando existía la razonable alternativa de un bail-in sobre los acreedores privados (entre los que se encontraban sus cajas). Es decir, y por mucho que la corrección teutona no lo explicitara en tales términos, la izquierda alemana se extrañaba de que la “derecha” española fuera tan abiertamente antiliberal y anticapitalista como para subir los impuestos a niveles nórdicos en lugar de meter en vereda el gasto estatal o como para malversar el dinero de los contribuyentes reflotando a entidades quebradas cuando podrían haberse concentrado las pérdidas en sus acreedores.

Desconozco qué impresión conjunta se llevaron los parlamentarios germanos de sus distintas visitas a España. Sabido es que Cristóbal Montoro, ministro poco aficionado a la verdad, intentó venderles la burra pocos días después de que descubriéramos sus enjuagues con el déficit. Confío en que no mordieran el anzuelo: al menos, que no nos aplaudan desde fuera mientras nuestros politicastros nos conducen hacia el colapso.


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